Ecos del abismo

Nivel negro (2020)

Nathan, aún con la negativa del médico, firmó el alta voluntaria. No podía seguir allí, encerrado entre paredes blancas, sintiéndose inútil. Necesitaba respuestas. Lo que había pasado en aquella estación de metro en Nueva York lo perseguía como una sombra. Quince agentes muertos. Quince. Y sentía que era su culpa.

No podía quedarse quieto.

Sacó su móvil y marcó el número de Darius. Tardó solo un tono en responder.

—Vaya —dijo su superior con un deje irónico—. Has tardado poco en llamarme.

—Quiero entrar en la DAA.

Hubo un silencio al otro lado de la línea. Un par de segundos. Apenas nada. Pero Nathan lo sintió como una eternidad.

—¿Estás seguro? —preguntó finalmente Darius, con tono grave—. Una vez lo hagas, ya no hay vuelta atrás.

—Lo sé —respondió Nathan, firme—. Y aun así quiero hacerlo.

Darius soltó una risa breve, casi una exhalación divertida.

—¿Qué ocurre? —preguntó Nathan, algo a la defensiva.

—Nada, no pasa nada. Solo que tú y ella son iguales.

—¿Ella?

—Me refiero a Olivia —aclaró Darius—. Hace menos de una hora me llamó para pedirme autorización para seguir investigando el asunto de la Línea Negra.

—¿Y cómo está? —preguntó Nathan, con una punzada de preocupación.

—Igual de jodida que tú, pero está bien —respondió Darius con honestidad—. Es fuerte.

—¿Y le diste autorización?

—No exactamente. Le hablé de la DAA. No sabes lo difícil que es manejarla.

—¿Manejarla? No entiendo.

Darius soltó una carcajada, más abierta esta vez.

—Es mi sobrina —reveló con un tono de orgullo mal disimulado—. Entró en el FBI siguiendo los pasos de su padre. Dejarla al margen sería más peligroso que incluirla en todo esto. Y en cuanto le mencioné la DAA, no dudó: me pidió ingresar.

Nathan asintió en silencio, comprendiendo.

—Bien entonces, ¿estás decidido a entrar? —preguntó Darius.

—Sí —dijo Nathan—. Necesito saber qué pasó. Necesito entender por qué murieron esos agentes.

Darius suspiró, como si estuviera cargando un peso invisible.

—Te he enviado algo al móvil. Te servirá. Dirígete al JFK. Allí te estará esperando un avión militar. Te llevará directo a Washington.

Nathan bajó la mirada al teléfono. Una notificación: un archivo PDF.

—¿Qué es esto? —preguntó.

—Tu carta blanca. No la pierdas. Ese documento te da permiso total para saltarte todos los controles, tanto en aeropuertos como en instalaciones gubernamentales. Nadie podrá detenerte con eso en la mano.

—Entendido.

—Te espero en tres horas en mi despacho, en Washington.

Y sin más, Darius colgó.

Nathan abrió el archivo. En la pantalla apareció un documento con un sello oficial: Top Secret — Nivel Negro. El más alto de los Estados Unidos. Solo el presidente y unas pocas personas más tenían acceso a ese nivel de autorización.

Nathan respiró hondo.

Ya no había marcha atrás.
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El amanecer apenas asomaba cuando Nathan llegó al aeropuerto JFK. El cielo estaba encapotado, y el asfalto todavía respiraba la humedad de la noche. Vestía ropa civil, llevaba una mochila discreta al hombro y el móvil en la mano, con el archivo PDF aún abierto. No sabía cómo funcionaba exactamente aquel pase, pero confiaba en que la autorización “nivel negro” significara lo que parecía significar.

Cruzó la entrada principal como cualquier pasajero. Pero apenas había dado unos pasos, un guardia de seguridad lo interceptó.

—Disculpe, señor. Necesito ver su pase o billete.

Nathan levantó el móvil, mostrando el documento. El guardia lo miró con ceño fruncido, sin entender bien lo que estaba viendo.

—¿Qué es esto? ¿Quién le ha autorizado?

La tensión subió. El guardia ya había llevado la mano al comunicador del hombro, como si estuviera a punto de pedir refuerzos. Nathan no respondió. Se limitó a mantener el móvil en alto, firme.

Entonces, una voz surgió desde la derecha.

—Está bien, agente Torres. Yo me encargo.

Era otro guardia, pero no vestía igual. Su uniforme tenía una insignia discreta en el pecho, algo que Nathan no reconocía… pero que el primer guardia sí. Se enderezó al instante.

—¿Señor? No sabía que...—

—No tienes que saberlo —interrumpió el hombre de la DAA con un tono frío—. Este agente está autorizado para acceder a la zona restringida. Yo lo escoltaré personalmente.

Nathan asintió sin decir palabra. El primer guardia lo miró, ahora claramente desconcertado, y dio un paso atrás. Ya no era nadie en esa conversación.

El escolta se acercó a Nathan y murmuró, apenas audible:

—Bienvenido a la DAA, agente Nathan. Sígame.

Lo condujo por pasillos que no estaban abiertos al público, puertas traseras, escaleras de emergencia, y un ascensor sin botones visibles. Todo era sobrio, gris y limpio. Nadie los cruzó en el trayecto. En menos de diez minutos, estaban en la pista privada del aeropuerto.

Allí, esperándolo con motores encendidos, se encontraba un C-40 Clipper de aspecto anodino. Gris mate, sin insignias ni matrícula. Como si no existiera oficialmente.

—Su vuelo lo espera —dijo el escolta—. Que tenga buen viaje.

Nathan subió la escalerilla del avión sin mirar atrás. Dentro, el ambiente era silencioso, funcional. Había asientos acolchados, escritorios plegables, pantallas de información encriptada. Cuatro personas más iban a bordo: todos militares. Todos sabían quién era.

Uno de ellos, un hombre de rostro curtido y uniforme sin rango visible, se le acercó.

—Teniente Parker —se presentó, extendiendo la mano—. Nos han informado de su incorporación. Es un honor tenerlo a bordo, agente Nathan.

—¿Este avión es… de la DAA? —preguntó Nathan en voz baja.

—Sí, señor. Solo vuela bajo autorización nivel negro. Lo que ocurre en este avión no figura en ningún registro oficial.

Nathan asintió lentamente, dejándose caer en el asiento junto a la ventanilla. El avión rodó sin aviso por la pista secundaria y, sin anunciarlo, despegó minutos después.




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