I. 1959–1964
La Guerra
Hoy, 6 de abril, llegué a la comandancia.
A mi alrededor había demasiados jóvenes que no pasaban de los veintidós años. Lograba distinguir caras conocidas: compañeros de infancia, de juegos, muchachos de la primaria… pero todos compartíamos el mismo semblante.
Terror.
El ataque de Karovia a San Vereno tomó a muchos por sorpresa, especialmente por la crisis en la que ya se encontraba el país. Muchas familias habían perdido sus tierras después del colapso económico que azotó la nación a principios de la década, y San Vereno nunca consiguió recuperarse realmente.
Semanas después del primer ataque comenzaron a aparecer propagandas en los periódicos hablando sobre la “guerra” que se avecinaba.
Prometían perdonar deudas a quienes decidieran enlistarse.
Y yo, siendo el hijo mayor de mi madre, sabía que era la única opción que tenía.
Justo entonces una voz me arrancó de mis pensamientos.
—Lorenzo Luna.
Me hicieron las preguntas de rutina: hijos, familia, si alguien dependía de mí, si sabía manejar un arma.
Respondí que sí.
Años atrás, antes de morir, mi padre me había enseñado lo básico utilizando su vieja carabina. Ese conocimiento terminó ayudándome más de una vez cuando salía a cazar para llevar algo de comida a la mesa de mi madre y mi hermana.
Una vez terminaron de tomar la información, nos asignaron una ficha y nos ordenaron esperar a ser llamados.
Volví a mirar a mi alrededor.
Y entonces lo vi.
Era imposible no hacerlo.
Estaba acompañado de un hombre con uniforme militar, algo que muy pocos podían presumir ahí dentro. La mayoría éramos muchachos comunes intentando sobrevivir.
Entonces escuché su nombre.
—Reinaldo García.
Y justo después del suyo pronunciaron el mío.
Fue ahí cuando lo entendí.
Acababan de seleccionarme para la guerra.
Después de mi selección, todo ocurrió demasiado rápido.
Y aun así, cada momento parecía avanzar con una lentitud insoportable.
Vinieron las despedidas.
Le prometí a mi madre que volvería con vida, aunque ambos sabíamos que las probabilidades eran bajas. Éramos el tercer pelotón enviado a la guerra y muy pocos hombres de los dos anteriores habían regresado.
Nuestro general sería Villafuerte, un militar condecorado que había luchado incontables guerras durante su juventud. Se decía que jamás formó una familia; aseguraba que su único amor era servir a la nación que lo vio nacer.
Muchos reclutas flaqueaban durante los entrenamientos.
Yo no podía permitírmelo.
Reinaldo, en cambio, era uno de los mejores. Su preparación desde joven lo había convertido rápidamente en uno de los soldados más destacados del pelotón.
Los demás reclutas hablaban constantemente sobre él.
Decían que, de no haber comenzado la guerra, ya estaría casado con Julieta. Otros aseguraban que el conflicto lo había tomado desprevenido, igual que a muchos de nosotros.
Cada hombre tenía una razón distinta para estar ahí.
Darío había dejado a un hijo recién nacido.
Pablo aceptó enlistarse porque prometieron llevar a su madre enferma a hospitales de primera.
Las trincheras estaban llenas de historias rotas.
Pasaron los meses.
Y lentamente dejamos de ser simples muchachos jugando a ser soldados.
La guerra había alcanzado un punto crítico. Karovia tomó el sector norte de San Vereno, donde se encontraban las principales fábricas de combustible del país.
Días antes de ser trasladados a la base central, escuché la voz de Reinaldo detrás de mí.
—Luna.
Volteé.
—Te he visto en los entrenamientos. Eres bueno. Vas a ser una pieza importante allá afuera.
Le agradecí con una sonrisa breve.
Entonces levantó una cajetilla de cigarrillos.
—¿Te apetece fumar? —preguntó—. Se vienen días difíciles. Necesitamos un respiro.
Acepté.
Salimos del campamento mientras la noche cubría el perímetro militar. A lo lejos solo se escuchaban cigarras y los pasos de los guardias vigilando la zona.
Permanecimos en silencio unos segundos.
Luego habló.
—¿Alguien te espera en casa?
—Mi madre y mi hermana.
Reinaldo soltó una pequeña risa.
—Me refería a una chica.
Bajé la mirada hacia el cigarro consumiéndose entre mis dedos.
—Desde que murió mi padre he sido el sostén de mi familia. Estos años han sido difíciles… supongo que nunca tuve tiempo para pensar en algo más que sobrevivir.
Hice una pausa.
—Mi madre perdió a su esposo. Mi hermana perdió a su padre… pero yo también lo perdí a él.
Creo que fue la primera vez en mucho tiempo que me permití decirlo en voz alta.
Reinaldo permaneció callado unos segundos antes de responder:
—Debe haber sido difícil. Y aceptar venir aquí seguramente lo hizo peor.
Por primera vez desde que lo conocía, vi algo distinto en él.
Tristeza.
Bajó ligeramente la cabeza antes de hablar otra vez.
—Mi padre fue un coronel importante. Incluso estuvo bajo el mando de Villafuerte.
Dio una calada al cigarro.
—No se esperaba menos de su hijo. Mi reclutamiento estaba listo desde el primer pelotón… pero insistió en que debía estar preparado al cien por ciento antes de entrar a la guerra.
Sus ojos parecían perdidos en algún lugar lejano.
—Entrené día y noche antes incluso de convertirme oficialmente en soldado.
Y entonces, tan rápido como apareció, aquella tristeza desapareció de su rostro.
Volvió a convertirse en el hombre serio y controlado que todos conocían.
—Creo que deberíamos dormir —dijo mientras se levantaba—. Mañana hay entrenamiento y no pienso desperdiciarlo.
Lo observé alejarse lentamente mientras terminaba el último cigarro de la noche.
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Editado: 15.06.2026