Ecos De Un Amor Prohibido

EL PROTOCOLO Y EL DESEO

I. LA VELADA REAL
Cinco días habían pasado desde su última reunión en el jardín. La primavera había alcanzado su apogeo en Aldermark, y la capital se preparaba para la velada anual en el Palacio Real —el evento más importante del calendario aristocrático, al que asistían todos los nobles más poderosos del reino, junto con embajadores y miembros de casas reales vecinas.
En sus cuartos del Palacio de los Edelweiss, Margarita se encontraba sentada frente a su tocador dorado mientras Marta, su doncella, ajustaba los últimos detalles de su peinado. Sobre su cabeza, el tocado de plumas y flores silvestres que su madre había encargado especialmente para la ocasión brillaba bajo la luz de las lámparas de aceite. El vestido que llevaba era de seda azul real, con mangas de tul fino que dejaban ver sus brazos, y bordados de perlas y hilos de plata que parecían brillar como las estrellas cuando se movía.
—Se ve usted simplemente radiante, señorita —dijo Marta con una sonrisa, pasando el último peine por sus cabellos rubios—. El príncipe Federico no podrá apartar los ojos de usted esta noche.
Margarita forzó una sonrisa mientras miraba su reflejo en el espejo. Sabía que lucía como una verdadera dama de la nobleza —su madre se aseguraría de que no faltara ningún detalle— pero dentro de ella solo sentía una opresión cada vez mayor. Pensaba en Elisabeth, en la sencillez de su vestuario de lino y en la calma que irradiaba simplemente al estar en su presencia.
—El príncipe Federico solo verá mi título y mis tierras, Marta —dijo en voz baja, para que nadie más la oyera—. No verá quién soy realmente.
Marta frunció el ceño, colocando el tocado sobre la cabeza de Margarita con cuidado. —Usted es la señorita von Hartenstein, hija del duque más poderoso de Aldermark —respondió con la firmeza que siempre mostraba cuando se trataba de deberes nobles—. Ese es quién es usted, y no hay nada más importante que eso.
Margarita no respondió. Sabía que Marta la quería, que la había cuidado con dedicación durante años, pero nunca entendería la sensación de estar atrapada en una vida que no era la suya. Guardó el pañuelo bordado por Elisabeth en el bolsillo interior de su vestido, donde podía sentir su suavidad contra su piel cada vez que se movía. Ese era su secreto, su pequeño pedazo de libertad en medio del mundo de reglas y convenciones que la rodeaba.
Unos momentos después, la voz de la duquesa Elvira se hizo escuchar desde la puerta de los cuartos: —Margarita, ¿estás lista? El carruaje nos espera. El príncipe Federico llegará en cualquier momento, y debemos estar presentes para recibirlo.
Margarita se levantó con la gracia que caracterizaba a las damas de su cuna, ajustándose la falda con las manos. —Estoy lista, madre —respondió, siguiéndola hacia la entrada del palacio.
El Palacio Real se alzaba en el centro de la capital, una imponente construcción de piedra blanca con torres góticas que se perdían en el cielo. Las calles que llevaban hasta él estaban decoradas con faroles de colores y guirnaldas de flores, y la multitud se había congregado en las aceras para ver pasar a los nobles vestidos con sus mejores galas.
Al llegar al palacio, Margarita fue recibida por el propio rey Carlos III y la reina Isabel, quienes la saludaron con una reverencia y un gesto amable. El salón principal del palacio era aún más majestuoso de lo que recordaba: techos altísimos cubiertos de frescos que representaban escenas de la historia de Aldermark, paredes cubiertas de tapices de lana y oro, y candelabros de bronce que iluminaban el espacio con una luz cálida y dorada.
La música de una orquesta de cuerdas llenaba el aire, y los nobles bailaban en el centro del salón mientras otros se reunían en grupos alrededor de mesas cargadas de comidas y bebidas exquisitas. Margarita escaneó la multitud con la mirada, buscando alguna señal de Elisabeth. Había rogado a la señora Ana —jefa de la casa de costura donde trabajaba Elisabeth— que la ayudara a conseguir un puesto como ayudante en la velada, y aunque no estaba segura de si habría conseguido hacerlo, seguía esperando con la esperanza de verla.
—Señorita Margarita —dijo una voz detrás de ella, haciendo que se girara de golpe. El príncipe Federico de Ostermark se encontraba allí, vestido con un traje de terciopelo negro adornado con medallas y franjas de oro. Tenía cabellos rubios cortados a la milanesa y ojos azules claros que miraban a Margarita con una expresión que parecía más de satisfacción que de afecto—. Es un placer volver a verla. Lucirá deslumbrante esta noche.
—Gracias, príncipe —respondió Margarita con una reverencia perfecta—. Usted también luce muy bien.
El príncipe extendió su mano hacia ella con un gesto formal. —Me gustaría invitarla a bailar el primer vals —dijo—. Es un honor que corresponde al pretendiente de la dama más hermosa de la corte.
Margarita aceptó su mano, permitiendo que la llevara al centro del salón. Mientras bailaban, moviéndose al compás de la música con la gracia que había practicado durante años, su mente seguía buscando a Elisabeth entre la multitud. El príncipe hablaba de los planes para su boda, de las tierras que se unirían con su matrimonio, de los hijos que esperaban tener para fortalecer la alianza entre los dos reinos. Margarita escuchaba con atención, respondiendo con las palabras adecuadas cada vez que era necesario, pero su corazón estaba en otro lugar.
Justo cuando empezaba a perder la esperanza de verla, su mirada se posó en un rincón de la sala donde unas mesas estaban cargadas de copas de champán y bandejas con dulces. Allí, entre varias criadas vestidas de uniforme negro, se encontraba Elisabeth. Llevaba una blusa de lino blanco y una falda negra sencilla, y aunque estaba vestida como una sirvienta, su porte seguía siendo el de una noble: espalda recta, movimientos precisos y una mirada que parecía ver más allá de la superficie de las cosas.
Cuando sus ojos se encontraron a través de la sala llena de nobles, Margarita sintió un escalofrío que recorría su cuerpo desde la punta de los pies hasta el pecho. Elisabeth le dirigió una sonrisa casi imperceptible, un gesto secreto que solo ella podía entender, antes de volver a dedicarse a repartir las copas de champán entre los invitados.
—¿Está bien, señorita? —preguntó el príncipe Federico, notando cómo Margarita se había tensado en sus brazos—. Parece un poco pálida. ¿Le falta el aire?
—Estoy bien, gracias —respondió Margarita con una sonrisa forzada, volviendo a centrarse en el baile—. Solo es que el salón está un poco caluroso.
El príncipe asintió, llevándola en un giro elegante por el suelo de madera pulida. —Claro que sí —dijo—. Los palacios reales nunca están bien ventilados, por desgracia. Cuando nos casemos, prometemos hacer las modificaciones necesarias en el Palacio de Ostermark para que usted se sienta cómoda.
Margarita asintió, aunque la idea de vivir en el Palacio de Ostermark le parecía cada vez más aterradora. Pensaba en el jardín de los Edelweiss, en el roble centenario, en las conversaciones que compartía con Elisabeth. Ese era el único lugar donde se sentía verdaderamente cómoda, el único lugar donde podía ser ella misma.
II. EL BALCÓN DE LAS ESTRELLAS
Al final del vals, el príncipe Federico la condujo hasta una mesa donde estaban sentados el duque Guillermo y la duquesa Elvira, junto con otros miembros de la nobleza más poderosa del reino. Margarita se sentó entre sus padres, sonriendo y saludando a los invitados con la educación que le habían enseñado, pero su mente seguía en el rincón de la sala donde se encontraba Elisabeth.
Después de unos minutos, se disculpó con una excusa sobre necesitar aire fresco y se levantó de la mesa. El príncipe Federico intentó acompañarla, pero ella se negó con una sonrisa firme: —Gracias por su preocupación, príncipe, pero prefiero ir sola. Solo necesito un momento para recobrar fuerzas.
El príncipe asintió con resignación, volviendo a sus conversaciones sobre política y comercio. Margarita se dirigió hacia la salida del salón principal, cruzando un pasillo de piedra donde las paredes estaban decoradas con retratos de reyes y reinas de Aldermark, hasta llegar a las puertas de cristal que llevaban al balcón principal del palacio.
El aire de la noche era fresco y limpio, cargado del aroma de las flores que se cultivaban en los jardines del palacio. El cielo estaba cubierto de estrellas brillantes que parecían tan cerca que podría tocarlas si extendiera la mano. Margarita apoyó sus manos en el barandal de piedra fría, cerrando los ojos y respirando hondo para intentar calmar el torbellino de emociones que sentía en su interior.
Unos momentos después, escuchó cómo se abrían las puertas de cristal de forma suave, seguida de los pasos silenciosos de alguien que se acercaba a ella.
—Señorita —dijo una voz familiar en voz baja—. Espero no molestar.
Margarita se giró de golpe, encontrándose frente a Elisabeth. Estaba sin la blusa de uniforme que llevaba antes, y su cabello castaño estaba suelto sobre sus hombros, iluminado por la luz de la luna que se colaba entre las torres del palacio.
—Elisabeth —dijo Margarita con alivio, sintiendo cómo su corazón latía con fuerza—. No, claro que no me molestas. Estaba esperando verte.
Elisabeth se acercó hasta el barandal, colocándose a su lado pero manteniendo una distancia respetuosa. —La señora Ana me consiguió el puesto de ayudante —explicó con una sonrisa—. Dijo que necesitaban gente de confianza para atender a los invitados más importantes. Pero la verdad es que vine aquí esperando poder verte.
Margarita asintió, mirando las estrellas mientras hablaba. —He estado pensando en ti todo el día —dijo, sin querer ocultar sus sentimientos—. En cómo me haces sentir cuando estamos juntas, en cómo puedo ser yo misma sin tener que fingir nada. Nunca he sentido nada igual en mi vida.
Elisabeth se giró para mirarla, y en su mirada había una mezcla de emociones que Margarita no podía identificar completamente: esperanza, miedo, deseo, tristeza. —Yo también he estado pensando en ti —dijo en voz baja—. En cómo cambiaste mi vida desde el momento en que te vi en el jardín. Nunca creí que volvería a sentir algo por alguien, después de todo lo que pasé, pero contigo… contigo es diferente.
Margarita se giró hacia ella, acercándose hasta que sus cuerpos casi tocaban. Podía sentir el calor de la piel de Elisabeth, podía oler el aroma de lavanda que siempre llevaba consigo, podía ver los destellos de las estrellas en sus ojos color avellana.
—Quiero estar contigo —dijo Margarita con determinación, sin importar las consecuencias que pudiera tener—. No me importa lo que digan los demás, no me importa el protocolo o las tradiciones. Quiero vivir mi vida con la persona que amo, y esa persona eres tú.
Elisabeth cerró los ojos por un momento, como si estuviera absorbiendo cada palabra que salía de los labios de Margarita. Luego, abrió los ojos y extendió una mano para tocar su rostro con suavidad, acariciando su mejilla con el dorso de sus dedos.
—También quiero estar contigo —dijo, con la voz un poco rota por la emoción—. Más de lo que puedo decir con palabras. Pero tienes que entender lo peligroso que sería para ti si alguien descubriera nuestras sentimientos. Eres una noble, prometida a un príncipe. Si se enteran de que amas a una mujer, a una mujer que ha caído en desgracia además, traerás deshonra sobre tu familia y tu casa. No puedo permitir que eso pase.
Margarita cogió su mano entre las suyas, apretándola con fuerza. —No me importa el deshonor —respondió—. Me importas tú. Me importa que podamos ser felices, aunque tengamos que hacerlo en secreto. Podemos encontrarnos en el jardín, como hemos estado haciendo. Podemos tener nuestros momentos juntos, nuestros secretos compartidos. Eso es más que suficiente para mí.
Elisabeth la miró en silencio por un rato, luego inclinó su cabeza y acercó sus labios a los de Margarita. El beso fue suave y dulce, como la primera flor de la primavera, y llenó a Margarita de una sensación de calidez y plenitud que nunca había experimentado antes. Cuando finalmente se separaron, seguían mirándose a los ojos, con las manos aún entrelazadas sobre el barandal del balcón.
—Lo haré —dijo Elisabeth con determinación—. Nos encontraremos en el jardín cada vez que podamos. Guardaremos nuestro amor como un tesoro secreto, protegido de los ojos del mundo. Aunque sea difícil, aunque tengamos que enfrentarnos a muchas adversidades, valdrá la pena porque tendremos el uno al otro.
Margarita sonrió, sentándose en el borde del barandal y haciendo un gesto para que Elisabeth hiciera lo mismo. Juntas, miraron las estrellas mientras la música de la velada llegaba hasta ellas de forma suave y distante. Habían tomado una decisión que cambiaría sus vidas para siempre, una decisión que enfrentaría a toda la nobleza de Aldermark y a todos los cánones impuestos por siglos de tradiciones. Pero en ese momento, bajo el cielo estrellado y con sus manos entrelazadas, no había nada más importante que el amor que sentían la una por la otra.
III. EL PRIMER SUSPICIO
Más tarde esa noche, cuando la velada llegaba a su fin y los invitados comenzaban a retirarse, Margarita y Elisabeth se despidieron con un último vistazo y un gesto secreto. Margarita regresó al salón principal, donde su madre la esperaba con una expresión seria en el rostro.
—Margarita, necesito hablar contigo —dijo la duquesa Elvira, llevándola hasta un rincón apartado de la sala donde nadie pudiera escucharlos—. He estado observándote esta noche, y he notado que has estado distraída. Además, vi que estabas en el balcón con una de las criadas.
Margarita sintió cómo se le helaba la sangre en las venas. —Era solo una criada que me estaba ayudando con mi tocado, madre —respondió con la mayor calma que pudo mostrar—. Se había desajustado, y ella me ayudó a volver a colocarlo.
La duquesa la miró con ojos agudos, como si estuviera tratando de leer su mente. —Espero que así sea —dijo con firmeza—. Las señoritas de nuestra cuna no deben relacionarse con las criadas de forma demasiado cercana. Puede llevar a malentendidos, y malentendidos pueden arruinar reputaciones enteras.
Margarita asintió, bajando la cabeza para evitar la mirada de su madre. —Entiendo, madre —respondió—. No volverá a pasar.
La duquesa asintió con satisfacción, colocando una mano sobre el hombro de Margarita con un gesto maternal. —Buena niña —dijo—. Ahora, debemos irnos. Mañana tendremos una reunión con el embajador de Ostermark para hablar de los detalles finales de tu boda. Es importante que descanses bien.
Margarita siguió a su madre hacia la salida del palacio, pero su mente estaba en Elisabeth. Sabía que su madre había empezado a sospechar algo, y sabía que tendrían que ser más cuidadosos en el futuro. Pero también sabía que su amor era más fuerte que cualquier regla o tradición, y que estarían dispuestas a enfrentarse a cualquier adversidad para poder estar juntas.
En el camino de regreso al Palacio de los Edelweiss, Margarita apoyó la cabeza contra la ventana del carruaje y miró las estrellas que brillaban en el cielo. Pensaba en Elisabeth, en su sonrisa, en su voz, en la forma en que sus manos se sentían en las suyas. Sabía que el camino que habían emprendido no sería fácil, que tendrían que luchar contra el mundo que los rodeaba, pero estaba dispuesta a hacer lo que fuera necesario por el amor que sentía.
Cuando llegaron al Palacio de los Edelweiss, Margarita se despidió de sus padres y subió a sus cuartos, donde Marta la esperaba para ayudarla a quitarse el vestido de gala. Mientras la doncella desataba los lazos de su corsé y quitaba el tocado de plumas de su cabeza, Margarita sacó el pañuelo bordado por Elisabeth del bolsillo de su vestido, acariciándolo con los dedos mientras recordaba el beso que habían compartido en el balcón.
—¿Es algo importante, señorita? —preguntó Marta, notando cómo Margarita se aferraba al pañuelo con fuerza.
—Solo un recuerdo —respondió Margarita con una sonrisa suave—. De alguien que me ha enseñado mucho sobre la vida.
Marta asintió, aunque su expresión mostraba que no estaba del todo convencida. Terminó de ayudarla a vestirse con un camisón de algodón blanco y luego se retiró, dejándola sola en sus cuartos. Margarita se acostó en la cama, colocando el pañuelo bajo su almohada donde podría sentir su aroma mientras dormía. Por primera vez en mucho tiempo, cerró los ojos con una sonrisa en los labios, segura de que había encontrado algo verdaderamente valioso en su vida.
IV. LOS RUMORES DE LA CORTE
Al día siguiente, Margarita se despertó con el sol que colaba a través de las cortinas de seda de sus cuartos. Se levantó temprano, vestirse con una túnica de lino azul claro y saliendo hacia el jardín antes de que las demás damas de la corte se levantaran. Quería ir al laberinto, quería pensar en Elisabeth en el lugar donde habían compartido sus primeras conversaciones, donde habían descubierto que no estaban solas en el mundo.
Al llegar al centro del laberinto, encontró una sorpresa: sobre la hierba bajo el roble centenario había un ramo de lavanda y rosas silvestres, atado con una cinta de algodón azul marino. Margarita se agachó para recogerlo, oliendo el aroma familiar que la llenó de emoción. Sabía que era de Elisabeth —había dejado el ramo allí para ella, una señal de que también pensaba en ella, una promesa de que volverían a encontrarse.
Guardó el ramo con cuidado en el bolsillo de su túnica y se sentó bajo el roble, cerrando los ojos y imaginando que Elisabeth estaba allí con ella. Pasó una hora así, hasta que escuchó los pasos de alguien que se acercaba por el sendero del laberinto.
—Margarita —dijo la condesa Clarissa, su amiga de la infancia, apareciendo en el centro del laberinto con una expresión seria en el rostro—. He estado buscándote por todos lados. Hay rumores que circulan por la corte, y creo que debes saberlos.
Margarita se levantó de la hierba, ajustándose la túnica con las manos. —¿Qué rumores? —preguntó con preocupación.
La condesa Clarissa se acercó hasta ella, mirándola con ojos llenos de compasión. —Hablan de ti y de una mujer que se vio contigo en el balcón anoche —explicó en voz baja—. Algunos dicen que es una criada del palacio real, otros que es una mujer de la gente que has conocido en la ciudad. Ya sea como sea, los rumores no son buenos. Dicen que te has estado relacionando con personas por debajo de tu posición social, que estás olvidando tus deberes como noble.
Margarita sintió cómo se le calentaban las mejillas de ira y vergüenza. —Esos rumores son falsos —dijo con firmeza—. Solo estaba hablando con una criada que me estaba ayudando. Nada más.
La condesa Clarissa asintió, aunque su expresión mostraba que no estaba del todo segura. —Yo sé que eres una buena persona, Margarita —dijo—. Pero la corte es un lugar cruel, y los rumores pueden arruinar una reputación en cuestión de horas. Debes tener cuidado. Tu madre y tu padre ya están preocupados por ti, y el príncipe Federico no tardará en enterarse si los rumores siguen creciendo.
Margarita agradeció a su amiga por la advertencia, prometiéndole que sería más cuidadosa en el futuro. Cuando la condesa Clarissa se fue, se quedó sola bajo el roble centenario, pensando en lo que había dicho. Sabía que los rumores eran peligrosos, que podrían poner en peligro su relación con Elisabeth si alguien descubría la verdad. Pero también sabía que no estaba dispuesta a dejar de verla, a dejar de sentir la felicidad que la llenaba cada vez que estaban juntas.
Ese mismo día, Elisabeth llegó a la casa de costura donde trabajaba para encontrar a la señora Ana esperándola con una expresión seria en el rostro. —Elisabeth —dijo la mujer, llevándola hasta un rincón apartado de la tienda—. He oído hablar de los rumores que circulan por la corte sobre la señorita Margarita. Dicen que estuvo con una mujer desconocida en el balcón de la velada real.
Elisabeth sintió cómo se le apretaba el corazón. —No sé de qué está hablando, señora Ana —respondió con la mayor calma que pudo mostrar.
La señora Ana la miró con ojos que mostraban que sabía la verdad. —Yo te conocí cuando eras una niña, Elisabeth de la Casa de Ravenswood —dijo con voz suave—. Sé que eres una mujer de buen corazón, y sé que lo que sientes por la señorita Margarita es real. Pero tienes que entender lo peligroso que es lo que estás haciendo. Si alguien descubre vuestra relación, ella perderá todo lo que tiene, y tú… tú podrías ser castigada por atentar contra la honra de una noble.
Elisabeth bajó la cabeza, sintiendo cómo las lágrimas empezaban a formar en los bordes de sus ojos. —Lo sé —dijo en voz baja—. Pero no puedo dejar de verla. Ella me hace sentir viva de nuevo, después de años de vivir como una sombra. No puedo dejarla ir.
La señora Ana colocó una mano sobre su hombro con un gesto maternal. —Yo entiendo, hija —dijo—. He vivido suficiente para saber que el amor es una cosa poderosa, incluso cuando está prohibido. Pero tienes que ser más cuidadosos. No puedes volver a aparecer en eventos de la corte, no puedes ser vista con ella en público. Si quieren seguir viéndose, tendrán que hacerlo en secreto, más que nunca.
Elisabeth asintió, agradeciendo a la señora Ana por su comprensión y su ayuda. Sabía que tenía razón, que tenían que ser más cuidadosos si querían proteger su amor y a sí mismas. Esa noche, cuando la oscuridad cubrió la ciudad, se acercó al Palacio de los Edelweiss hasta el muro que daba al jardín, esperando a que Margarita apareciera para poder hablar con ella.
Al cabo de unos minutos, vio cómo la joven noble se asomaba por encima del muro, con los ojos brillantes de emoción. —Elisabeth —dijo Margarita con alegría, bajándose hasta el suelo del otro lado con la ayuda de una escalera que había colocado allí previamente—. He estado esperándote.
Elisabeth la abrazó con fuerza, sintiendo cómo su cuerpo temblaba contra el suyo. —He oído hablar de los rumores —dijo en voz baja, acariciando su cabello rubio—. Tenemos que ser más cuidadosos, Margarita. No podemos correr el riesgo de que alguien descubra nuestra relación.
Margarita asintió, colocando la cabeza sobre su hombro. —Lo sé —respondió—. Mi amiga Clarissa me lo ha advertido también. Pero no voy a dejar de verte, Elisabeth. No importa lo que pase, no voy a dejar que nadie nos separe.
Elisabeth la separó suavemente, mirándola a los ojos con una expresión seria. —Yo tampoco voy a dejarte ir —dijo con determinación—. Pero tendremos que cambiar la forma en que nos encontramos. No podemos seguir viéndonos en el jardín del palacio, demasiado mundo sabe que es tu lugar secreto. Podemos encontrarnos en el bosque que está a las afueras de la ciudad, o en la vieja iglesia abandonada que queda cerca del río. Lugares donde nadie nos encontrará.
Margarita asintió, cogiendo su mano entre las suyas. —Cualquier lugar está bien conmigo —dijo—. Siempre que pueda estar contigo.
Elisabeth sonrió, inclinándose para besarla suavemente en los labios. —Entonces nos encontraremos mañana al atardecer en el bosque del norte —dijo—. Allí hay un claro cubierto de flores silvestres donde podemos estar solas, donde nadie nos molestará.
Margarita prometió estar allí, abrazándola una vez más antes de volver a subir por la escalera hasta el jardín del palacio. Mientras se alejaba, Elisabeth se quedó de pie junto al muro, mirando la luz de la luna que se reflejaba en las ventanas del palacio. Sabía que el camino que habían emprendido sería lleno de dificultades y peligros, pero también sabía que tenían algo que valía la pena luchar por él: un amor verdadero, un amor que les daba fuerza para enfrentarse a cualquier adversidad.
V. EL CLARO DE FLORES
Al día siguiente, Margarita esperó con impaciencia hasta que la tarde avanzara lo suficiente como para poder escapar del palacio sin ser vista. Se vistió con una túnica de lino marrón oscuro y unas botas de cuero resistente, ocultando su belleza noble bajo ropas sencillas que la harían pasar desapercibida en la ciudad.
Salió del palacio por una puerta lateral que llevaba directamente a las calles de la capital, caminando por los callejones estrechos y empedrados hasta llegar a la entrada del bosque del norte. El sol estaba empezando a ponerse, bañando los árboles de un color dorado que hacía que parecieran estar hechos de oro. Margarita siguió el sendero que llevaba al claro de flores, sintiendo cómo su corazón latía con fuerza en su pecho cada vez que se acercaba más.
Cuando llegó al claro, encontró a Elisabeth esperándola bajo un árbol de haya centenario. Llevaba una túnica de lino verde oscuro y sus cabellos castaños estaban sueltos sobre sus hombros, iluminados por la luz del sol poniente. Junto a ella había tendido una manta de lana sobre el suelo, con una cesta que contenía pan casero, queso, manzanas y una botella de vino tinto.
—Te he preparado una comida —dijo Elisabeth con una sonrisa cuando la vio acercarse—. Quería hacer algo especial para ti, para celebrar que podemos estar juntas aunque sea en secreto.
Margarita se abrazó a ella con fuerza, besándola en los labios con una pasión que había estado guardando dentro de sí todo el día. —Es perfecto —dijo con emoción—. Todo lo que haces es perfecto.
Se sentaron sobre la manta de lana, compartiendo la comida mientras el sol se ponía lentamente detrás de los árboles, pintando el cielo de colores intensos. Hablaron de sus sueños, de cómo les gustaría vivir juntos algún día en un lugar donde pudieran ser libres de amar sin miedo, de cómo les gustaría tener una casa con un jardín lleno de lavanda y rosas, de cómo les gustaría poder caminar por las calles de la ciudad de la mano sin tener que esconderse.
—Sé que es solo un sueño —dijo Elisabeth con tristeza, mirando las flores silvestres que cubrían el suelo del claro—. Pero es un sueño que me ayuda a seguir adelante, a enfrentarme a cada día con esperanza.
Margarita cogió su mano entre las suyas, apretándola con fuerza. —No es solo un sueño —respondió con determinación—. Algún día, encontraremos la forma de hacer que se haga realidad. Algún día, el mundo entenderá que el amor no tiene género, que el amor no debe estar limitado por la posición social o las tradiciones. Algún día, podremos estar juntos sin tener que escondernos.
Elisabeth la miró en silencio por un rato, luego sonrió y le dio un beso en la frente. —Te quiero, Margarita von Hartenstein —dijo con una voz llena de emoción—. Te quiero más de lo que las palabras pueden expresar, y haré lo que sea necesario para estar contigo, ahora y siempre.
—Yo también te quiero, Elisabeth de la Casa de Ravenswood —respondió Margarita, besándola con una pasión que mostraba todo lo que sentía—. Más que nada en el mundo.
Mientras la oscuridad cubría el bosque y las primeras estrellas comenzaban a brillar en el cielo, se abrazaron bajo el árbol de haya centenario, sintiendo que su amor era lo único que importaba, lo único que les daba fuerza para enfrentarse a un mundo que todavía no estaba listo para aceptarlos. Sabían que el camino que tenían por delante sería largo y difícil, pero también sabían que estaban dispuestas a caminarlo juntas, mano en mano, hasta encontrar el lugar donde pudieran ser libres de amar sin miedo.
[Fin del Capítulo 2 ]



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En el texto hay: historico, lgbt lesbian, lgbt+

Editado: 02.06.2026

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