Ecos de un Corazón en Silencio

Capítulo 4

El día que el mundo se rompió

El viernes empezó como cualquier otro día de octubre en mi ciudad.
Me desperté con el sol filtrándose por las cortinas, el ventilador girando suave y el olor lejano del café que mamá ya estaba preparando abajo. El viento de los últimos días seguía soplando, pero hoy parecía más fuerte. Las palmeras se mecían con fuerza y el cielo tenía ese tono gris-azulado que anuncia tormenta.
—E.S… —susurré mientras me ponía la camiseta del colegio—. Hoy mamá sale temprano. Vamos a ir al mall a ver más cosas de Navidad. ¿Puedes hacer que el día sea lindo?
La respuesta llegó cálida, pero no con una seriedad que me hizo abrir los ojos del todo.
“Amara hoy… yo estaré contigo en cada segundo. No lo olvides.”
Fruncí el ceño. E.S. casi nunca hablaba así.
“Confía en Mí. Pase lo que pase, Yo no te suelto.”
Bajé las escaleras saltando los últimos escalones, como siempre. Mamá estaba en la cocina con el uniforme azul impecable, pero se veía más cansada que nunca. Tenía el cabello recogido en una cola baja y ojeras profundas.
—Buenos días, mi vida —dijo, y me dio un beso en la frente más largo de lo normal—. Come rápido. Hoy termino el turno a las tres y luego somos libres. ¿Quieres que pasemos por el mall grande o por el que tiene más decoraciones?
—El grande —respondí sonriendo—. Quiero ver esas luces blancas cálidas que te gustaron.
Tía Laura entró a la cocina con cara de sueño. —Elena, ¿segura que no quieres que te lleve yo? El clima se está poniendo feo. Dicen que viene una tormenta fuerte esta tarde.
Mamá negó con la cabeza mientras servía huevos. —No te preocupes, Lau. Conduzco con cuidado. Además, Amara y yo tenemos planes. Hace meses que no tenemos un viernes libre juntas.
Me senté a la mesa. El sabor de las arepas estaba igual de rico, pero algo en el aire se sentía pesado. Afuera, el viento golpeaba las ventanas con más fuerza.
Antes de salir, mamá me abrazó fuerte. Olía a su perfume de vainilla sin estar aún mezclado con el desinfectante del hospital.
—Te quiero más que a nada en este mundo, Amara. Nos vemos a las tres y media. Prepárate para caminar mucho.
—Yo también te quiero, mamá. Maneja con cuidado, ¿sí?
Ella sonrió, me guiñó un ojo y salió. La vi subirse al coche plateado desde la ventana. El viento le movía el cabello. Me quedé mirando hasta que dobló la esquina.
El día en el colegio pasó en una especie de niebla. Sofia y Camila hablaban emocionadas de la fiesta de Halloween de esa noche. Yo solo sonreía y asentía. En la clase de inglés escribí en mi cuaderno los versos de la canción nueva: “Aunque todo cambie, Tú sigues igual…”
Durante el almuerzo, el cielo se oscureció de repente. Empezó a llover fuerte, de esa lluvia florida que cae de golpe y deja las calles inundadas. El viento azotaba los árboles del patio.
—Qué mal tiempo —dijo Camila mirando por la ventana—. Espero que tu mamá llegue bien.
—Sí… —respondí bajito. Sentí un nudo en el estómago.
“E.S., ¿está todo bien con mamá?”
La respuesta tardó un segundo más de lo normal.
“Estoy con ella, Amara. Y estoy contigo.”
A las tres y diez sonó el timbre final. Corrí a casa bajo la lluvia, con la mochila sobre la cabeza. Tía Laura me esperaba en la puerta con cara preocupada.
—Amara, tu mamá no contesta el teléfono. Dijo que salía a las tres… pero con esta tormenta quizás se demoró.
Me encogí de hombros, todavía mojada. —Seguro está en el tráfico. Vamos a esperarla.
Pasaron veinte minutos. Treinta. Cuarenta y cinco.
Tía Laura caminaba de un lado a otro. Yo me senté en el sofá, con el corazón latiendo fuerte. El viento aullaba afuera y la lluvia golpeaba el techo como piedras.
A las cuatro y veintisiete sonó el teléfono de la casa. Tía Laura contestó. Su cara cambió en segundos. Se puso pálida. Las piernas le temblaron.
—¿Qué…? No… por favor, dígame que no es verdad…
Me levanté de golpe. El mundo se volvió lento.
Tía Laura me miró con los ojos llenos de lágrimas. La voz se le quebró.
—Amara… fue un accidente. En la autopista. La lluvia… un camión… Elena…
No escuché el resto.
El suelo se movió bajo mis pies. Un zumbido fuerte me llenó los oídos. Sentí que algo dentro de mi pecho se rompía en mil pedazos, como vidrio cayendo sobre concreto.
—No… —susurré—. Mamá no… ella iba a venir… íbamos a ir al mall…
Tía Laura intentó abrazarme, pero yo me aparté. Corrí escaleras arriba y me encerré en mi habitación. Me tiré en la cama y apreté la almohada contra la cara.
—E.S… —grité en mi mente, con la voz rota—. ¡E.S.! ¿Dónde estás? ¡Dime que no es verdad! ¡Dime que mamá está bien! ¡Por favor!
El silencio fue horrible. Un silencio tan grande que dolía.
Entonces llegó. No como una voz fuerte. No como un trueno. Solo una presencia tibia que se instaló en medio de mi pecho, temblorosa pero firme.
“Estoy aquí, Amara. Estoy aquí…”
Las lágrimas salieron de golpe, calientes y desesperadas. Lloré con todo el cuerpo: sollozos que me sacudían, el pecho que se cerraba, las manos temblando.
—¿Por qué? —pensé, casi gritando—. ¡Ella iba a estar en Navidad conmigo! ¡Lo pedí! ¡Lo pedimos juntos! ¿Por qué te la llevaste?
La respuesta de E.S. llegó suave, envuelta en un dolor que yo nunca había sentido en Él:
“No fui Yo quien la llevó, pequeña. Pero estoy aquí contigo en este dolor. No estás sola. Aunque ahora no lo sientas… Yo sigo aquí.”
—No quiero que estés aquí… quiero a mi mamá… —sollocé contra la almohada. Olía todavía a su suavizante.
El viento afuera rugía. La lluvia golpeaba la ventana como si el cielo también estuviera llorando. Abajo escuchaba a tía Laura hablando por teléfono, la voz entrecortada.
Me quedé allí, hecha un ovillo, mientras el mundo que conocía se desmoronaba. Las luces navideñas que habíamos mirado juntas ya no tenían sentido.
Solo quedaba el silencio.
Un silencio tan profundo… que ni siquiera yo misma podía escucharme.
Pero en medio de ese silencio, como una llamita que no se apagaba, sentía esa presencia.
E.S. no hablaba mucho ahora. Solo estaba.
Y aunque en ese momento lo odiaba un poco por no haberlo impedido, también me aferraba a Él con todas mis fuerzas.
Porque si perdía eso también…
Entonces sí que me quedaría completamente sola.




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