POV Massimiliano
Había pensado que pasar la noche con aquella mujer me ayudaría a despejar la mente, pero el resultado fue todo lo contrario.
Solo me sentía más vacío.
Había tenido un día de mierda.
Y, para empeorar las cosas, no podía dejar de recordar la forma en que Aurora le sonreía a Dimitri ni lo natural que parecía conversar con él.
Verlos juntos había despertado en mí una sensación de posesividad que me resultaba tan absurda como irritante.
"Idiota...", me recriminé.
La mujer me observó con una sonrisa satisfecha.
—Cariño ¿Qué te parece si repetimos? —preguntó con tono seductor.
La miré unos segundos.
No tenía ganas de seguir allí.
Ni siquiera sabía por qué la había llevado a mi apartamento.
—Vete.
Su sonrisa desapareció.
—¿Qué?
—He dicho que te vayas.
Mi voz salió más fría de lo que pretendía.
Ella bufó con evidente molestia.
Sin decir nada más, recogió sus cosas y salió del dormitorio.
Antes de cerrar la puerta alcanzó a llamarme "capullo".
No le di importancia.
Entré al baño y abrí la ducha.
El agua fría golpeó mi cuerpo durante varios minutos, intentando calmar el caos que tenía en la cabeza.
Cuando salí, apoyé ambas manos sobre el lavamanos y cerré los ojos.
Pero fue inútil.
Aurora volvió a aparecer en mis pensamientos.
Recordé el vestido verde que llevaba aquella noche en el club.
La elegancia con la que se movía al bailar.
La naturalidad con la que sonreía.
Y la manera en que, desde el primer instante, consiguió llamar mi atención.
—Carajo...
Desde aquella noche no había conseguido olvidarla.
Llevaba apenas unas semanas trabajando para mí y, aun así, parecía estar en todas partes.
Siempre había tenido una regla muy clara.
Nunca involucrarme con alguien que trabajara para mí.
Por eso, desde el primer día, decidí mantener las distancias.
Pero era más difícil de lo que imaginaba.
Sin proponérmelo, terminaba buscándola con la mirada cada vez que salía de mi oficina.
Había descubierto pequeños detalles sobre ella.
Siempre saludaba con una sonrisa.
Trataba a todos con respeto.
Y, durante su descanso, casi siempre estaba leyendo un libro mientras almorzaba en su escritorio o en el restaurante de la empresa.
Cuando supe que sería mi secretaria, ordené que hicieran una investigación discreta.
Solo quería asegurarme de quién era la persona que trabajaría tan cerca de mí.
Su nombre completo era Aurora Elizabeth Valencia García.
Colombiana.
Había llegado a Estados Unidos gracias a una beca y, tiempo después, obtuvo la residencia.
Le encantaba el café.
Llevaba casi dos años sin visitar a sus padres en Colombia.
Tenía dos mejores amigas y compartía apartamento con una de ellas.
Su madre era contadora. Había ejercido su profesión durante algunos años antes de dedicarse por completo a su familia.
Su padre era un militar retirado.
También tenía una hermana mayor, periodista, y un hermano menor que aún estudiaba en la universidad.
Era curioso.
Podía recordar cada detalle de ese informe sin ningún esfuerzo.
Como si mi mente se negara a olvidarla.
Suspiré con cansancio.
Lo mejor sería intentar dormir.
Quizá unas horas de descanso ayudarían a poner mis pensamientos en orden.
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La noche fue un desastre.
Las pesadillas volvieron a aparecer.
Había días en los que lograba dormir sin problemas.
Y otros...
Como aquel.
Despertaba de mal humor, con la sensación de cargar un peso imposible de quitarme de encima.
A veces la culpa regresaba.
Solo por unos segundos.
Porque enseguida la enterraba otra vez.
Sabía que a ella no le habría gustado verme consumido por ese sentimiento.
Pero también juraba, una y otra vez, que aquel desgraciado pagaría por todo.
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Ya estaba en mi oficina cuando alguien llamó a la puerta.
—Adelante.
La puerta se abrió lentamente.
Aurora entró sosteniendo una taza de café y un pequeño plato con galletas.
Se acercó hasta mi escritorio.
—Señor De Luca.
Dejó ambas cosas frente a mí.
La observé con cierta sorpresa.
—Son para usted —explicó con una sonrisa amable—. Son galletas con chispas de chocolate... y café. Noté que esta mañana se veía un poco cansado. Si no desea aceptarlos, no hay ningún problema.
La miré unos segundos.
—¿Las hizo usted?
Ella asintió.
—Sí. Mi abuela me enseñó la receta hace muchos años.
Sonrió.
Y, sin que ella lo supiera, esa simple sonrisa fue suficiente para mejorar mi humor.
Tomé una de las galletas.
Su aroma despertó recuerdos que llevaba años sin visitar.
Mi nana.
Cuando era niño me gustaba quedarme a su lado mientras horneaba.
Ella preparaba exactamente las mismas galletas.
En aquella época todo parecía mucho más sencillo.
Antes de descubrir la oscuridad que rodeaba a mi familia.
Antes de convertirme en uno de los hombres más temidos de la mafia.
Volví al presente.
—Gracias, señorita Valencia.
Ella asintió con educación.
—¿Qué tenemos para hoy?
Aurora abrió su agenda.
Con la profesionalidad de siempre, comenzó a informarme sobre las reuniones, documentos y compromisos programados para ese día.
El resto de la jornada transcurrió con relativa tranquilidad.
Asistí a varias reuniones y resolví algunos asuntos pendientes.
Más tarde visité a un traficante de armas que llevaba demasiado tiempo causándome problemas.
Su pequeña organización resultó ser tan incompetente como esperaba.
Resolver aquel inconveniente fue sencillo.
Incluso...
Demasiado sencillo para mi gusto.