El ambiente del sexto piso era opresivo. El aire se sentía más denso y la luz de las antorchas clavadas en las paredes apenas alcanzaba a iluminar los corredores húmedos. Kael, Darik y Avarn avanzaban con paso firme, aunque el eco de sus pisadas parecía atraer a criaturas que acechaban desde la oscuridad.
—No bajen la guardia —advirtió Avarn, empuñando su hacha de doble filo—. Aquí los enemigos no suelen venir solos.
Kael asintió, ajustándose la armadura encantada que Eron le había regalado. Su respiración era calmada, pero el instinto le decía que algo grande se avecinaba. Darik, por su parte, iba al frente con el escudo en alto, siempre dispuesto a cubrir a sus compañeros.
De pronto, un rugido estremeció el pasillo. De la penumbra surgieron tres monstruos deforme, con cuerpos hechos de huesos y músculos oscuros, armados con cuchillas oxidadas.
—¡Son guardias malditos! —exclamó Darik—. ¡Prepárense!
Kael desenvainó su espada, avanzó un paso y lanzó un corte horizontal, destrozando la primera criatura en dos movimientos rápidos. Avarn arremetió contra el segundo enemigo, clavando su hacha en el cráneo del monstruo y partiéndolo de un solo golpe. El tercero lanzó un ataque veloz contra Kael, pero fue detenido por el escudo de Darik, quien contraatacó con una embestida que lo lanzó contra la pared.
El combate había terminado, pero sus respiraciones agitadas revelaban el esfuerzo que comenzaban a sentir tras tantas batallas seguidas.
—Esto recién empieza —dijo Avarn, limpiando su arma.
Fue entonces cuando un sonido metálico, diferente a los demás, resonó en el pasillo. No era un enemigo. Era el eco de pasos firmes, acompañados del tintineo de una armadura.
Desde las sombras emergió una figura: una mujer alta, de cabello plateado atado en una coleta, cubierta por una armadura brillante que reflejaba la tenue luz de las antorchas. En su mano portaba una espada larga que desprendía un tenue fulgor azulado.
—Vaya, parece que aún hay quienes conservan el valor en esta mazmorra —dijo la mujer, con voz firme y clara—. Soy Selene, caballera errante. Ustedes… parecen diferentes al resto.
Kael dio un paso al frente, desconfiado pero intrigado.
—¿Eres enemiga o aliada?
Selene lo observó unos segundos y luego sonrió con calma.
—Aliada, si lo desean. He seguido los rastros de las criaturas de este piso y sé que un grupo más peligroso aguarda más adelante. Ustedes no sobrevivirán sin ayuda.
Darik, aún con el sudor en la frente, asintió.
—Una espada más nos será útil… pero tendrás que demostrarlo.
Selene no respondió con palabras, sino con acción. El suelo comenzó a temblar, y del corredor opuesto emergieron cinco monstruos enormes, con cuerpos cubiertos de cadenas y garras afiladas. Sin esperar órdenes, Selene avanzó.
Su espada azul cortó el aire con precisión. En un movimiento veloz atravesó al primer enemigo, haciendo que su cuerpo se deshiciera en polvo oscuro. Dio un giro elegante, bloqueó el ataque de otro monstruo y lo partió por la mitad con un corte vertical que brilló como un rayo. Cada movimiento era limpio, certero, sin desperdiciar energía.
Kael observaba fascinado, con el corazón acelerado.
—Ella… lucha como si fuera parte de la misma mazmorra.
Avarn soltó una carcajada.
—Definitivamente nos será útil.
En cuestión de minutos, Selene derribó al último de los enemigos y guardó su espada, mirándolos con serenidad.
—¿Ahora me creen?
Darik bajó el escudo y suspiró.
—Está bien, caballera. Peleas mejor de lo que pensé.
Kael asintió, con una leve sonrisa.
—Entonces, Selene… guíanos hacia esos enemigos. Juntos podremos avanzar.
La caballera inclinó la cabeza, su armadura tintineando suavemente.
—Así será. Pero recuerden: cada piso nos pondrá a prueba más que el anterior.
Y así, con Selene uniéndose al grupo, el destino de Kael, Darik y Avarn dio un giro inesperado. La caballera no solo era un apoyo en batalla, sino la llave para enfrentar los horrores que aguardaban en lo más profundo de la mazmorra.