Los acianos de Mirae crecieron como un manto azul sobre la tierra del jardín, y sus flores se abrían cada mañana como pequeños ojos que miraban al sol. El jardín de los recuerdos era ahora un tapiz de colores y aromas, un lugar donde las historias de las guerreras olvidadas vivían a través de las flores y de las palabras de Soojin.
Pero Soojin sentía que algo estaba cambiando. No era una sensación de pérdida, sino de ligereza. Como si las guerreras que había recordado estuvieran empezando a soltarse, a despedirse, a encontrar su camino hacia un descanso más profundo.
Una noche, mientras escribía en el pergamino, Soojin notó que algunos de los nombres brillaban con menos intensidad que antes. No se estaban desvaneciendo, sino que parecían más tranquilos, como si hubieran encontrado lo que buscaban.
— ¿Qué pasa? — preguntó Dohyun, que estaba a su lado.
— Algunas de ellas se están yendo — respondió Soojin.
— No del pergamino, sino de aquí. De este lugar entre mundos. Han encontrado la paz que buscaban —
— ¿Y eso es malo? —
— No. Es bueno. Significa que hemos hecho lo que teníamos que hacer. Recordarlas. Honrarlas. Y ahora pueden descansar —
Dohyun la tomó de la mano.
—.¿ ¿Y tú? ¿Estás lista para dejarlas ir? —
Soojin guardó silencio un momento. Luego, con una voz que era apenas un susurro:
— No del todo. Pero sé que es necesario. No pueden estar atadas a este lugar para siempre. Y yo no puedo aferrarme a ellas para siempre —
—Entonces déjalas ir — dijo Dohyun.
— Pero no las olvides —
— No las olvidaré — prometió Soojin.
— Nunca —
En los días siguientes, Soojin notó que más nombres comenzaban a brillar con menos intensidad. No desaparecían, pero se volvían más suaves, como si estuvieran envueltos en una luz más cálida y más lejana. Eran las guerreras que habían encontrado la paz, las que habían sido recordadas y honradas, y que ahora podían seguir adelante.
— Es hermoso — dijo Bora, una tarde, mientras observaban el jardín.
— Ver cómo se van. Cómo encuentran su descanso —
— ¿No te da tristeza? — preguntó Yeri.
— Un poco — admitió Bora.
— Pero más que tristeza, siento gratitud. Porque hemos podido hacer esto por ellas. Porque hemos podido devolverles algo que habían perdido —
— Y porque ahora sabemos que no estamos solas — añadió Soojin.
— Que siempre habrá alguien que recuerde —
El jardín se meció con la brisa, y las flores brillaron bajo la luz de la tarde. Los nombres en el pergamino seguían ahí, pero su peso se había vuelto más ligero, como si las guerreras que los habitaban estuvieran sonriendo desde algún lugar más allá del tiempo.
— Gracias — susurró Soojin, sin saber a quién se lo decía. A las guerreras, al jardín, a la vida misma.
Y en el viento, sintió una respuesta. No eran palabras, pero era una presencia. Cálida. Agradecida. En paz.
Soojin cerró el pergamino y lo sostuvo contra su pecho.
— Nunca los olvidaré — prometió.
— Pero ahora, puedo dejarlos ir —