Cada año pasa por mis ojos y sigo sin poder ingresar nuevamente a esos momentos; esos números que a simple vista son eso, simples números, pero para mí son la sumatoria de lo que hoy es mi persona.
Año cruel y de aprendizajes, que me marcaste todos tus conocimientos de una forma cruda; me enseñaste el amor y me mostraste que no siempre es para siempre.
Cuatro dígitos igual que la palabra amor, y cuatro dígitos igual que la palabra solo, dos términos distintos aunque al final tienen algo de relación, porque estar solo también es amor, es amor propio, pero es amor.
Y más amor te tengo a ti, que me abriste los ojos, me mostraste que mi pensamiento era incorrecto, que no era justo porque, a mis ojos, los demás solo eran seres que perdían el tiempo.
Y qué curioso, ya que para ellos yo era el que perdía el tiempo: no salir, no hablar, no hacer absolutamente nada, aunque para mí era absolutamente lo contrario. Pero me mostraste que al final de todo ambos estábamos equivocados; a ambos se nos iba el tiempo, así como tú, que te esfumabas en un abrir y cerrar de ojos.
Pasaste como lo que eres: tiempo. Pasaste rápido y me arrasaste tal cual huracán. Pasaste y te llevaste todo; los años siguientes traté de que se volviesen mis aliados para así poder demostrarte a ti que no podías conmigo, pero los años siguientes no se pusieron a mi lado, todo lo contrario: me hicieron entender que todo ese desastre que ocasionaste era indispensable para llevarse todo lo malo, aunque eso también significaba que te llevarías partes de mi propia persona, una limpieza en toda la extensión de la palabra.
No sé si llamarte 2020 o huracán masivo, o mejor te llamaré como aquella tormenta que en un día soleado se atrevió a destruir mi fortaleza y me hizo volver a rearmar un enorme castillo.