La flor de un azul profundo que había florecido en el jardín seguía brillando bajo la luz del sol, como un pequeño faro de luz que no se apagaba. Soojin sabía que Mirae, al igual que las otras guerreras, merecía que su historia fuera contada, que su vida no fuera olvidada.
Esa noche, Soojin se sentó bajo el cerezo con el pergamino de los nombres abierto sobre sus rodillas. La luz de la luna se filtraba a través de las ramas, creando patrones de sombra y claridad en las páginas. Se concentró en el nombre de Mirae, y la historia comenzó a fluir a través de ella, no como un recuerdo propio, sino como un eco que venía de muy lejos.
— Mirae era una guerrera del norte — escribió Soojin.
— Nació en las montañas, entre los pinos y las nieves eternas. Desde pequeña, sintió el llamado de la tierra, y aprendió a leer las runas antes de aprender a leer las palabras. Era la guardiana de un paso de montaña, una de las primeras en proteger el velo antes de que la Hermandad existiera —
— Pero Mirae no luchaba por deber — continuó escribiendo.
— Luchaba por amor. Había conocido a un hombre de las llanuras, un pastor que cruzaba las montañas con su rebaño. Se llamaba Doyun, y era amable y silencioso. Se encontraban en el crepúsculo, cuando el sol se ponía detrás de las montañas y la luz se volvía dorada. Y en esos encuentros, Mirae encontró una razón para seguir luchando —
Soojin hizo una pausa, sintiendo que la historia se volvía más intensa.
— Pero la guerra llegó. Una grieta se abrió en el paso, y las criaturas de la Oscuridad Primigenia comenzaron a cruzarla. Mirae luchó durante días y noches, protegiendo el paso, protegiendo a los que vivían en las montañas. En la última batalla, la grieta se cerró, pero Mirae quedó atrapada al otro lado. Su nombre se perdió, y su historia se borró. Pero ella siguió esperando. Esperando a que alguien la recordara —
Soojin dejó la pluma y leyó lo que había escrito. La historia de Mirae era corta, pero llena de una belleza que la hacía eterna.
— Mirae — susurró Soojin.
— No te olvidaremos —
— Nunca —
En el jardín, la flor azul se meció con la brisa, como si estuviera de acuerdo.
Los demás se acercaron a Soojin, formando un círculo a su alrededor. No habían escuchado la historia completa, pero habían sentido su peso.
— ¿Qué pasó con Doyun? — preguntó Yeri, rompiendo el silencio.
— No lo sé — respondió Soojin.
— Pero tal vez él la esperó. Como ella lo esperó a él —
— El amor no siempre tiene finales felices — dijo Jin, con una voz suave.
— Pero a veces, el simple hecho de que haya existido es suficiente —
— Y su existencia ha sido recordada — añadió Bora.
— Ahora, Mirae descansa en paz —
Soojin cerró el pergamino y lo sostuvo contra su pecho. La historia de Mirae no sería olvidada. Y su amor, aunque no tuviera un final feliz, viviría en las palabras que había escrito.
— Mañana — dijo Soojin.
— Plantaremos algo en su memoria. Como hicimos con todas ellas —
— ¿Qué planta crees que le gustaría? — preguntó Hana.
Soojin pensó en las montañas, en los pinos, en el crepúsculo dorado.
— Acianos — respondió.
— Son flores que crecen en los campos y en las montañas. Son resistentes y hermosas, como ella —
— Entonces plantaremos acianos — dijo Soyeon.
— En la parcela junto al cerezo —
Y así lo hicieron. Al día siguiente, Soojin y Dohyun plantaron los acianos, y pronto, el jardín se llenó de un manto azul que brillaba bajo el sol.
— Mirae — susurró Soojin.
— Estás en casa —