Ecos De Sangre Y Sombra

CAPITULO 86

El atardecer se derramaba sobre el jardín de los recuerdos como un río de luz dorada y rosada, tiñendo las flores y las hojas con tonos cálidos que parecían pintados a mano.

Las siete parejas se habían reunido alrededor del cerezo, como tantas otras tardes, pero aquella tenía un matiz diferente. No era una reunión cualquiera. Era una despedida. No de ellas, sino de algunas de las guerreras que habían estado presentes en el jardín durante tanto tiempo. Las mariposas violetas se habían ido, pero su ausencia había dejado un espacio que ahora se llenaba con algo nuevo: La certeza de que las guerreras recordadas ya no necesitaban ser atadas al mundo de los vivos.

Soojin había colocado el pergamino sobre sus rodillas, pero no lo estaba escribiendo. Solo lo sostenía, como quien sostiene una carta que ya ha sido leída y que ahora descansa en paz.

— ¿No vas a escribir? — preguntó Bora, sentada a su lado.

— No — respondió Soojin.

— Hoy solo quiero estar aquí. Escuchar. Sentir —

— ¿Sentir qué? —

— La paz. La que dejaron cuando se fueron. Es como si el jardín estuviera más ligero, más brillante —

Yeri levantó su violín y comenzó a tocar una melodía suave y melancólica. No era triste, sino dulce, como una despedida que no duele porque sabes que volverás a encontrarte.

— ¿Cómo se llama esa canción? — preguntó Yuna, cerrando los ojos para escuchar mejor.

— No tiene nombre — respondió Yeri.

— Pero la llamo "El vuelo de las mariposas"

— Es perfecta — dijo Hana.

— Para este momento —

La música llenó el jardín, y las flores se mecieron al ritmo de las notas. Por un momento, todos sintieron que algo cambiaba en el aire, que el jardín no solo estaba vivo, sino que respiraba con ellos, que las guerreras recordadas no se habían ido del todo, sino que se habían convertido en parte del lugar, en parte de su propia historia.

Cuando la canción terminó, el silencio que siguió fue cálido y compartido.

— Gracias — dijo Soojin, sin dirigirse a nadie en particular, pero todos supieron a quién se lo decía.

— Gracias a ti — susurró el viento entre las hojas del cerezo.

El jardín brilló con un destello de luz violeta, y todos supieron que las guerreras, desde dondequiera que estuvieran, estaban sonriendo.




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