El nuevo jardín seguía creciendo, pero esa noche no era noche de jardines. Era noche de hermandad.
Soojin había propuesto la idea días atrás, después de que el brote del nuevo jardín mostrara sus primeras hojas. Quería reunir a todos para compartir una cena, no como guerreros ni como guardianes, sino como familia. La idea fue recibida con entusiasmo, y pronto los preparativos comenzaron a tomar forma.
El salón principal de Noche Eterna se transformó en un lugar de luz y calidez. Las velas de runa flotaban sobre la mesa larga, iluminando los rostros de las siete parejas con un resplandor suave y dorado. Las flores del jardín adornaban los platos y las jarras, y el aroma de las hierbas de Chaeyoung y Jin se mezclaba con el de la comida que habían preparado juntos.
— Nunca había visto este salón tan... acogedor — dijo Yoongi, con su tono neutral, pero Bora notó cómo sus ojos recorrieron el espacio con una suavidad que no solía mostrar.
— Es la primera cena de la hermandad — respondió Bora, tomando su mano.
— Y no será la última —
Las parejas se sentaron alrededor de la mesa, sin un orden fijo, sino como el corazón les dictaba. La conversación fluía fácilmente, mezclando risas y recuerdos, anécdotas de las batallas pasadas y esperanzas para lo que vendría.
— ¿Te acuerdas de cuando encontraste el primer cofre? — preguntó Yeri a Soojin, con una sonrisa.
— ¿Cómo olvidarlo? — respondió Soojin.
— Fue como abrir una puerta que no sabía que estaba ahí —
— Y ahora tenemos tres jardines — dijo Hana.
— El de los recuerdos, el del futuro y el que está naciendo en el límite —
— Cuatro, si contamos el que llevamos dentro — dijo Soyeon, con una sonrisa.
— Eso es muy profundo para una cena — intervino Jungkook, con un tono de humor que arrancó risas de todos.
Namjoon levantó su copa, y el ruido de las risas se fue apagando lentamente.
— Quiero brindar — dijo, y su voz era grave pero cálida.
— Por nosotras. Por lo que hemos construido. Por los nombres que hemos recordado y por los que aún están por venir. Porque esta Hermandad no es solo un juramento. Es una familia —
— Por la familia — repitieron todos, alzando sus copas.
Bora sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas. No era tristeza, sino la abrumadora certeza de que pertenecía a algo más grande que ella misma.
— Y por las guerreras olvidadas — añadió Soojin, con la voz ligeramente quebrada.
— Porque sin ellas, no estaríamos aquí —
— Por ellas — dijeron todos.
La cena continuó entre risas y recuerdos. Yeri tocó algunas melodías en su violín, y las notas danzaron en el aire como luciérnagas. Chaeyoung y Jin compartieron una de sus infusiones, y el aroma de lavanda y menta llenó la sala. Yoongi, en un gesto que sorprendió a todos, tomó la mano de Bora bajo la mesa y la apretó suavemente.
— Estoy contenta de estar aquí — dijo Bora, en voz baja.
— Yo también — respondió Yoongi.
— Y eso es algo que no digo a menudo —
— Lo sé — dijo ella, con una sonrisa.
— Por eso lo valoro —
Cuando la noche avanzó y la mesa quedó vacía, las parejas se fueron retirando lentamente, pero no hacia sus habitaciones, sino hacia el jardín. La luna llena brillaba sobre Naeil y sobre el nuevo jardín que crecía en el límite. Las flores se mecían con la brisa, y por un momento, todos sintieron que las guerreras olvidadas también estaban allí, celebrando con ellos.
Soojin se detuvo junto a Naeil y colocó una mano sobre sus hojas plateadas.
— Gracias — susurró.
— Por todo —
El arbusto brilló con un destello suave, y Soojin supo que las guerreras, desde dondequiera que estuvieran, estaban sonriendo.
La noche de la hermandad no fue un final. Fue un recordatorio de que lo que habían construido no eran solo jardines y recuerdos, sino lazos que no se romperían.
— Mañana — dijo Bora, mientras caminaban de vuelta.
— El jardín seguirá creciendo —
— Y nosotras también — respondió Soojin.
Y así, bajo la luz de la luna, la Hermandad del Cuervo Carmesí celebró no solo su pasado, sino también su futuro.