El salto hiperespacial terminó no con un estallido, sino con un susurro de estática que erizó la piel de Lyra Thalos. La Aethelgard emergió en el sistema X-94, un cementerio de asteroides y nubes de gas púrpura en el borde del espacio conocido.
—Sincronización completa —anunció Eryon Sael, ajustando los compensadores de inercia—. Estamos en el Sector de Sombras. Aquí no hay patrullas del Consorcio, ni leyes, solo nosotros.
Isidora Veyra se puso en pie, observando el mapa holográfico que Mira Solenne proyectaba en el centro del puente.
—Nuestra orden es clara: localizar la señal de auxilio de la Aurora Juvenil III. Desapareció hace doce horas. Era una nave como la nuestra, con graduados como nosotros.
—No es una misión de rescate estándar —intervino Aman-Kai, sus ojos multifacéticos brillando con una luz ámbar—. Los restos de datos que captamos indican que no fue un fallo técnico. Hubo un colapso de resonancia. Alguien... o algo, les obligó a dejar de comunicarse.
En la cubierta inferior, el ambiente era de máxima alerta. Rhaegor Varn y Vael Orion estaban terminando de equipar a la unidad de incursión. Esta vez, las armaduras eran pesadas, con sellado ambiental reforzado.
—Vael, revisa los sensores térmicos de los cascos —ordenó Rhaegor, cargando un rifle de pulso con munición de fragmentación—. Si hay abordaje, no quiero sorpresas.
—Ya los revisé dos veces, Rhaegor —respondió Vael, con una calma que ocultaba la tensión de sus músculos—. Pero mira esto... —señaló una pequeña pantalla—. Hay una firma energética en uno de los asteroides más grandes. No es una nave. Es una estructura antigua.
—¡Puente, aquí defensa! —gritó Rhaegor por el intercomunicador—. Tenemos una lectura anómala en el asteroide 4-B. Parece una base minera abandonada, pero está emitiendo calor.
En el espacio, Kael Dravos realizaba una patrulla de reconocimiento en su caza, manteniéndose cerca del casco de la Aethelgard.
—¡Aquí Kael! ¡Tengo visual! No es una base minera... es una trampa. Veo restos de fuselaje de la Aurora III esparcidos por la superficie del asteroide. Y hay marcas de quemaduras que no son de plasma... son de energía de vacío.
El corazón de Isidora dio un vuelco. La energía de vacío era una tecnología prohibida, supuestamente desaparecida tras las Guerras del Silencio.
—¡Eryon, posición de combate! Lyra, busca firmas de vida entre los restos. ¡No nos iremos de aquí sin saber qué pasó con esos cadetes!
De la oscuridad del asteroide, empezaron a emerger pequeñas sondas silenciosas, con luces rojas que parpadeaban como ojos de insectos. No eran Silentes, ni de la Alianza. Eran algo nuevo, algo que no estaba en los libros de la Escuela Estelar.
—Isidora... —la voz de Lyra tembló—. No siento emociones en esas máquinas. Pero siento el eco de los que murieron en la Aurora III. Están grabados en el metal.
—Entonces hagamos que su sacrificio cuente —sentenció Isidora—. Kael, despeja el camino. Rhaegor, Vael, preparen el equipo de tierra. Vamos a bajar ahí.
La rampa de la Aethelgard se abrió con un siseo, revelando el aire gélido y cargado de estática del asteroide 4-B. Rhaegor Varn y Vael Orion encabezaron el descenso, con sus linternas tácticas cortando la oscuridad absoluta. Detrás, Isidora y Lyra caminaban en silencio, con el corazón encogido por la señal de angustia que Lyra seguía percibiendo.
—El aire está saturado de residuos de energía de vacío —advirtió Mira desde el puente, su voz resonando en los cascos del equipo de tierra—. Tengan cuidado, esa radiación puede alterar los sensores biológicos.
Al doblar una esquina de roca negra, las luces de sus cascos iluminaron algo que no debería estar allí: una serie de cápsulas de cristal y cromo conectadas a la pared del asteroide por cables que latían con una luz violeta enferma.
—¡Isidora, mira! —gritó Vael, señalando la primera cápsula.
Dentro, un joven con el uniforme desgarrado de la Academia Aurora yacía suspendido en un líquido viscoso. No estaba muerto, pero sus ojos estaban abiertos y eran orbes grises, sin pupilas. Pequeños filamentos mecánicos le recorrían la piel, fusionándose con su sistema nervioso.
—Es el cadete Miller... de la Aurora III —susurró Lyra, acercando su mano al cristal. Al hacerlo, retrocedió horrorizada—. No queda nada de él. Sus pensamientos... son solo estática. Los Silentes no los están matando, los están reescribiendo.
—Es un proceso de conversión biotecnológica —explicó Aman-Kai a través del comunicador, analizando los datos que Isidora le enviaba—. Están usando energía de vacío para colapsar su identidad y sustituirla por una red de mando Silente. Los están convirtiendo en sus propios soldados.
De las sombras del laboratorio improvisado, una figura emergió lentamente. Llevaba una armadura Silente, pero su altura y su forma de caminar eran inconfundiblemente humanas. Se quitó el casco, revelando el rostro de la Capitana de la Aurora III, una heroína de la academia que todos admiraban. Pero sus ojos ya no tenían brillo; solo una frialdad mecánica.
—Ya no hay dolor en el silencio —dijo la capitana convertida, con una voz que sonaba como mil susurros a la vez—. Únanse a la frecuencia. Dejen de ser individuos. Sean la red.
—¡Atrás! —rugió Rhaegor, levantando su fusil de pulso—. ¡Vael, prepara los explosivos! ¡Tenemos que sacar a los que aún no han sido convertidos y destruir este lugar!
—No podemos dejarlos así —dijo Isidora, mirando las filas de cápsulas—. Si la Alianza se entera de que sus propios cadetes se están convirtiendo en el enemigo, la moral del Consorcio se desplomará. Esta es la verdad que Varkas quería ocultar.
De pronto, las cápsulas empezaron a abrirse. Los "convertidos" se deslizaron hacia el suelo, moviéndose con una coordinación antinatural, rodeando al equipo de la Aethelgard.
—¡Kael, Eryon, preparen el despegue de emergencia! —ordenó Isidora—. ¡Nos vamos de aquí con los supervivientes que podamos salvar, ahora!