La cámara del altar estaba en silencio cuando el grupo regresó con el segundo cofre.
Las runas en las paredes brillaban tenuemente, como si estuvieran esperando. Las piedras del altar, donde descansaban los nombres de las guerreras ya recordadas, parecían vibrar con una anticipación silenciosa. Soojin colocó el cofre en el centro del círculo, y todos se sentaron a su alrededor, formando un círculo de runas brillantes.
— ¿Estás lista? — preguntó Bora, mirando a Soojin.
— Sí — respondió Soojin, con la voz firme.
— Estoy lista —
Colocó sus manos sobre el cofre y lo abrió. Al igual que la primera vez, no hubo un destello de luz ni una explosión de energía. Solo un susurro, como el viento que atraviesa un valle vacío. Y del interior del cofre, comenzaron a surgir nombres. No eran tantos como la primera vez, pero eran igualmente importantes. Nombres de guerreras que habían caído en batallas olvidadas, que habían protegido grietas que ya no existían, que habían dado su vida para que otros pudieran vivir.
Soojin escribió cada nombre en el pergamino con una precisión casi ceremonial. Su pluma de runa se deslizaba sobre el pergamino como si estuviera guiada por una mano invisible, y cada nombre que escribía era un pequeño latido de luz que se sumaba al tapiz de la memoria.
Cuando terminó, el cofre se cerró solo, con un chasquido suave.
— Son 62 —dijo Soojin, con la voz ronca por el esfuerzo.
— 62 nuevas guerreras recordadas —
— 62 — repitió Namjoon, con respeto.
— Se suman a las que ya teníamos —
— Ahora son 299 — dijo Hana, con un dejo de asombro.
— 299 guerreras que no serán olvidadas —
— Y todavía puede haber más — dijo Taehyung.
— El camino de las raíces no termina aquí. Hay más cofres, más nombres, más historias esperando ser encontradas —
— Pero por ahora — dijo Yoongi, con su voz grave y firme.
— Honremos a estas. A las que hemos encontrado hoy —
Soojin asintió y desenrolló el pergamino. Leyó en voz alta los nuevos nombres, uno por uno, y cada nombre resonó en la cámara como una campanada. Cuando terminó, el silencio que siguió fue denso y lleno de presencia.
— No están solas — dijo Soojin, como había hecho antes.
— Nunca lo estarán —
Y en la cámara del altar, las runas brillaron con una luz cálida y dorada, como si estuvieran celebrando.
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Cuando salieron de la cámara, el sol ya se estaba poniendo. El jardín de los recuerdos estaba en silencio, pero las flores parecían más brillantes, más vivas, como si también estuvieran celebrando.
— ¿Qué hacemos ahora? — preguntó Yeri, con el violín en las manos.
— Ahora plantamos algo en su memoria — respondió Soojin.
— Como hicimos con las otras —
— ¿Qué planta crees que les gustaría? — preguntó Chaeyoung.
Soojin pensó un momento. Recordó los nombres que había escrito, las historias que había sentido a través de las runas.
— Margaritas — dijo finalmente.
— Son flores simples y resistentes. Crecen en cualquier lugar, incluso en los terrenos más difíciles. Como ellas —
— Las margaritas son perfectas — dijo Soyeon, con una sonrisa.
— Las plantaremos en una parcela nueva, junto al cerezo —
Y así lo hicieron.
Esa noche, Soojin y Dohyun plantaron margaritas en una nueva parcela del jardín, junto al cerezo. Las semillas eran pequeñas y oscuras, pero Soojin sabía que, con el tiempo, se convertirían en flores blancas y brillantes que iluminarían el jardín.
— Minah, Haewon, Ara, y todas las demás — dijo Soojin, mientras cubría las semillas con tierra.
— Descansen en paz. Nunca las olvidaremos —
Y en el jardín, el cerezo se meció con la brisa, como si estuviera de acuerdo.