Ecos de un Corazón en Silencio

Capítulo 13

La despedida que elegí no pelear

Los siguientes días fueron como caminar dentro de un sueño del que no podía despertar.
Después de la audiencia, algo dentro de mí cambió. No fue que dejara de doler, dolía muchísimo pero peleando con tía Laura, gritándole a Aurelio o negándome a empacar solo iba a hacer que todo fuera más feo.
Una noche, acostada en mi cama mirando el techo, hablé con E.S. desde lo más profundo del corazón.
—E.S… sé que Dios tiene un propósito en todo esto —susurré, con la voz quebrada— Aunque ahora no lo vea. Aunque duela tanto que parece que me voy a romper, no quiero pelear más, quiero dejarlo en Tus manos, ayúdame a ir con paz, aunque no sea la paz que yo quiero.
La respuesta no fue una voz fuerte solo esa calidez conocida que se instaló en mi pecho, como un abrazo suave que no apretaba sentí paz no la que borra el dolor, sino la que me daba fuerzas para seguir caminando aunque las piernas me temblaran.
Al día siguiente le dije a tía Laura:
—No voy a pelear, tía. Voy a ir. Pero voy a volver cuando pueda. Esto no es para siempre.
Ella lloró mucho esa noche, nos abrazamos en la sala mientras veíamos fotos viejas de mamá, le prometí que le escribiría todos los días y que vendría en vacaciones.
Ella me prometió que guardaría mi habitación exactamente como estaba.
Los siguientes días fueron para despedirme, fui al cementerio sola una última vez, me senté junto a la tumba de mamá y le conté todo en voz baja, dejé una carta dentro de un frasco pequeño que enterré cerca de las flores, luego pasé por la iglesia, el pastor y varias hermanas me abrazaron y oraron por mí, Sofia y Camila lloraron cuando les dije que me iba. Les prometí que nos veríamos por video y que les mandaría fotos de Londres.
En casa empecé a empacar, no me llevé todo dejé la mayoría de mis posters, la mitad de mi ropa vieja, los libros de la escuela y muchas cosas que olían a mamá.
Solo metí en la maleta lo más importante: algunas fotos, el cuaderno donde escribía mis canciones, la Biblia que mamá me regaló cuando cumplí trece, un suéter que todavía tenía su perfume y el peluche pequeño que ella me había regalado cuando era niña.
—Volveré —le susurré a la habitación vacía—. Cuando pueda, volveré.
Tía Laura me ayudó a cerrar la maleta el último día, nos quedamos abrazadas un rato largo sin decir nada, luego ella me tomó la cara con las dos manos.
—Eres fuerte, Amara como tu mamá y aunque ese hombre tenga todo el dinero del mundo, nunca podrá quitarte quién eres, llamame todos los días si algo no está bien, me lo dices y yo voy por ti aunque tenga que vender la casa.
Asentí, con lágrimas en los ojos.
—Lo haré, tía te quiero mucho.
El día de la partida llegó demasiado rápido.
A las siete de la mañana sonó el timbre, Aurelio estaba afuera, vestido con traje oscuro pero sin corbata, como si intentara verse menos intimidante detrás de él había un chofer que tomó mi maleta.
—Buenos días, Amara —dijo con voz calmada—. ¿Estás lista?
—No —respondí honestamente—. Pero voy a ir.
El trayecto hasta el aeropuerto privado fue silencioso, yo miraba por la ventana las calles de mi ciudad que conocía de memoria, cada semáforo, cada tienda, cada palmera me dolía en el pecho, Aurelio no me presionó para hablar. Solo respetó mi silencio.
Cuando llegamos al hangar, todo era nuevo y abrumador. Un jet privado blanco y plateado esperaba en la pista, era mucho más pequeño que los aviones comerciales que había visto en fotos, pero se veía caro y elegante, subimos por unas escaleras cortas.
Adentro olía a cuero nuevo y a café fresco había asientos amplios como sillones, una mesa pequeña y ventanas grandes.
Me senté junto a la ventana, apretando mi mochila contra el pecho, Aurelio se sentó frente a mí, dejando un asiento vacío entre nosotros.
El avión empezó a rodar por la pista, cuando despegamos, sentí un vacío en el estómago, abajo, Florida se hacía cada vez más pequeña hasta que desapareció entre las nubes.
Durante los primeros minutos no dijimos nada, solo se escuchaba el suave zumbido de los motores. Luego Aurelio habló con voz baja y tranquila, sin reproches.
—Sé que esto es muy difícil para ti, no espero que me perdones de un día para otro, solo… quiero que sepas que no te estoy llevando para alejarte de todo lo que amas. Puedes llamar a tu tía cuando quieras, puedes volver en vacaciones y si algún día quieres hablar de tu mamá… estoy dispuesto a escucharte.
Lo miré, ya no había frialdad en sus ojos solo cansancio y algo que parecía arrepentimiento.
—¿Por qué Londres? —pregunté sin acusarlo—¿Por qué no podemos quedarnos en Miami, cerca de tía Laura?
—Porque mi vida principal está allí —respondió—Mis empresas, mi casa… Pero también porque creo que un cambio completo te ayudará a sanar, aquí todo te recordaría a tu mamá a cada paso, en Londres podrás empezar algo nuevo, aunque duela al principio.
Asentí lentamente, no estaba de acuerdo, pero ya no quería pelear.
—E.S. me dijo que Dios tiene un propósito —murmuré, más para mí que para él—Aunque ahora no lo vea.
Aurelio se quedó callado un momento, luego preguntó con curiosidad suave:
—¿E.S.?
—El Espíritu Santo —expliqué bajito—Lo llamo así desde pequeña, Es… mi mejor amigo, hablo con Él todo el tiempo.
Esperé que se riera o que pusiera cara de extrañeza, como hacían algunos en el colegio, pero solo asintió.
—Tu mamá también hablaba mucho de Dios, yo nunca entendí esa parte de ella, pero si eso te da paz… está bien.
El vuelo duró muchas horas, en algún momento me quedé dormida, cuando desperté, Aurelio había pedido comida: sándwiches, fruta y jugo, comimos en silencio, pero ya no era un silencio incómodo, era… cansado, pero calmado.
—Amara —dijo después de un rato—, no soy bueno con las palabras emocionales, nunca lo fui, pero quiero intentarlo. Si hay algo que necesites, algo que te haga sentir más en casa… dímelo, no prometo entenderlo todo, pero voy a escuchar.
Lo miré por primera vez no vi solo al hombre poderoso con traje caro vi a alguien que también cargaba un peso grande, aunque no me lo hubiera contado todavía.
—Solo quiero poder seguir hablando con E.S. sin que nadie me mire raro —dije honestamente—. Y quiero poder llamar a tía Laura todos los días.
—Puedes hacer ambas cosas —respondió—. La casa en Londres tiene una habitación grande para ti. Puedes decorarla como quieras, y las llamadas… cuando quieras.
El avión empezó a descender, afuera ya era de noche, las luces de Londres aparecieron como un mar de estrellas doradas, todo era nuevo: el acento de la gente por los altavoces, el frío que se sentía incluso dentro del avión, el tamaño de la ciudad que se veía inmensa.
Cuando aterrizamos, Aurelio se levantó y me ofreció su abrigo porque yo solo llevaba una sudadera fina.
—Bienvenida a Londres, Amara —dijo con voz suave—. Sé que no es el hogar que elegiste, pero voy a hacer todo lo posible para que algún día sientas que puedes tener uno aquí también.
Tomé el abrigo estaba caliente y olía a su colonia cara.
Mientras bajábamos las escaleras hacia el auto que nos esperaba, sentí otra vez esa presencia tibia en mi pecho.
E.S. no dijo nada nuevo, solo estuvo allí.
Y por primera vez desde que todo empezó, no me sentí completamente sola.
Aunque mi corazón seguía en casa, junto a la tumba de mamá y en los brazos de tía Laura… algo dentro de mí susurraba que, aunque no entendiera el propósito todavía, Dios sí lo sabía.
Y yo había elegido no pelear.
Solo caminar.
Aunque fuera hacia un lugar desconocido.




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