Pov Aurora
No podía creer lo que había visto la noche anterior.
Mientras iba camino al trabajo, sentía que el miedo me consumía por dentro.
"Solo quiero entregar mi carta de renuncia al final de la jornada, recoger mis cosas e irme para siempre de esa oficina..."
Suspiré profundamente.
—Aurora, solo tienes que actuar con normalidad —me dije a mí misma—. Termina tu jornada, entrega la carta y vete.
"¿Por qué siempre me pasan estas cosas a mí?"
Había conseguido un excelente trabajo.
Demasiado bueno para ser verdad.
"Renunciaré y seguiré con mi vida como si nunca hubiera visto lo que pasó anoche."
"Borraré todo eso de mi mente. No diré absolutamente nada y me mantendré lo más lejos posible de mi jefe."
"Solo... no quiero morir."
Pensar en mi familia hizo que un nudo se formara en mi garganta.
Sin darme cuenta, el trayecto terminó.
Bajé del autobús y respiré hondo antes de entrar al edificio de la empresa.
Debía actuar como si nada hubiera ocurrido.
Como cualquier otro lunes.
—Buenos días, Aurora.
Levanté la vista.
Era Gregory, el portero.
A pesar de tener casi mi misma edad, siempre había sido muy amable conmigo. Desde que empecé a trabajar allí, todas las mañanas me recibía con una sonrisa.
—Buenos días, Gregory. Que tengas un excelente día.
Sonreí con la mayor naturalidad que pude, ocultando el temblor de mi voz.
Entré al edificio y me dirigí hasta mi escritorio.
Todavía era temprano.
Massimiliano aún no había llegado.
Sabía perfectamente que siempre aparecía a las ocho y cuarto de la mañana.
Miré el reloj.
Faltaban apenas unos minutos.
No tenía idea de cómo actuar cuando lo viera.
Entonces...
Las puertas del ascensor se abrieron.
Mi corazón dio un vuelco.
Mierda...
Respira, Aurora.
Inhala...
Exhala...
Escuché sus pasos acercándose.
—Buenos días, señorita Valencia.
Su voz grave hizo que un escalofrío recorriera mi espalda.
Levanté lentamente la mirada.
Massimiliano De Luca.
Mi jefe.
Debía admitirlo.
Era absurdamente atractivo.
Parecía sacado de una novela romántica.
Alto.
Cabello oscuro.
Mandíbula perfectamente marcada.
Y unos intensos ojos azules que, en cualquier otra circunstancia, habrían sido imposibles de ignorar.
La primera vez que lo vi pensé que parecía una escultura hecha por los dioses.
Pero ahora...
Ya no podía verlo de la misma manera.
En mi mente solo aparecía la imagen del disparo.
Del hombre cayendo muerto frente a él.
Un nuevo escalofrío recorrió todo mi cuerpo.
Tranquila...
Inhala...
Exhala...
—Buenos días, señor De Luca.
Me sorprendió que mi voz sonara tan estable.
Él sostuvo mi mirada durante unos segundos.
—Necesito hablar con usted en mi oficina.
Sentí que el estómago se me encogía.
—Claro, señor.
Me levanté intentando que mis piernas dejaran de temblar.
Lo seguí hasta su oficina.
Massimiliano abrió la puerta y me indicó que pasara primero.
Entré.
Él cerró la puerta detrás de nosotros.
Ese simple sonido hizo que el miedo aumentara.
Se dirigió a su escritorio y tomó asiento.
Yo hice lo mismo frente a él.
Durante unos segundos reinó un silencio absoluto.
Tomó su tableta y revisó algo con el rostro completamente serio.
Finalmente habló.
—¿Qué vamos a hacer con usted, Aurora?
Fruncí el ceño.
—Disculpe...
No me permitió terminar.
—¿Cuánto vio y escuchó anoche?
Mi respiración se detuvo.
Intenté aparentar confusión.
—¿Qué...?
Él apoyó ambos antebrazos sobre el escritorio.
—No soy un idiota, señorita Valencia.
Su voz seguía siendo calmada.
Pero ahora podía sentir el peligro escondido detrás de cada palabra.
Me di cuenta de que, en realidad...
No conocía absolutamente nada del hombre para el que trabajaba.
Decidí seguir fingiendo.
Era mi única opción.
—No sé de qué me está hablando, señor.
Intenté sonar segura.
Aunque por dentro estaba completamente aterrada.
Sin decir una sola palabra, giró lentamente la tableta hacia mí.
Sentí que el mundo se detenía.
Era el video de seguridad.
En la pantalla aparecía claramente yo.
Paralizada.
Observándolo todo.
Mierda...
Estoy muerta.
Massimiliano volvió a tomar la tableta.
Una ligera sonrisa, casi imperceptible, apareció en sus labios.
—Debo admitir que sabe mentir muy bien, señorita Valencia.
Hizo una pequeña pausa.
—Si no hubiera revisado las cámaras de seguridad, probablemente habría creído su actuación.
Bajé la mirada.
No tenía nada que responder.
Él guardó nuevamente la tableta.
Luego entrelazó las manos sobre el escritorio.
Sus ojos azules volvieron a fijarse en mí.
—Ahora la verdadera pregunta es...
Dejó la frase en el aire unos segundos.
—¿Qué haremos con usted, Aurora?
Su voz era tranquila.
Demasiado tranquila.
Y eso resultaba mucho más aterrador que si hubiera gritado.
Sentí cómo todo comenzaba a dar vueltas.
Mi respiración se aceleró.
Las manos me temblaban.
El miedo terminó por vencerme.
Lo último que recuerdo fue la oficina desdibujándose frente a mis ojos.
Después...
Todo quedó completamente oscuro.
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HOLIS AMORES!!!
Es la primera vez que escribo así que espero que me tengan paciencia.
Espero que les guste.