Ecos De Sangre Y Sombra

CAPITULO 70

La brisa de la tarde se deslizaba entre las flores del jardín como un susurro invisible, llevándose los pétalos de las margaritas y meciendo los lirios del estanque. El cerezo extendía sus ramas sobre las siete parejas, que se habían reunido para compartir una de sus tardes habituales.

Sin embargo, aquella tarde no era del todo igual.

Era el cumpleaños de Bora, y aunque ella no lo había mencionado, los demás lo sabían. No habían organizado nada grandioso, solo una pequeña reunión bajo el cerezo, con flores y algunas de las infusiones que preparaban en Noche Eterna.

Bora se sentó en el centro del círculo, con Yoongi a su lado, sintiendo la calidez de la tarde y la compañía de los suyos. No necesitaba regalos ni celebraciones. Solo estar ahí, con ellos, era suficiente.

— ¿No vas a decir nada? — preguntó Yoongi, inclinándose hacia ella con una ligera sonrisa en los labios.

— No sé qué decir — respondió Bora, riendo.

— No esperaba esto —

— Esperábamos que no lo esperaras. Es la mejor manera de hacerlo —

Soojin, que estaba al otro lado del círculo, alzó una taza de infusión como si brindara.

— Por Bora. Por la primera llama gemela, la que empezó todo esto y la que nos enseñó a recordar —

— Por Bora — repitieron los demás, alzando sus tazas.

Bora sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas. No era tristeza, sino gratitud. Gratitud por cada uno de ellos, por el camino que habían recorrido juntos y por todo lo que les quedaba por compartir.

— Gracias — dijo, con la voz un poco quebrada.

— No sé qué he hecho para merecer esto —

— Solo has sido tú — respondió Hana.

— Y eso es más que suficiente —

El viento sopló suavemente, y el cerezo dejó caer una lluvia de pétalos sobre ellos. Por un momento, el jardín pareció brillar con una luz más intensa, como si las flores mismas estuvieran celebrando.

Y en el viento, Bora sintió algo más. No era una voz, sino un eco. Un eco que reconocía de los sueños de Soojin, de las historias del pergamino. Era el susurro de las guerreras olvidadas, que también estaban ahí, celebrando con ellas.

— Gracias — susurró Bora, pero no solo a los presentes. También a las que ya no estaban.

El jardín respondió con un movimiento de las flores y el tintineo de las campanillas de Yeri, que comenzaron a sonar solas, como si alguien las estuviera tocando desde otro lugar.

— Nos están escuchando — dijo Soojin, con lágrimas en los ojos.

— Todas ellas —

— Y están contentas — añadió Taehyung, con una sonrisa suave.

Aquella tarde, el jardín de los recuerdos fue más que un lugar. Fue un hogar. Un refugio. Una promesa de que siempre habría alguien dispuesto a recordar.

Al caer la noche, las siete parejas se despidieron lentamente, dejando el jardín en silencio bajo la luz de la luna. Bora fue la última en irse, caminando hacia la entrada de Noche Eterna con Yoongi a su lado.

— Gracias por hoy — dijo Bora, mirándolo.

— No me des las gracias — respondió Yoongi.

— Solo estoy donde debo estar —

— A veces no sé qué haría sin ti —

— No hace falta que lo sepas. Solo quédate —

Bora sonrió y entrelazó sus dedos con los de él.

— Me quedaré — prometió.

— Siempre —




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