I. EL SALÓN DE LAS DAMAS
Hacía tres semanas desde aquella noche de luna que había marcado el inicio de algo que ninguna de ellas podía aún definir. La primavera había llegado al reino de Aldermark con pies de terciopelo, envolviendo las murallas de piedra gris de la capital en un manto de flores silvestres que brotaban de cada grieta y cada macizo de tierra. Los jardines de los palacios —con sus fuentes de mármol blanco que cantaban con agua cristalina, sus setos tallados con la precisión de un artista y sus senderos empedrados que serpenteaban entre parres de rosa y sauces llorones— parecían haber despertado de un largo sueño invernal.
En el salón principal del Palacio de los Edelweiss, las cortinas de terciopelo borgoñón dejaban pasar rayos de sol dorado que iluminaban los tapices de lana que representaban batallas ancestrales y uniones reales. Sobre la mesa de caoba pulida descansaban tazas de porcelana fina, jarrones con ramos de peonías y claveles, y los últimos ejemplares de la revista de modas de la corte —un folleto que llegaba cada mes desde la ciudad costera de Marivent, donde los sastres más célebres del reino mostraban sus creaciones.
La señorita Margarita von Hartenstein se sentaba en un sillón tapizado en terciopelo verde oscuro, sus dedos largos y delicados jugando con el mango de su taza de té de manzanilla mientras escuchaba con una sonrisa forzada las conversaciones que la rodeaban. A sus dieciocho años, su belleza era ya legendaria en toda la nobleza de Aldermark: cabellos rubios como el trigo maduro, recogidos en un moño adornado con una cinta de encaje azul cielo; ojos del color del océano antes de la tormenta, con pestañas largas que parecían pintadas; y labios rosados que, aunque a menudo se mantenían cerrados en una línea seria, tenían la forma perfecta para sonreír.
—…y la tía de mi prometido me ha enviado este diseño desde Marivent —explicaba la condesa Beatriz de la Cruz, una joven de unos veinte años con cabellos oscuros recogidos en rizos complicados—. Mire, señorita Margarita, el escote es tan profundo como se permite en la corte real, y las mangas son de tul tan fino que se ven las venas de los brazos…
Margarita inclinó la cabeza para mirar el dibujo que la condesa le mostraba, aunque su mente estaba miles de kilómetros lejos. La tela debía ser hermosa, sin duda —sedas de colores vivos, bordados de perlas y hilos de oro— pero pensar en vestidos y fiestas solo aumentaba la opresión que sentía en el pecho desde que su padre, el duque Guillermo von Hartenstein, le había anunciado su compromiso con el príncipe Federico de Ostermark.
—Es realmente magnífico, condesa —dijo con voz suave, procurando no mostrar su aburrimiento—. Estoy segura de que lucirá divina en la próxima velada real.
—¡Claro que sí! —intervino la baronesa Amalia von Berg, una mujer mayor con ojos agudos que siempre parecían estar buscando algún detalle para criticar—. A diferencia de algunas personas, que prefieren vestirse como monjas aunque tengan todos los privilegios de la nobleza. ¿No es cierto, señorita Margarita?
La sonrisa de Margarita se congeló en los labios. Sabía que la baronesa se refería a ella —a sus vestidos de colores apagados, a sus mangas largas, a su rechazo por los adornos excesivos que la mayoría de las damas de su edad lucían con orgullo. Pero no podía explicarles que cada vez que se ponía una tela demasiado pesada o un collar que le apretaba el cuello, sentía como si estuviera siendo enterrada viva bajo las expectativas de su casa.
—Mi madre dice que la modestia es la virtud más importante de una dama —respondió con la calma que había aprendido a mantener desde niña—. Y además, prefiero que la gente me conozca por mi mente, no por mis vestidos.
La baronesa emitió un sonido que parecía una risa ahogada. —¡Mente! —exclamó—. Las señoritas de nuestra cuna no necesitan tener mente, querida Margarita. Necesitan tener buena salud para dar hijos, buenos modales para representar a su familia y una cara bonita para honrar el linaje de su esposo. Eso es todo.
Margarita sintió cómo la sangre le subía a las mejillas. Había escuchado esas palabras cientos de veces, pero nunca dejaban de doler. Su madre, la duquesa Elvira, se las repetía todas las mañanas mientras la ayudaba a vestirse; su tutor le las recordaba cada vez que ella preguntaba sobre política o historia; incluso los sirvientes de la casa las murmuraban cuando ella pasaba, como si fuera una niña caprichosa que no entendía su lugar en el mundo.
—Disculpenme, por favor —dijo, levantándose con la gracia que caracterizaba a las damas de la nobleza—. Creo que el aire fresco me vendrá bien. He estado sentada demasiado tiempo.
Las damas asintieron con indiferencia, volviendo inmediatamente a sus conversaciones sobre vestidos, pretendientes y fiestas. Margarita salió del salón con paso rápido, cruzando el vestíbulo donde los escudos de armas de la casa von Hartenstein brillaban en las paredes de piedra, y bajando las escaleras laterales que llevaban directamente al jardín.
II. LOS SETOS RETORCIDOS
El jardín de los Edelweiss era uno de los más grandes y admirados de todo Aldermark. Había sido diseñado por un arquitecto italiano hace más de cien años, y cada rincón guardaba una sorpresa: fuentes con estatuas de diosas antiguas, parres de uva que producían los mejores vinos del reino, invernaderos con flores exóticas que se cultivaban bajo cristales templados, y un laberinto de setos altos y densos que se extendía por más de dos hectáreas.
Margarita conocía cada sendero del laberinto como la palma de su mano. Desde niña, se había refugiado allí cuando las presiones de la nobleza se hacían demasiado pesadas, cuando sus padres la obligaban a asistir a tertulias aburridas o a practicar el baile durante horas seguidas. Había pasado incontables tardes bajo el roble centenario que se encontraba en el centro del laberinto, leyendo libros de poesía o simplemente mirando el cielo mientras los pájaros cantaban en sus ramas.
Caminaba por los senderos estrechos, donde los setos altos de boj bloqueaban la vista del resto del jardín y aislaban el sonido de las voces de las criadas que trabajaban en los macizos de flores. El aroma de la lavanda, el jazmín y las rosas llenaba el aire, y el sol calentaba su rostro después de la frialdad del salón. Se quitó los guantes de encaje que su madre le había obligado a usar, dejando que sus dedos tocaran la hierba suave y húmeda del suelo.
Al llegar al centro del laberinto, se detuvo de golpe. Debajo del roble centenario —cuyas ramas estaban cargadas de guirnaldas de flores silvestres amarillas y blancas— había alguien sentado en la hierba.
Era una mujer de unos veintidós años, vestida con una túnica de lana grisácea que se veía bien cuidada pero usada, y una falda de lino oscuro remendada en varias partes. Tenía los cabellos castaños como la miel tostada, recogidos en una coleta baja atada con una cinta de algodón azul marino, y sus manos hábiles estaban ocupadas cosiendo un pañuelo de lino blanco con bordados de lavanda —la flor que solían cultivar en los jardines de la Casa de Ravenswood, como Margarita recordaba haber escuchado hablar alguna vez.
La mujer alzó la vista cuando escuchó los pasos de Margarita, y sus ojos color avellana se encontraron con los de la joven noble. No había en ellos el temor o la deferencia que solían mostrar las personas de condición humilde cuando se encontraban con miembros de la nobleza, ni el desprecio que algunos sentían por aquellos que vivían en el lujo sin saber lo que era la dificultad. Solo había una calma profunda, como la de un lago en un día sin viento, y una inteligencia que brillaba a través de sus pestañas largas.
—Perdóneme —dijo Margarita, dispuesta a dar media vuelta y buscar otro rincón donde refugiarse. Nunca había encontrado a nadie más en su lugar secreto, y la sorpresa la había dejado sin palabras—. No sabía que alguien más conocía este lugar. Pensé que era mi secreto.
La mujer sonrió suavemente, dejando el pañuelo sobre su regazo y apoyándose en una mano para levantar la vista hacia ella. Su sonrisa era cálida, con los labios delgados pero bien formados, y en su rostro había unas arrugas finas alrededor de los ojos que parecían haber sido dibujadas por la risa y la preocupación a partes iguales.
—Los secretos tienen la costumbre de encontrarse unos a otros, creo —respondió con una voz suave como el susurro de las hojas en el viento—. Este jardín es grande enough para todos los que buscan un rincón de paz. No tengo intención de invadir su espacio, señorita. Puedo irme si usted lo prefiere.
Ella hizo movimiento de levantarse, pero Margarita extendió una mano para detenerla. —No, por favor, quédese —dijo, sorprendida por sí misma. Había hablado con una naturalidad que no solía mostrar con nadie más que con su nodriza, la única persona en la casa que realmente la entendía—. Yo soy la que debería disculparse por interrumpirle. Parecía muy concentrada en su trabajo.
La mujer volvió a sentarse, colocando el pañuelo sobre su regazo y pasando una mano por su coleta para ajustarla. —Es solo un trabajo de costura —dijo—. Hago esto para ganarme la vida. Los bordados son mi única habilidad que vale algo en este mundo.
Margarita se acercó con cautela, sentándose a su lado bajo el roble pero manteniendo una distancia respetuosa. El suelo estaba cubierto de hierba suave y flores silvestres, y el tronco del árbol era grueso y cálido al tacto. Se inclinó un poco para ver mejor el pañuelo que la mujer estaba bordando: los diseños de lavanda eran tan detallados que parecían reales, con cada pétalo dibujado con hilos de color morado y verde que parecían brillar bajo el sol.
—Es hermoso —dijo, sinceramente impresionada—. Nunca he visto bordados tan finos. Mi madre tiene costureras que trabajan en la casa desde hace años, pero ninguno de ellos tiene su habilidad.
La mujer sonrió de nuevo, aunque esta vez había un toque de tristeza en su mirada. —La costura es algo que aprendí de mi madre —explicó—. Ella me enseñó cuando era niña, diciéndome que una dama debía saber cuidar su vestuario y el de su familia. En aquellos tiempos, no lo hacía por necesidad, sino por placer.
Margarita frunció el ceño, mirándola con curiosidad. Había algo en la forma en que la mujer hablaba —en su porte, en la claridad de su voz, en la forma en que se mantenía sentada con la espalda recta— que no encajaba con la idea de una costurera común. Había algo de nobleza en ella, algo que recordaba a las damas de la corte aunque estuviera vestida con ropas sencillas.
—Usted habla de damas y familias como si… —comenzó Margarita, luego se detuvo, no queriendo ser indiscreta. En el mundo de la nobleza, la curiosidad sobre la vida ajena era considerada una falta de educación grave.
—Como si yo también hubiera pertenecido a ese mundo? —terminó la mujer por ella, con una sonrisa que ahora sí mostraba tristeza—. Es normal que se dé cuenta. Soy Elisabeth de la Casa de Ravenswood. Mi familia fue una de las más prominentes de Aldermark hasta hace unos tres años, cuando mi padre fue traicionado por su socio en un negocio de comercio marítimo. Perdimos todo: nuestras tierras, nuestro palacio, nuestras pertenencias. Mi padre murió poco después de que nos echaran a la calle, y mi madre se fue a vivir con unos parientes en el norte del reino. Yo me quedé aquí, tratando de sobrevivir con lo poco que sé hacer.
Margarita se quedó muda. Había escuchado hablar de la caída de la Casa de Ravenswood —era uno de los escándalos más grandes de los últimos años, y los nobles la mencionaban a menudo como un ejemplo de lo que podía pasar cuando se cometían errores financieros o se confiaba en personas deshonestas. Pero nunca había imaginado que alguna vez encontraría a uno de sus miembros, mucho menos en su jardín secreto.
—Lo siento mucho —dijo después de un rato, buscando las palabras adecuadas. No sabía qué decir: la pena por la desgracia de la familia, la sorpresa de encontrarla allí, la extraña sensación de conexión que empezaba a sentir por esta mujer que había perdido todo lo que ella aún tenía—. Debió ser muy difícil para usted.
Elisabeth asintió, mirando el pañuelo en su regazo sin realmente verlo. —Fue como si el suelo se desplomara bajo mis pies —explicó—. Un día, estaba organizando una velada en nuestro palacio, el siguiente, estaba recogiendo mis cosas en una maleta pequeña mientras los alguaciles se llevaban nuestros muebles y nuestras obras de arte. Perdí todos mis amigos, todos los planes que había hecho para mi vida. Perdí mi lugar en el mundo.
Ella levantó la vista hacia Margarita, y sus ojos avellana encontraron los ojos azules de la joven noble. —Y usted —dijo con una sonrisa suave—. Usted tiene todo lo que yo perdí: un palacio, una familia poderosa, el respeto de todos. Y sin embargo, hay algo en sus ojos que me dice que no es suficiente. Hay una tristeza allí que parece no pertenecer a alguien con toda la fortuna del mundo.
Margarita sintió cómo se le calentaban las mejillas. Nunca nadie había adivinado lo que llevaba dentro, ni siquiera su nodriza, a quien confiaba sus pensamientos más íntimos. Había aprendido a ocultar sus sentimientos bajo una máscara de sonrisas y deferencia, a actuar como se esperaba de una señorita de la nobleza aunque cada día se sintiera más atrapada en un mundo que no era suyo.
—Soy prometida al príncipe Federico de Ostermark —dijo, sorprendida de estar hablando de esto con una desconocida. Pero algo en Elisabeth la hacía sentir segura, como si pudiera decirle todo sin ser juzgada—. Mi padre lo decidió hace seis meses, para fortalecer la alianza entre nuestro reino y el de Ostermark. No he visto al príncipe más de dos veces en mi vida, y cuando está cerca, solo habla de tierras, ejércitos y tratados comerciales. No me ha preguntado nunca cómo me siento, o qué quiero para mi vida.
Ella se inclinó hacia adelante, apoyando sus codos en sus rodillas y mirando la hierba bajo sus pies. —Todos creen que soy afortunada —continuó—. Que tener un pretendiente tan poderoso es el mayor regalo que la suerte puede darle a una mujer. Pero a veces siento como si estuviera siendo vendida como una mercancía, como si mi única razón de ser fuera unirme a otra casa noble para fortalecer los lazos políticos de mi familia. No puedo elegir quién amo, no puedo elegir qué hacer con mi vida, no puedo ni siquiera elegir qué vestirme sin que me digan si es apropiado o no.
Elisabeth la miró en silencio por un rato, luego extendió una mano y la colocó sobre la de Margarita. Su mano era cálida y fuerte, con dedos un poco ásperos por el trabajo de costura, y el tacto hizo que Margarita sintiera un escalofrío que recorría su cuerpo desde las puntas de los dedos hasta el pecho.
—No es justo —dijo Elisabeth con voz suave pero firme—. Nadie debería tener que vivir una vida que no es la suya, por más privilegios que venga con ella. El amor, la libertad, el derecho a decidir quiénes somos y quiénes queremos ser —continuó Elisabeth, apretando suavemente la mano de Margarita—. Esos son los tesoros verdaderos, los únicos que nadie puede quitarte si no se los permites.
Margarita sintió cómo las lágrimas empezaban a formar en los bordes de sus ojos. Había pasado tantos años guardando sus sentimientos para sí misma, tratando de ser la dama perfecta que todos esperaban que fuera, que escuchar esas palabras de alguien que realmente la entendía era como recibir un alivio que no sabía que necesitaba.
—Pero ¿qué puedo hacer? —preguntó, con la voz un poco rota—. Soy una mujer, y una noble además. Mi vida no me pertenece, pertenece a mi familia, a mi casa, a mi reino. Si me atreviera a desafiar sus deseos, traería deshonra sobre todos nosotros. Mi padre perdería su posición, mi madre su reputación, y quizás incluso pondríamos en peligro la alianza con Ostermark. No puedo ser tan egoísta.
Elisabeth retiró su mano lentamente, como si supiera que el contacto había sido demasiado intenso para una primera reunión. Se inclinó para recoger una flor silvestre amarilla del suelo, girándola entre sus dedos mientras pensaba en su respuesta.
—No creo que sea egoísta querer ser feliz —dijo finalmente—. Creo que es lo más humano del mundo. Pero entiendo tus miedos. He visto lo que puede hacer la nobleza cuando alguien se atreve a salir de la línea marcada. Mi propia familia fue destruida por un escándalo, y aunque fue por motivos diferentes, sé bien cómo se siente ser juzgado y rechazado por todos los que alguna vez conociste.
Miró a Margarita a los ojos, y en su mirada había una determinación que la joven noble no había visto antes. —Pero también sé que la vida es demasiado corta para pasarla viviendo para los demás. Quizás no puedas cambiar las reglas del mundo de la noche a la mañana, pero puedes encontrar maneras de vivir de acuerdo con tu propio corazón. Incluso en los rincones más oscuros, siempre hay un rayo de luz que se cuela a través de las grietas.
En ese momento, se oyó un sonido de pasos apresurados en el sendero del laberinto, seguido de una voz familiar que llamaba: —Señorita Margarita! ¿Dónde está usted?
Margarita se sobresaltó, apartándose de Elisabeth como si alguien hubiera descubierto un secreto terrible. Reconoció la voz de Marta, su doncella personal, una mujer mayor que la había cuidado desde que era pequeña y que siempre estaba atenta a cada movimiento que hacía.
—Debo irme —dijo rápidamente, levantándose y ajustándose la falda con las manos temblorosas—. Marta me buscará por todos lados si no aparezco pronto.
Elisabeth también se levantó, doblando cuidadosamente el pañuelo bordado y guardándolo en el bolsillo de su túnica. —Entiendo —dijo con una sonrisa tranquila—. No quiero causarte problemas.
Margarita se quedó de pie frente a ella, no sabiendo qué decir. Quería preguntarle si volvería a verla, si podían encontrarse de nuevo en ese mismo lugar, pero los miedos y las convenciones de su mundo le impedían pronunciar las palabras.
—El pañuelo... —comenzó, luego se detuvo, buscando la manera correcta de expresarse—. Es realmente hermoso. ¿Podría...? ¿Sería posible que me lo hiciera uno? Estoy dispuesta a pagar lo que sea necesario.
Elisabeth sonrió de nuevo, y esta vez su mirada estaba llena de complicidad. —Claro que sí, señorita —dijo—. Podría hacerle uno con los bordados que más le gusten. Quizás podamos acordar los detalles la próxima vez que nos encontremos. Aquí, si usted lo desea. Al mismo tiempo, dentro de tres días.
Margarita asintió con la cabeza, sintiendo cómo su corazón latía con esperanza. —Tres días —repitió en voz baja—. A la misma hora. Gracias, Elisabeth. De verdad.
Antes de que pudiera decir más, la voz de Marta se acercaba cada vez más: —Señorita Margarita! Por favor, responda. La duquesa está buscándola para prepararse para la visita del embajador de Marivent.
Margarita miró a Elisabeth una vez más, luego dio media vuelta y se dirigió hacia el sendero por donde venía la voz de su doncella. Al llegar a la salida del laberinto, se detuvo y miró hacia atrás, pero Elisabeth ya se había ido, dejando solo el aroma de lavanda en el aire y la sensación cálida de su mano en la suya.