Octubre y las primeras luces
Los días seguían siendo cálidos, pero ya se sentía el cambio. Las mañanas traían una brisa un poquito más fresca y en las tiendas del mall ya empezaban a aparecer las primeras decoraciones: guirnaldas doradas y rojas mezcladas con calabazas naranjas. Octubre siempre era así: Halloween y Navidad peleando por el mismo espacio en los escaparates.
En Riverside High School el pasillo principal estaba lleno de carteles fluorescentes.
“¡Fiesta de Halloween este viernes! Disfraces obligatorios. ¡No te lo pierdas!”
Sofia Ramirez me agarró del brazo apenas me vio llegar, con los ojos brillando de emoción. Su cabello rizado rebotaba mientras hablaba a mil por hora.
—Amara, dime que vas a ir. Por favor, por favor. Camila ya dijo que sí. Podemos ir las tres juntas. Yo voy de bruja buena, Camila de gato negro y tú… ¡tú puedes ser lo que quieras! ¿Qué dices?
Camila Torres, más tranquila, ajustó sus lentes y sonrió a mi lado. —Yo solo voy por las donas gratis y la música. Pero sí, sería divertido.
Las tres caminábamos hacia el salón de inglés. El olor a piso recién encerado se mezclaba con el perfume dulce de las chicas y el sudor leve de los que venían de educación física. Afuera, el sol de Florida entraba por las ventanas altas y dibujaba rayas de luz en el suelo.
Bajé la mirada un segundo. Sentí esa pequeña presión en el pecho que siempre aparecía cuando tenía que explicar esto.
—No voy a ir, chicas —dije suavemente—. No me siento cómoda con esa fiesta.
Sofia hizo un puchero exagerado. —¡Otra vez con eso! Es solo diversión. Disfraces, dulces, fotos… nadie se toma en serio lo de los espíritus y todo eso.
—Lo sé —respondí, intentando que no sonara a sermón—. Pero para mí… no sé. Siento que hay cosas que no son buenas aunque parezcan inofensivas. Prefiero quedarme en casa, ver una película con mamá o tocar guitarra. Ustedes vayan y diviértanse. Les tomo fotos si quieren.
Camila me miró con curiosidad. —Eres rara a veces, Amara. Pero te quiero así. ¿Segura?
—Segura.
Sofia suspiró dramáticamente pero me abrazó por el hombro. —Bueno, te extrañaremos. Pero el año que viene te convencemos.
Me reí bajito. Mis amigas eran así: insistentes pero respetuosas. No entendían del todo por qué yo elegía no participar en Halloween, pero ya estaban acostumbradas. Para mí era simple: había cosas que me quitaban la paz, y yo prefería cuidar esa paz.
Mientras entrábamos al salón, hablé en silencio con mi mejor Amigo:
—E.S., ¿hice bien? A veces siento que soy la rara del grupo.
La respuesta llegó cálida, como una mano suave en mi espalda:
“Lo hiciste bien, Amara. Ser fiel a lo que crees no te hace rara. Y Yo estoy orgulloso de ti.”
Sonreí para mis adentros. Eso era todo lo que necesitaba.
Esa tarde mamá llegó a casa más temprano que nunca. Tenía un día libre completo, sin guardias. Era raro y precioso. Apenas entró por la puerta, todavía con el uniforme azul, me abrazó fuerte y olió a desinfectante de hospital y a su perfume de vainilla.
—Mi niña, hoy somos libres las dos. ¿Qué te parece si vamos al mall? Ya empezaron las primeras liquidaciones de Navidad. Podemos mirar luces, adornos baratos y quizás algo para el árbol.
Mis ojos se iluminaron. —¡Sí! Justo lo que quería. ¿Podemos ir ahora?
—Dame diez minutos para cambiarme.
Media hora después estábamos en el centro comercial. El aire acondicionado estaba fuerte y el olor a canela artificial de las velas navideñas ya flotaba por todos lados, aunque todavía faltaban semanas para Thanksgiving. Algunas tiendas tenían letreros grandes: “Early Christmas Deals – Hasta 40% off”.
Mamá y yo caminábamos despacio, mirando escaparates. Ella me tomó de la mano como cuando era pequeña.
—Amara, si logro las vacaciones… quiero que esta Navidad sea especial. Decoraremos todo juntas. Haré tus arepas favoritas y cantaremos hasta que tía Laura nos regañe por el ruido.
Sentí un nudo bonito en la garganta. —Eso es lo que más quiero, mamá. Llevo meses pidiéndolo.
Ella se detuvo frente a una tienda de decoraciones y tocó una bola de vidrio con nieve falsa. —Sé que has estado orando yo también así que vamos a confiar.
En ese momento, mientras mamá elegía luces LED blancas en oferta, hablé con E.S. otra vez:
—¿Ves? Ya estamos mirando cosas de Navidad. Gracias por escucharme.
“Yo siempre escucho, pequeña. Pero recuerda: Mi plan es mejor que el tuyo. Aunque no salga exactamente como imaginas, Yo estaré ahí.”
Esa noche, después de la cena, me acosté temprano, Mamá estaba exhausta pero feliz, tía Laura se quedó viendo televisión en la sala. Yo abrí mi Biblia en la cama, bajo la luz suave de la lámpara de noche. Había empezado a leer Hebreos otra vez y el capítulo 7 me tenía confundida desde hacía días.
—E.S. —susurré, acomodando la almohada—. ¿Podemos hablar de esto? Estoy leyendo sobre Melquisedec y… no entiendo.
“Claro. Abre tu corazón. ¿Qué te confunde?”
Respiré profundo y leí en voz baja algunos versículos:
—Aquí dice que Melquisedec era rey de Salem, sacerdote del Dios Altísimo… sin padre, sin madre, sin genealogía, sin principio de días ni fin de vida… y que se parece al Hijo de Dios. Yo pensé… ¿es Jesús? ¿Es Jesús apareciendo antes de nacer? Porque suena igual a Él: Rey de justicia, Rey de paz…
Hubo un silencio suave, como si E.S. estuviera esperando que yo terminara de pensar. Luego llegó su voz, paciente y clara, como siempre que me enseñaba algo importante.
“No, Amara. Melquisedec no es Jesús. Es un hombre real, un rey y sacerdote que vivió en los tiempos de Abraham. Dios lo usó como una imagen, como una sombra que apunta a Jesús.”
Fruncí el ceño, todavía confundida. —Pero dice “sin principio ni fin”… y que permanece sacerdote para siempre.
“Exacto. La Biblia no registra su nacimiento ni su muerte, ni su familia. Eso hace que, en la historia que conocemos, parezca eterno. Pero solo parece. Es un ‘tipo’ de Cristo. Una figura que nos ayuda a entender algo más grande.”
—¿Un tipo? ¿Como un ejemplo?
“Sí, como una fotografía que anuncia la realidad. Melquisedec era rey y sacerdote al mismo tiempo. En Israel los reyes y los sacerdotes eran personas diferentes. Pero Jesús es las dos cosas perfectamente: Rey de justicia y de paz, y nuestro Sumo Sacerdote para siempre. Melquisedec bendijo a Abraham y recibió diezmos. Jesús bendice a todos los que creen en Él y es mayor que todos.”
Me quedé pensando un rato, pasando los dedos sobre las palabras.
—Entonces… ¿Melquisedec era solo un hombre normal pero especial?
“Era un hombre fiel que Dios escogió para mostrarle al mundo un adelanto de cómo sería el sacerdocio de Jesús. No era Jesús mismo. Jesús siempre ha existido, pero se hizo hombre mucho después. Melquisedec ‘se parece’ al Hijo de Dios, como dice el versículo. Se parece, pero no es Él.”
Sentí que algo hacía clic en mi mente. Era como cuando el rompecabezas encaja.
—Gracias, E.S. Ahora tiene más sentido. A veces la Biblia es difícil, pero cuando Tú me explicas… todo se vuelve claro y hermoso.
“Para eso estoy aquí, Amara. No solo para consolarte, sino para enseñarte. Sigue leyendo. Yo te guío. Y recuerda: Jesús es mejor que cualquier sacerdote antiguo. Su sacrificio fue una sola vez y para siempre.”
Cerré la Biblia con una sonrisa. El cuarto estaba en silencio, solo se oía el ventilador del techo y, a lo lejos, el canto de algún grillo. Afuera ya era noche cerrada.
—E.S., ¿puedo pedirte algo más?
“Lo que quieras.”
—Ayúdame a no tener miedo cuando las cosas cambien. Y… por favor, que mamá pueda estar en casa en Navidad.
La respuesta llegó como una caricia tibia en el pecho:
“Confía en Mí con todo tu corazón. Yo tengo el control, aunque no lo veas todavía.”
Me dormí esa noche con una paz profunda. El día había sido normal: colegio, amigas, compras con mamá, una fiesta a la que no iría, y una lección hermosa sobre Melquisedec y Jesús.
Todo se sentía seguro.
Todo se sentía como siempre.
Pero en el fondo, muy en el fondo, algo dentro de mí sabía que los días tranquilos no durarían para siempre.
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Editado: 25.04.2026