Ecos del abismo

La Unión Terrestre (2020)

Nathan despertó entre luces frías y un zumbido constante. El techo blanco del hospital parecía palpitar. Intentó moverse, pero un dolor agudo le atrapó el costado como si aún tuviera un cuchillo clavado. Se agitó ligeramente, y una figura junto a la ventana se giró al escuchar el movimiento.

-Nathan -dijo con voz grave-. Estás despierto.

Darius Hale, su superior directo en el FBI, estaba allí, con los brazos cruzados y una expresión cansada.

-Darius... -susurró Nathan, con la garganta áspera-. Lo siento... Esto fue culpa mía...

Darius negó lentamente con la cabeza.

-No, Nathan. Esto fue culpa mía. Algo me decía que había algo raro en esa maldita estación. Jamás debí autorizar la operación.

Nathan lo miró, confundido.

Darius se acercó a la puerta de la habitación y la cerró suavemente, deslizando el pestillo. Luego, con movimientos calculados, sacó de su chaqueta un pequeño dispositivo cilíndrico. Lo activó, y un breve zumbido lo envolvió todo.

-Es un cancelador de audio. Estamos fuera del alcance de cualquier grabadora. Ahora cuéntame todo lo que viste. Todo, sin omitir nada.

Nathan dudó un instante, pero el rostro de su superior no dejaba espacio para evasivas.

Le contó todo.

Los reptiles humanoides. Los agentes de policía muertos, uno tras otro. La aparición repentina de dos mujeres. La espada de energía. La decapitación del basilisco. Y cómo esas dos mujeres, llamadas Jin-ae e Izzy, dieron órdenes para borrar toda evidencia de lo ocurrido. Y cómo lo habían dado por muerto... pero no lo estaba.

Darius escuchó en silencio, sin interrumpir. Cuando Nathan terminó, su jefe suspiró con un gesto que parecía romperle por dentro.

-Jin-ae... Izzy... -repitió en voz baja, casi con reverencia-. Por fin tenemos algo.

Nathan frunció el ceño.

-¿Tú sabes algo?

Darius lo miró largo y tendido... y habló con una seriedad que heló el aire de la habitación.

-Quiero que olvides todo esto, Nathan. No digas una palabra a nadie. Nunca.

-¿Por qué?

-Porque nadie te va a creer. ¿Reptiles de tres metros? ¿Espadas de energía? ¿Mujeres con trajes de combate invisibles? Te encerrarán. Dirán que estás desquiciado por el trauma. Y desaparecerás... y no por mi mano.

Nathan apretó los dientes.

-Pero eso fue lo que vi, Darius. No estoy loco.

-Lo sé -respondió Darius, acercándose con calma-. Pero eso no cambia lo que te acabo de decir.

Hizo una pausa. Sus ojos, oscuros y cansados, buscaban algo en la mirada de Nathan.

-Existe una unidad secreta dentro del FBI -añadió en voz baja-. Una que no figura en ningún organigrama, que no aparece en presupuestos ni en reuniones oficiales. Se llama el Departamento de Asuntos Anómalos, o DAA. Solo unos pocos sabemos de su existencia. Y solo el DAA sabe lo que tú viste allí abajo.

Nathan tragó saliva.

-¿Nadie más sabe nada?

-Nadie. Ni la CIA, ni la NSA, ni el MI6, ni el Mossad. Ni siquiera los rusos o los chinos. Solo nosotros. Y aun así... sabemos muy poco.

El silencio volvió a llenar la habitación.

-¿Quiénes eran esas mujeres, entonces?

Darius tardó en responder.

-Sabemos que existe una organización transnacional que opera al margen de todas las naciones del planeta. Ningún país ni agencia de inteligencia tiene constancia de su existencia. Es como si no existieran. Por lo poco que sabemos, las dos mujeres que conociste pertenecen a una división encubierta dentro de esa organización: su servicio de inteligencia. Se hacen llamar Las Sombras.

-¿Y esa organización secreta? ¿Sabemos cómo se llama? -preguntó Nathan, intrigado.

-Sí, se hacen llamar la Unión Terrestre.

-¿La qué?

-La Unión Terrestre, Nathan. Una organización transnacional completamente oculta al mundo. Nadie sabe cuántos son, dónde operan ni cuál es su objetivo completo. Lo poco que sabemos lo hemos aprendido observándolos actuar. Siempre al margen. Siempre un paso por delante.

Nathan respiraba con dificultad. Cada palabra abría un nuevo abismo.

-Esas, Jin-ae e Izzy, son los primeros nombres que conocemos de personas que trabajan para la Unión. Por lo menos ahora sabemos que una de ellas es china...

-Coreana -lo interrumpió Nathan.

-¿Cómo?

-Jin-ae es un nombre coreano, no chino. Y la otra, Izzy, es japonesa.

Darius lo miró desconcertado.

-Jin-ae llevaba una especie de casco -le indicó Nathan-. Pero Izzy no lo llevaba puesto cuando me atendió. Vi claramente que era japonesa.

-¿Y cómo sabes que Jin-ae es coreana y no china? -preguntó Darius.

Nathan sonrió.

-Deberías ponerte al día, amigo mío. El nombre lo dice todo. Es coreano, no chino. ¿Sabes? Me he enfrentado muchas veces contigo en combate y casi siempre me has ganado. Pero esa mujer... esa Jin-ae...

-¿Qué pasa con ella?

Nathan guardó silencio unos segundos.

-Solo te diré que no te recomiendo enfrentarte a ella en combate cuerpo a cuerpo.

-¿Tan buena es? -exclamó Darius, un poco irritado.

-Mató a un reptil de más de tres metros, con garras y dientes letales, en menos de diez segundos. Créeme, no tendrías oportunidad alguna -dijo Nathan con una leve sonrisa.

-Hablando de esos bichos... ¿Mencionaron algún nombre? ¿Cómo se llaman? -preguntó Darius.

-Draconarii. Se llaman Draconarii -respondió Nathan-. Y por lo que pude ver y sentir... odian a Jin-ae con una intensidad que va más allá de lo racional.

Nathan cerró los ojos, luchando contra la niebla del dolor.

-Bueno, jefe... entonces, ¿qué soy yo ahora?

Darius lo miró en silencio, con pesar.

-Alguien que ha visto el velo caerse. Y que debe fingir que no ha visto nada... o un nuevo miembro del DAA -respondió Darius-. Tú decides.

El hombre salió de la habitación sin decir nada más, dejando el cancelador de audio aún zumbando.

Nathan se quedó solo.

Pero no dormía.

Porque sabía que, ahora, nada volvería a ser igual.




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