Una semana después de su encuentro en el bosque, el sol brillaba con fuerza sobre el Palacio de los Edelweiss. En el salón principal, los muebles de caoba pulida habían sido colocados con esmero, los tapices habían sido batidos para eliminar el polvo, y los jarrones estaban llenos de las flores más frescas del jardín. Hoy el príncipe Federico de Ostermark haría una visita oficial a la casa von Hartenstein para discutir los últimos detalles de la boda con los padres de Margarita.
Margarita se encontraba en su cuarto, ajustándose la falda de su vestido de seda verde oliva mientras Marta le colocaba los pendientes de perlas que había heredado de su abuela. Su mente estaba en Elisabeth —habían tenido que posponer su encuentro semanal porque la joven noble no podía ausentarse durante la visita del príncipe— y en el miedo que sentía cada vez que pensaba en su boda.
—Señorita, debe bajar ahora —dijo Marta con urgencia—. El príncipe ya está en el vestíbulo, y la duquesa está esperándola en el salón principal.
Margarita asintió, mirándose una vez más en el espejo antes de salir de su cuarto. Lucía como una dama perfectamente formada, como se esperaba de ella, pero en sus ojos azules había una tristeza que nadie más parecía notar —nadie excepto Elisabeth.
Al llegar al salón principal, encontró a su padre, el duque Guillermo, a su madre, la duquesa Elvira, y al príncipe Federico sentados alrededor de la mesa de caoba, tomando té y conversando sobre política y comercio. El príncipe se levantó cuando entró, inclinándose en una reverencia cortés.
—Señorita Margarita —dijo con una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. Una vez más, usted luce simplemente espléndida. Me alegro de poder verla en su hogar, donde puedo apreciar la belleza de su entorno tan bien como la suya.
—Gracias, príncipe —respondió Margarita con una reverencia perfecta, sentándose junto a su madre—. Es un honor tenerla en nuestra casa.
El príncipe se volvió hacia el duque Guillermo, colocando sus manos sobre la mesa con una expresión seria. —Quiero hablarles sobre los planes para la boda —dijo—. Mi padre, el rey de Ostermark, desea que la ceremonia tenga lugar en dos meses, en la catedral de nuestra capital. Creemos que este plazo nos dará tiempo suficiente para preparar todo con la magnificencia que se merece una unión entre nuestras dos casas.
Margarita sintió cómo se le apretaba el corazón. Dos meses. En apenas dos meses, su vida cambiaría para siempre, y podría perder para siempre la oportunidad de estar con Elisabeth. Miró a su madre, esperando que alguna vez se opusiera, pero la duquesa Elvira solo asintió con satisfacción.
—Es un excelente plan, príncipe —dijo el duque Guillermo con una sonrisa—. Nuestra familia se encargará de todos los preparativos necesarios para que la boda sea un evento memorable. Margarita está lista para asumir sus responsabilidades como princesa de Ostermark.
Margarita tuvo que aguantarse las lágrimas que querían salir. Sus padres no veían a la persona que era, solo al título que ella representaba, al papel que debía cumplir en el gran juego de alianzas políticas de la nobleza.
Mientras el príncipe continuaba hablando de los detalles de la boda —los invitados, la comida, la música—, Margarita escuchaba con atención prestada, respondiendo con las palabras adecuadas cada vez que era necesario. Pero su mente estaba en la puerta del salón, esperando que la tarde pasara rápidamente para poder escapar al bosque y contarle a Elisabeth lo que había sucedido.
Justo cuando la conversación empezaba a hacerse insoportable, uno de los sirvientes entró en el salón con una expresión nerviosa en el rostro. —Disculpen la interrupción, su alteza, su excelencia —dijo, inclinándose profundamente—. Hay un hombre en la puerta que dice tener una carta importante para la señorita Elisabeth de la Casa de Ravenswood. Insiste en entregársela personalmente, pero como no sabe dónde encontrarla, ha pedido permiso para esperarla aquí.
Margarita se tensó en su asiento. ¿Quién podría estar buscando a Elisabeth en el Palacio de los Edelweiss? Nadie en la nobleza sabía que ella conocía a la joven que había sido una noble caída, mucho menos que tenían una relación.
—Un hombre buscando a una costurera? —preguntó la duquesa Elvira con una expresión de desdén—. Eso es completamente inaceptable. Dígale que se vaya, y que deje la carta con uno de los sirvientes si quiere que se la entreguemos.
—Espero que me disculpen, su excelencia —dijo una voz masculina desde la puerta del salón—. Pero esta carta no puede ser entregada por nadie más que yo mismo.
Todos se giraron hacia la entrada, donde se encontraba un hombre alto y bien parecido, vestido con un traje de terciopelo marrón adornado con detalles de cuero. Tenía cabellos oscuros recogidos en una coleta baja y ojos color ámbar que parecían brillar con determinación. Aunque su vestuario era sencillo, había algo en su porte que mostraba que había pertenecido a la nobleza en algún momento.
—¿Quién es usted? —preguntó el duque Guillermo con firmeza—. Y cómo se atreve a entrar en nuestro salón sin ser invitado.
El hombre inclinó la cabeza en una reverencia respetuosa. —Me llamo Sebastián de la Casa de Montesino —dijo con una voz clara y segura—. Fui amigo de la familia Ravenswood antes de que sufrieran su desgracia, y he estado buscando a Elisabeth desde entonces. He viajado por todo el reino para encontrarla, y finalmente he sabido que trabaja en una casa de costura de esta ciudad.
La duquesa Elvira frunció el ceño, recordando el nombre de la Casa de Montesino —una familia noble que había perdido su posición en la corte unos años antes que los Ravenswood, aunque por motivos diferentes.
—Los Montesino ya no forman parte de la nobleza reconocida —dijo con desdén—. Usted no tiene derecho a entrar en nuestra casa ni a hacer preguntas sobre nadie.