Ecos De Silencio

CAPITULO 2

POV Massimiliano

Hoy había tenido un día de mierda.

Para mi mala suerte, los idiotas que transportaban la mercancía en una embarcación rumbo a México habían informado que el cargamento se había perdido en el mar tras un supuesto accidente.

Me encontraba en mi oficina soportando al imbécil de Lucas, un empresario que se encargaba de lavar mi dinero y que ahora tenía el descaro de venir a exigirme un aumento.

Solo escuchaba cómo repetía una y otra vez que necesitaba más dinero.

—No aumentaré tu paga —dije con una voz fría y letal—. Hace apenas unos meses te di un aumento.

—¿Cómo te atreves? Yo soy quien lava tu dinero sucio —respondió intentando sonar autoritario.

Pobre imbécil.

¿De verdad creía que unas cuantas palabras y ese tono ridículo iban a hacerme cambiar de opinión?

—Lárgate de mi oficina.

Mi paciencia ya estaba al límite.

Había tenido un día lo suficientemente malo como para soportar sus estupideces.

—Necesito ese dinero. Dámelo —insistió mientras golpeaba el escritorio con la palma de la mano—. O iré a la policía y contaré todo.

Solté una carcajada seca.

—Eres un idiota.

Me levanté lentamente de la silla.

—Te lo advertí. Vete de mi oficina.

Podía verlo en sus ojos.

Lo había contratado precisamente por su avaricia. Era bueno en su trabajo, pero estaba muy lejos de ser indispensable.

Lucas ignoró mi advertencia y siguió exigiendo más dinero.

Antes de que pudiera reaccionar, saqué mi pistola del cinturón y disparé.

La bala impactó justo entre sus cejas.

Su cuerpo cayó pesadamente sobre el suelo.

Lo observé durante unos segundos.

—Debiste irte cuando te lo advertí.

Tomé el teléfono de mi escritorio y marqué una extensión.

Un minuto después, la puerta se abrió.

Signore.

Leonardo, mi jefe de seguridad, entró con la misma expresión seria de siempre.

Lo señalé con la cabeza hacia el cadáver.

Leonardo, occupatene tu. (Leonardo, hazte cargo.)

Él solo asintió.

—Sí, signore.

Recordé otro asunto.

—¿Cuándo llega mi nueva secretaria?

—El lunes, signore. Vendrá a firmar el contrato. Yo mismo me encargué de entrevistarla.

Asentí.

—Perfecto. Me iré al club un rato.

Una hora después me encontraba en mi club privado, disfrutando de un buen whisky.

Necesitaba despejar la mente.

No pasó mucho tiempo antes de que Dimitri apareciera y se sentara a mi lado.

—Escuché que tuviste un mal día.

Su tono burlón consiguió irritarme todavía más.

—No me jodas.

Él soltó una risa.

—Está bien, cambiemos de tema. Tu club está siendo todo un éxito. La idea de los antifaces fue brillante.

En ese momento dos mujeres se acercaron con claras intenciones de coquetear.

No tenía humor para eso.

Por suerte, Dimitri tampoco.

Las rechazó con amabilidad y ellas terminaron alejándose.

Lo miré con extrañeza.

—¿Qué te pasa? ¿Tú rechazando mujeres? ¿Se te dañó algo?

Me dedicó una mirada de fastidio.

—No seas imbécil. Todo funciona perfectamente.

Sonrió.

—Solo que no pienso serle infiel a mi novia.

Lo observé sorprendido.

—¿Tú... con novia?

Desde que lo conocía jamás había sido un hombre de relaciones serias.

—Creo que se acerca el fin del mundo.

—Qué gracioso —respondió con ironía—. Créeme... ella ha sido lo mejor que me ha pasado en la vida.

Me acerqué al balcón justo cuando el DJ apagó la música.

El animador comenzó a explicar un concurso de baile, una idea que había sido de Dimitri para animar el ambiente.

—¿De verdad estás enamorado? —pregunté mientras observaba la pista.

—Sí. Y algún día lo entenderás...

Continuó hablando sobre su novia, pero dejé de prestarle atención.

Algo había captado toda mi atención.

O, mejor dicho...

Alguien.

Sobre el escenario había una mujer.

Llevaba un vestido verde que dejaba al descubierto su espalda y un elegante escote en V.

El vestido abrazaba perfectamente cada una de sus curvas.

Era imposible no mirarla.

Sentí una palmada en el hombro.

—Italiano... ¿me estás escuchando?

Era Dimitri.

—Te llamé varias veces. ¿Qué tanto mirabas?

Aparté la vista del escenario.

—Nada importante.

Él sonrió con picardía, aunque no insistió.

—Bueno, yo me voy. Mi chica me está esperando en casa.

—Está bien. Nos vemos... hombre comprometido.

Antes de marcharse, sonrió.

—Aunque no lo creas, italiano, algún día te enamorarás.

Negué con la cabeza.

—Lo dudo. No pienso arrastrar a nadie al mundo en el que vivo. Solo la pondría en peligro.

—Como tú digas.

Y se marchó.

Volví inmediatamente mi atención al escenario.

La joven había comenzado a bailar.

Cada uno de sus movimientos era elegante, sensual y completamente natural.

No había nada exagerado en ella.

Simplemente...

Bailaba como si hubiera nacido para hacerlo.

Era imposible apartar la mirada.

Entonces ocurrió.

Giró lentamente y sus ojos encontraron los míos.

Su antifaz ocultaba parte de su rostro, pero aun así podía notar lo hermosa que era.

Nuestras miradas quedaron atrapadas la una en la otra.

Por un instante, todo el ruido del club desapareció.

Ella me regaló una pequeña sonrisa.

Y luego volvió a concentrarse en la música.

Mi corazón dio un vuelco.

Nunca antes una simple sonrisa había provocado algo así en mí.

Cuando terminó la canción, el público estalló en aplausos.

Su grupo ganó el concurso.

Y, aunque intenté convencerme de lo contrario...

No pude dejar de observarla durante el resto de la noche.

Unas horas después recibí una llamada de Leonardo.

Signore.




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