El hangar de la Aurora Juvenil VII no era el entorno aséptico de las prácticas. Olía a refrigerante quemado y al miedo metálico que desprendían los cazas bajo presión. Mientras las sirenas de emergencia bañaban las paredes de un rojo intermitente, Kael Dravos sintió que el estómago se le encogía. Sus dedos, enfundados en el guante de vuelo, temblaban al tocar los controles de su caza de interceptación.
—¡Lanzamiento en diez segundos! —rugió la voz de Eryon Sael por el intercomunicador. Eryon ya estaba en su cabina, con los ojos fijos en la compuerta que empezaba a abrirse hacia el vacío—. ¡Kael, si no fijas tu estabilizador ahora, la descompresión te va a escupir contra la pared!
—¡Lo sé, lo sé! —respondió Kael, luchando contra un ataque de pánico. Era el mejor piloto de su clase, pero nunca había volado con proyectiles reales silbando a su alrededor.
En la plataforma superior del hangar, Rhaegor Varn no tenía tiempo para el miedo. Estaba operando manualmente una de las baterías de defensa que se había bloqueado. Con una llave de impacto y la fuerza bruta que le caracterizaba, golpeó el mecanismo de alimentación.
—¡Vamos, maldita chatarra! —gritó Rhaegor. Un chorro de vapor hidráulico le quemó el brazo, pero ni siquiera parpadeó. Con un chasquido metálico, el cañón volvió a la vida—. ¡Alimentación lista! ¡Vael, tienes el control de la torreta tres!
A cientos de metros de allí, en la cúpula de artillería que sobresalía del casco de la nave, Vael Orion contenía el aliento. A través de la mira holográfica, veía el espacio convertido en un infierno de trazadoras y escombros. Los cazas de los Silentes se movían como insectos rabiosos.
—Vael, ¿qué esperas? —la voz de Isidora llegó desde el puente, cargada de urgencia—. ¡Están rompiendo nuestra línea de babor!
Vael tenía el dedo sobre el disparador, pero su mente le jugaba una mala pasada. Veía los daños en el fuselaje enemigo, las pequeñas grietas por donde escapaba el aire. Son personas, pensó por un segundo. Pero entonces, una ráfaga enemiga impactó justo debajo de su cúpula, haciendo que el cristal reforzado crujiera.
—¡Fuego! —gritó Vael, cerrando los ojos por un instante y dejando que el instinto de supervivencia tomara el control.
En el espacio, el caza de Kael salió disparado como una flecha. La transición del hangar al vacío fue un golpe de silencio absoluto, roto solo por el sonido de su propia respiración agitada.
—¡Eryon, los tengo encima! —gritó Kael mientras dos naves Silentes se posicionaban tras él.
—No rompas la formación, novato —respondió Eryon, realizando un giro de 180 grados que desafiaba las leyes de la inercia—. Atrae a esos bastardos hacia la zona de fuego de Rhaegor. ¡Haz que muerdan el anzuelo!
Mientras los cazas bailaban entre ráfagas de energía, en el interior de la Aurora, el grupo de defensa empezaba a comprender la amarga verdad: la Guardia de la Alianza no iba a intervenir. El Vindicador permanecía estático, observándolos como un maestro cruel que deja que su alumno sangre para que aprenda la lección.
—Nos están usando de cebo —gruñó Rhaegor, cargando otra tanda de proyectiles—. Quieren ver cuánto aguantamos antes de rompernos.
—Entonces no nos romperemos —la voz de Vael sonó más firme ahora, mientras sus ráfagas de defensa empezaban a encontrar sus objetivos—. Si quieren una lección, vamos a darles una que no olvidarán.
—¡Kael, ahora! ¡Maniobra "Cisne de Cristal"! —la voz de Eryon Sael tronó en el casco de Kael Dravos.
Kael, con el corazón martilleando contra sus costillas, tiró de la palanca de mando. En lugar de alejarse, su caza se inclinó hacia el eje de rotación de la Aurora. Era una maniobra teórica que solo habían practicado en gravedad cero controlada. Detrás de él, los dos cazas Silentes, confiados, aceleraron.
—¡Fijando trayectoria! —gritó Kael.
En ese instante, Eryon apareció desde la sombra del casco de la nave principal, cruzando su trayectoria en un ángulo imposible. El cruce fue tan cercano que las alas de ambos cazas desprendieron chispas de energía estática. Los Silentes, incapaces de reaccionar a tal velocidad, se encontraron de frente con el fuego cruzado de los dos cadetes. Una de las naves enemigas se convirtió en una bola de fuego naranja que se expandió silenciosamente en el vacío.
—¡Primer impacto! —celebró Kael, aunque su voz temblaba por la adrenalina.
—No celebres todavía —le cortó Eryon—. ¡Mira tu escáner! Una nave de transporte enemiga acaba de anclarse en el sector cuatro. ¡Van a entrar!
Dentro de la Aurora, en el pasillo de la cubierta de ingeniería, el sonido fue un estruendo metálico seguido de un siseo violento. Una pinza de abordaje había perforado el casco.
—¡Brecha en el sector cuatro! —la voz de Isidora sonó desesperada por el intercomunicador—. ¡Rhaegor, Vael, están entrando en su zona!
Rhaegor Varn soltó la llave de impacto y desenfundó su pesado fusil de impulsos. Sus ojos se entrecerraron. A su lado, Vael Orion bajaba de la torreta de artillería, empuñando una carabina de corto alcance. Vael todavía tenía la cara pálida por haber destruido naves fuera, pero ver la puerta de la esclusa deformarse bajo el calor de un soplete enemigo le devolvió la claridad.
—Prepárate, Vael —gruñó Rhaegor, posicionándose tras una caja de suministros—. Esto no es puntería láser. Esto es defensa de pasillo. Si pasan de nosotros, llegan al puente.
La compuerta explotó hacia adentro. Tres figuras con trajes de vacío negros y armaduras improvisadas irrumpieron entre el humo. Eran los Silentes, armados con escopetas de plasma y sed de sangre.
—¡Fuego! —ordenó Rhaegor.
El pasillo se convirtió en un túnel de luz cegadora. Rhaegor disparaba con una precisión brutal, usando su fuerza para compensar el retroceso del arma. Un Silente cayó hacia atrás, pero los otros dos se cubrieron tras las tuberías, devolviendo el fuego. Un disparo de plasma pasó a milímetros de la oreja de Vael, chamuscando la pared.