La calma que se siente demasiado perfecta
Me desperté el miércoles con una sensación extraña en el pecho. No era tristeza ni miedo exactamente… solo como si algo dentro de mí estuviera conteniendo la respiración. La luz del sol entraba por las cortinas color melocotón de mi habitación, tibia y dorada, pero el ventilador del techo giraba un poco más rápido de lo normal. Afuera, el viento movía las palmeras con más fuerza que ayer.
—E.S… buenos días —susurré, todavía bajo las sábanas—. Anoche dormí bien después de que me explicaste lo de Melquisedec. Gracias.
La respuesta llegó casi de inmediato, más suave que de costumbre, como si estuviera eligiendo las palabras con cuidado:
“Buenos días, Amara. Me alegra que hayas entendido. Hoy también estaré contigo en cada paso.”
Me senté en la cama y me estiré. El cuaderno de canciones seguía abierto sobre el escritorio, con la melodía a medio terminar. Hoy era un día normal de clases. Nada especial. Y sin embargo… algo se sentía diferente.
Abajo, el desayuno olía igual de rico: café, huevos revueltos con un toque de cilantro y las arepas que tía Laura había preparado antes de irse a trabajar. Mamá ya estaba vestida con su uniforme azul, pero esta mañana se movía más despacio. Tenía ojeras más marcadas.
—Mi vida, ¿dormiste bien? —me preguntó mientras me servía jugo de naranja.
—Sí. ¿Y tú? Te ves cansada.
Ella sonrió, pero la sonrisa no llegó del todo a sus ojos. —El turno de anoche fue pesado. Un accidente de tráfico múltiple… muchos heridos. Pero ya estoy bien. Solo necesito un café fuerte.
Sentí un pequeño nudo en el estómago. Mamá casi nunca hablaba de los casos difíciles del hospital.
—Ten cuidado hoy, ¿sí? —le dije, abrazándola por la cintura.
Ella me besó en la frente, como siempre. —Siempre tengo cuidado. Y tú estudia mucho. Esta tarde podemos seguir mirando ofertas en línea para Navidad. Ya vi unas luces que se ven preciosas y están en descuento.
Sonreí. Las tiendas seguían llenándose de rojo y dorado aunque Halloween todavía no había pasado. En el mall ya habían movido las calabazas a un rincón y empezaban a sacar los renos y los Papás Noel inflables. Era raro, pero me gustaba. Me hacía pensar en la Navidad que tanto había pedido.
En el camino al colegio el viento era más fuerte. Algunas hojas secas volaban por la acera y el cielo tenía nubes blancas que corrían rápido. Riverside High School estaba lleno de energía por la fiesta de Halloween del viernes. Los pasillos tenían telarañas falsas, calabazas de cartón y carteles que decían “Spirit Week: ¡Viste de naranja y negro!”.
Sofia me esperaba en la entrada, ya con una diadema de orejas de gato.
—Amara, ¿segura que no cambias de opinión? Mañana es el último día para confirmar asistencia. Habrá pizza y música buena.
Camila llegó caminando a mi lado, con su libro bajo el brazo. —Déjala, Sofi. Amara tiene planes mejores: probablemente tocar guitarra y leer la Biblia.
Me reí. —Algo así. Pero diviértanse ustedes. Yo estaré bien en casa.
Durante la clase de historia, mientras la profesora hablaba de la Segunda Guerra Mundial, mi mente se fue un momento. Sentí esa inquietud otra vez.
—E.S., ¿por qué siento como si algo fuera a pasar? Todo está normal… mamá, las clases, las ofertas de Navidad… pero hay algo que no me deja tranquila.
La voz de E.S. llegó clara y llena de paz, aunque con una seriedad que no siempre tenía:
“Amara, la vida tiene estaciones. Hay tiempos de calma y tiempos donde todo se mueve. Lo importante es que, pase lo que pase, Yo no me muevo. Aférrate a eso.”
Sus palabras me calmaron un poco, pero no del todo. Era como si me estuviera preparando sin decírmelo directamente.
En la hora del almuerzo nos sentamos las tres en la mesa de siempre, cerca de la ventana. El olor a pizza de la cafetería se mezclaba con el de los tacos que Camila había traído de casa. Afuera, el viento sacudía los árboles del patio.
Sofia mordió su rebanada y habló con la boca llena: —Mi mamá ya compró mi disfraz. Va a ser épico. ¿Tú qué harás el viernes en la noche, Amara? ¿Orar por nosotras las pecadoras?
Me sonrojé un poco pero sonreí. —Algo así. Y tal vez termine la canción nueva. Es sobre confiar aunque no entiendas lo que viene.
Camila me miró con cariño. —Me gusta cuando hablas así. Suena sincero. No como la gente que finge ser santa.
—Solo soy yo —respondí encogiéndome de hombros—. Con mis dudas y todo.
Mientras comíamos, mamá me mandó un mensaje:
“Ya pedí el día libre para el viernes. Podemos ir al mall en la tarde a ver más ofertas. Te quiero, mi niña.”
El corazón me dio un brinco. ¡Otro día casi libre con mamá! Las cosas se estaban alineando para esa Navidad soñada.
Esa tarde, después de clases, el viento había aumentado. Algunas ramas pequeñas caían en las aceras. Llegué a casa y encontré a tía Laura cocinando con la radio puesta. Olía a sancocho y plátano frito.
—¿Cómo te fue hoy, sobrina?
—Bien. Mamá viene temprano el viernes. Vamos a seguir mirando cosas de Navidad.
Tía Laura sonrió, pero había algo cansado en su mirada. —Qué bueno. Elena trabaja demasiado. Ojalá descanse más.
Subí a mi habitación y abrí la Biblia otra vez. Quería seguir en Hebreos, pero terminé en el Salmo 46. Leí en voz alta bajito:
“Dios es nuestro refugio y fortaleza, nuestro pronto auxilio en las tribulaciones.”
—E.S., ¿por qué elegí este versículo hoy? No estoy en tribulación… todo está bien.
“Precisamente por eso, Amara. Cuando todo está en calma es bueno recordar dónde está tu refugio. Porque las tormentas llegan sin avisar.”
Me quedé callada un rato, pasando los dedos por las páginas. El viento afuera golpeaba la ventana con más fuerza.
—¿Me estás diciendo algo? —pregunté en mi mente, con un nudo pequeño en la garganta.
“Solo te estoy recordando que Yo soy más grande que cualquier tormenta. Descansa en eso.”
Esa noche cenamos las tres juntas. Mamá llegó agotada pero feliz. Hablamos de luces blancas cálidas, de poner el árbol temprano, de invitar a tía Laura a cantar villancicos. Todo se sentía cálido, lleno de esperanza.
Antes de dormir, me acosté y miré el techo. El viento seguía soplando fuerte afuera, haciendo crujir las palmeras.
—E.S., cuida a mamá en el hospital mañana. Y gracias por este día normal.
La respuesta llegó como un abrazo suave y profundo:
“Duerme tranquila, mi Amara. Yo estoy aquí. Siempre.”
Cerré los ojos. Todo estaba en su lugar: el colegio, mis amigas, mamá intentando conseguir las vacaciones, las primeras luces navideñas brillando en mi mente, y mi mejor Amigo caminando a mi lado.
La calma se sentía casi demasiado perfecta.
Como si el mundo estuviera conteniendo la respiración… justo antes de soltarla.
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Editado: 25.04.2026