Ecos De Silencio

CAPITULO 6

POV Aurora

Ya habían pasado dos meses desde que empecé a trabajar para Massimiliano.

La verdad, me había adaptado bastante bien al empleo. Incluso había desarrollado algunas pequeñas costumbres.

Una de ellas era llevarle galletas al señor De Luca cada vez que horneaba.

No sabía exactamente cuándo se había convertido en una costumbre, pero siempre que tenía tiempo para preparar unas, guardaba algunas para él.

Ese día había decidido salir a almorzar.

Mientras caminaba, aproveché para llamar a Stella y Olivia. Queríamos organizar una noche de chicas para el día siguiente, ya que sería sábado.

Me alegraba especialmente porque Stella había estado fuera durante un par de semanas.

Había viajado a Rusia porque un amigo suyo había inaugurado una galería de arte en Moscú y le había pedido que lo acompañara.

Naturalmente, en cuanto regresó, decidimos que tenía que contarnos absolutamente todo.

Y cuando digo todo...

Es todo.

—Nos tienes que contar cómo estuvo el viaje, con puntos y comas —le había dicho.

Porque mis amigas y yo, cuando nos reuníamos, éramos unas chismosas de primera.

No lo voy a negar.

Probablemente conocía detalles de la vida de personas que ni siquiera conocía personalmente.

Después de acordar la hora y el lugar para nuestra noche de chicas, nos despedimos y continué mi camino.

Cuando regresé a la empresa, me senté en mi escritorio y retomé mis responsabilidades.

Revisé la agenda del señor De Luca.

Tenía una reunión en diez minutos en la sala de juntas.

Conocía bastante bien su rutina a esas alturas.

Normalmente salía de su oficina unos cinco minutos antes de cada reunión.

Así que esperé.

Pasaron cinco minutos.

Nada.

Fruncí el ceño.

Era extraño que se retrasara.

Miré nuevamente el reloj.

Decidí acercarme a su oficina para avisarle que debía prepararse para la reunión.

Caminé en silencio por el pasillo.

Cuando estaba a pocos pasos de la puerta, escuché un ruido extraño.

Me detuve.

La puerta no estaba completamente cerrada.

Fruncí el ceño y me acerqué un poco más.

Intenté escuchar qué estaba ocurriendo dentro.

Sin darme cuenta, apoyé ligeramente el cuerpo contra la puerta.

Y entonces...

La puerta se abrió de golpe.

—¡Mierda!

Perdí el equilibrio durante un instante, pero conseguí mantenerme de pie.

Bajé la mirada rápidamente.

—Estoy bien...

Entonces levanté la cabeza.

Y me quedé completamente congelada.

Mis ojos se abrieron de par en par.

Sobre el sofá de la oficina había una mujer rubia, mientras Massimiliano se encontraba sentado cerca de ella.

La escena era tan inesperada que mi cerebro tardó unos segundos en procesarla.

—¿Qué carajos...? —solté en voz alta.

La mujer me miró sorprendida.

Massimiliano también.

Pude notar cómo su expresión cambiaba en cuestión de segundos.

Por un instante, sus ojos reflejaron una mezcla de sorpresa, molestia y algo más que no fui capaz de identificar.

La mujer, claramente avergonzada, se apartó rápidamente.

Yo recuperé la compostura.

No podía quedarme allí mirando.

—Disculpe, señor De Luca —dije intentando mantener un tono completamente profesional—. Tiene una reunión en tres minutos.

Antes de que pudiera responder, salí rápidamente de la oficina y cerré la puerta detrás de mí.

Sentí una extraña presión en el pecho.

Decidí ignorarla.

Bueno...

Al menos tenía un buen chisme para contar.

Y, definitivamente, pensaba burlarme de mi jefe por aquello.

Saqué mi teléfono y llamé inmediatamente a Stella.

Respondió casi al instante.

—Hola.

—¡Hola, Stella! —dije intentando contener la risa—. Si imaginaras lo que acabo de ver...

—Cuéntame.

Su tono cambió inmediatamente.

Sabía perfectamente que había conseguido su atención.

Mientras regresaba a mi escritorio, le conté todo lo que acababa de ocurrir.

—¡¿Qué mierda, Aurora?! —exclamó, sorprendida.

—Te juro que no estoy inventando nada. Acabo de encontrar a mi jefe en su oficina en una situación bastante comprometedora.

Stella soltó una carcajada.

—Vaya suerte la tuya.

—No sabes lo incómodo que fue.

—Bueno, esperemos al menos que él estuviera pasando un buen momento —bromeó.

No pude evitar reírme.

—Sí, vaya suerte la mía —respondí con ironía.

Después de unos minutos nos despedimos.

Colgué y volví a concentrarme en el trabajo.

Como sabía que Massimiliano probablemente llegaría unos minutos tarde a la reunión, envié el aviso correspondiente.

Después me senté en mi silla.

Intenté volver a trabajar.

Pero mi mente seguía regresando a aquella escena.

No pude evitar soltar una pequeña risa.

—Maldito idiota...

Miré hacia la puerta de su oficina.

"¿Por qué tenía que hacer eso precisamente en la oficina?"

"Para eso existe una casa."

Negué con la cabeza.

Yo nunca había estado en una situación así.

Era bastante ingenua en esos temas y, aunque había leído muchas historias donde ocurrían escenas similares, jamás había presenciado algo parecido en la vida real.

Supongo que esa era una de las razones por las que me encantaba leer.

Desde pequeña, los libros habían sido mi manera de escapar durante un rato de la realidad y olvidarme de las preocupaciones.

Cada historia me permitía conocer nuevos lugares, nuevos personajes y vivir aventuras completamente diferentes.

Era como vivir mil vidas dentro de una sola.

Y, sinceramente...

No cambiaría ese pequeño refugio por nada.




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