Ecos de uiverso

Capítulo 3

El regreso a la Escuela Estelar no fue el desfile triunfal que los cadetes habían imaginado durante años. No hubo música, ni medallas, ni aplausos. La Aurora Juvenil VII atracó en el sector de cuarentena del anillo orbital bajo un silencio sepulcral, escoltada todavía por la sombra amenazante del Vindicador.

Isidora Veyra fue la primera en cruzar la pasarela. Al pisar el suelo firme de la estación, sintió que la gravedad artificial le pesaba más que nunca. Sus botas, antes impecables, estaban cubiertas de una fina capa de polvo de carbono y fluido hidráulico.

Frente a ellos, en el centro del gran salón de cristal, esperaba el Consejo de la Alianza y el Comandante Varkas.

—Felicidades, Oficiales —dijo Varkas, su voz resonando sin emoción en las paredes de cristal—. Han superado el protocolo "Bautismo de Acero". Han demostrado que son capaces de mantener la cohesión cuando la teoría se desmorona.

—¿"Protocolo"? —intervino Mira Solenne, dando un paso al frente con los puños apretados. Su pragmatismo marciano se había convertido en una furia fría—. Casi morimos. Vael tuvo que disparar contra seres que creía reales. Rhaegor fue herido por vapor de alta presión. ¿Llaman a eso una prueba?

—El universo no les pedirá permiso para ser cruel, cadete Solenne —respondió Varkas, fijando su mirada acerada en ella—. La Alianza no necesita diplomáticos que se desmayen al ver sangre, ni pilotos que duden cuando un Silente los tiene en la mira. Necesitamos supervivientes.

En un rincón del salón, Lyra Thalos se mantenía cerca de su tanque de soporte, observando el aura emocional del Consejo. Sus percepciones Elari le enviaban señales confusas: no sentía orgullo en los líderes, sino miedo.
—Mienten —susurró Lyra, lo suficientemente alto para que Isidora la escuchara—. No fue solo una prueba. Algo salió mal y están usando la "graduación" para ocultarlo.

Aman-Kai emitió un zumbido discordante, confirmando la sospecha de Lyra. Sus procesadores lógicos habían detectado una anomalía: los drones Silentes que los atacaron no eran modelos de práctica estándar. Tenían firmas de encriptación que no pertenecían a la Guardia de la Alianza.

Mientras tanto, Kael Dravos y Eryon Sael permanecían en silencio, compartiendo una mirada que solo los pilotos entienden. Ya no les importaban las notas ni los discursos. Estaban procesando el vacío que sentían en el pecho. Vael Orion, por su parte, miraba sus manos, preguntándose si alguna vez volvería a ver el mundo con la misma claridad ética que antes de apretar el gatillo.

—Tienen cuarenta y ocho horas de permiso —sentenció el Comandante—. Luego, recibirán sus órdenes de despliegue real. El Consorcio se está fracturando, y ustedes son la primera línea de la nueva doctrina.

Cuando el Consejo se retiró, Isidora reunió a su equipo en una de las cúpulas de observación que miraba hacia las estrellas.
—Nos usaron —dijo ella, con una voz que ya no era la de una estudiante, sino la de una líder que ha visto la oscuridad—. Pero cometieron un error. Nos enseñaron a trabajar juntos para sobrevivir a un enemigo externo. Ahora sabemos cómo trabajar juntos para descubrir qué están ocultando ellos.

Esa noche, nadie regresó a los dormitorios de la academia. De forma instintiva, los ocho se reunieron en el nivel inferior de la Escuela Estelar, en un jardín hidropónico que simulaba los bosques de la Tierra. No hubo discursos, solo un silencio compartido mientras Lyra sumergía sus manos en el agua fría y Aman-Kai emitía una frecuencia armónica que calmaba los nervios de todos.

—Ya no somos los mismos que salieron de aquí hace tres días —dijo Kael Dravos, rompiendo el silencio mientras se vendaba el corte de su brazo—. Siento que los uniformes nos quedan grandes, o quizás somos nosotros los que crecimos demasiado rápido.

—Es el peso de la realidad, Kael —respondió Rhaegor Varn, sentado en el suelo mientras limpiaba su fusil por pura memoria muscular—. La academia nos enseñó a ganar puntos. El espacio nos enseñó a no morir. Hay una gran diferencia.

Vael Orion miraba las estrellas a través de la cúpula.
—Lo que más me duele no fue el ataque —confesó Vael en voz baja—. Fue que nos mintieran. Que nos usaran como piezas de ajedrez.

Isidora Veyra se puso en pie y caminó hacia el centro del grupo. Sus ojos recorrieron a cada uno de ellos: la inteligencia de Mira, la sensibilidad de Lyra, la fuerza de Rhaegor, la puntería de Vael, la lógica de Aman-Kai, y la destreza de Kael y Eryon.

—Ellos creen que nos han "graduado" para ser sus herramientas —dijo Isidora con una firmeza que hizo que todos levantaran la vista—. Pero se equivocan. Nos han dado algo que ellos no tienen: lealtad absoluta entre nosotros. A partir de ahora, nuestra primera orden no viene del Consejo, sino de quien tenemos al lado.

Un pitido en los comunicadores de sus muñecas interrumpió el momento. Era una orden de asignación oficial.

—Miren esto —susurró Eryon Sael, proyectando el holograma—. Nos han asignado una nave propia. No es una Aurora de prácticas.

A la mañana siguiente, el grupo se encontraba en el muelle de carga 9. Frente a ellos no estaba la nave de entrenamiento abollada, sino una belleza de ingeniería multiespècie que parecía un halcón de plata y obsidiana.

—Clase Centinela de largo alcance —anunció Mira Solenne, sus ojos brillando con una mezcla de asombro y sospecha—. Casco de aleación Kaeloriana, motores de salto Nymerianos y un núcleo de procesamiento compatible con la mente de un Z. Es... es perfecta.

—Se llama la Aethelgard —leyó Isidora en el registro—. Y tiene nuestra firma de ADN como tripulación única.

Mientras subían la rampa, Rhaegor y Vael se detuvieron en la entrada de la armería, viendo los nuevos rifles de pulso y las armaduras reforzadas. Ya no eran juguetes de plástico de la escuela; era equipo de guerra real.

—Esta nave no es para diplomáticos —comentó Eryon, sentándose en la silla de piloto y sintiendo cómo los controles se ajustaban a sus manos—. Es una nave de operaciones negras. Nos están mandando a donde la Alianza no quiere que nadie vea.




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