Ecos del abismo

Ecos de tiempos antiguos (2020)

La noche había caído sobre la Casa Blanca. Elizabeth McConnell, la primera mujer elegida presidenta de los Estados Unidos, revisaba los últimos documentos del día. De repente, sonó su intercomunicador.

-¿Dime, Andi? -preguntó a su secretario.

-Señora presidenta, el director Darius está aquí.

Elizabeth suspiró.

-Llévenlo a la Sala de Tratados. Lo recibiré allí.

-Sí, señora presidenta -respondió Andi.

Elizabeth firmó los últimos papeles con rapidez y los colocó en la carpeta que reposaba sobre el escritorio. Luego abrió uno de los cajones y sacó un cuaderno de cuero azul. Durante unos segundos lo contempló en silencio, y finalmente se levantó para salir del Despacho Oval.

Caminó por los pasillos de la Casa Blanca en dirección al ascensor que la llevaría a la segunda planta. El aparato subía con rapidez, pero algo en su interior le hacía sentir que la ascensión se volvía eterna. El ascensor se detuvo y la puerta se abrió con un leve chirrido.

Mientras avanzaba por el pasillo hacia la Sala de Tratados, observó a dos agentes del Servicio Secreto asignados a esa zona de la mansión ese día. De pronto, su mirada se posó en uno de ellos. Lo reconoció al instante.

-¿Tristan? -dijo Elizabeth.

-Señora presidenta, me alegra verla -respondió el agente.

-¿Qué haces aquí? -preguntó, sorprendida.

-Mi trabajo, señora. Hace dos meses que me asignaron a este sector.

Elizabeth se acercó al oído del agente, bajando la voz como si temiera que su compañero los oyera.

-Maldita sea, Tris... Lo nuestro terminó hace tiempo.

Él esbozó una sonrisa tranquila.

-Puede estar tranquila, señora presidenta. Nadie sabrá que su antiguo amante forma parte del equipo que la protege.

Elizabeth lo miró con severidad. Su relación había terminado tres años atrás, cuando ella decidió postularse a la presidencia.

Tris se inclinó hacia su oído, con una media sonrisa en los labios.

-¿Sabes? -murmuró con voz baja y segura-. Aunque seas la presidenta, aún recuerdo cómo temblabas cuando te besaba el cuello.

Elizabeth sintió un calor repentino subirle por el rostro. Se irguió al instante, cruzando los brazos con firmeza, como si intentara contener el temblor de sus propios recuerdos.

-No te atrevas a hablarme así -susurró, sin mirarlo, con la voz tensa y contenida.

Tris no respondió. Volvió a su posición de guardia, impecable, aunque en su mirada persistía ese brillo travieso que a Elizabeth tanto le costaba ignorar.

-Agente Emerson -ordenó de pronto, girándose hacia el segundo agente.

-Señora -respondió él, alzando la vista.

-Cuando termine mi reunión, quiero al jefe de seguridad de la Casa Blanca esperándome en la puerta. Solo tardaré treinta minutos. ¿Entendido?

Emerson asintió, visiblemente confundido, y salió en silencio para cumplir la orden.

Elizabeth se giró hacia Tris con una sonrisa sarcástica dibujada en los labios. El joven la observaba como un enamorado que guarda un tesoro que no puede tocar, pero que juró proteger con su vida.

Lo siento, Tris, pensó Elizabeth. La DAA será un buen destino para ti. No quiero que me provoques un escándalo que me joda el mandato.

Respiró hondo, alisó su traje con gesto mecánico y abrió la pesada puerta de la Sala de Tratados. El director Darius la esperaba dentro, acompañado de uno de sus agentes. Ambos se pusieron de pie al verla entrar.

La reunión iba a comenzar.

---

Elizabeth saludó a los dos hombres con un leve gesto y tomó asiento al otro lado de la mesa. Darius Mercez y el agente de la DAA hicieron lo mismo, sin perder la formalidad.

-¿Quién es su acompañante, señor Mercez? -preguntó Elizabeth, clavando la mirada en el desconocido.

-Permítame presentarle al agente especial Nathan Cole, señora presidenta. Es el agente del que le hablé.

-¿El que tuvo el encuentro en la Línea Negra de Nueva York con los agentes de la Unión?

-Sí, señora -asintió Darius.

Elizabeth desvió la mirada hacia Nathan, observándolo en silencio. Lo examinó de arriba abajo, con la frialdad meticulosa de un escáner de seguridad. Nathan se removió, incómodo bajo el peso de aquella mirada implacable.

-Bien -dijo finalmente Elizabeth-. Presénteme su informe.

Darius abrió su maletín y extrajo varias carpetas marcadas con el logotipo de la DAA. Las colocó cuidadosamente sobre la mesa.

-Como puede ver, señora presidenta, es poco lo que sabemos hasta ahora sobre la Unión.

-Ya lo veo, Darius -replicó Elizabeth con tono seco, hojeando una de las carpetas-. Cinco años y aún no tenemos nada concreto. ¿Piensa obtener algún resultado antes de que termine mi mandato? -lo miró fijamente, con una mezcla de escepticismo y frustración.

-Señora presidenta... -intervino Nathan, con voz firme pero respetuosa-. Ahora al menos sabemos qué fue lo que causó el incidente en la estación de la Línea Negra.

-¿Qué fue? -preguntó Elizabeth, alzando una ceja-. ¿Un arma? ¿Un bioagente?

-Un ser -respondió Nathan.

-¿Un ser? -repitió Elizabeth, interrumpiéndolo con incredulidad.

-Sí, señora. Los traficantes de la nueva droga que está invadiendo nuestras ciudades no son humanos.

Elizabeth entrecerró los ojos.

-¿Entonces qué son? ¿Extraterrestres?

Nathan miró de reojo a Darius antes de continuar.

-Sí, señora presidenta. Son de origen extraterrestre. Se hacen llamar los Draconarii.

Un largo silencio se instaló en la sala. Elizabeth bajó la vista, pensativa. Jugó con el borde de una de las carpetas mientras sus pensamientos se agitaban.

-¿Se sabe por qué trafican con esa droga aquí? ¿Qué obtienen a cambio?

-Aún no lo sabemos con certeza -respondió Nathan-, pero estamos investigando. Lo descubriremos.

Elizabeth asintió lentamente, sin ocultar su preocupación.

-¿Y sobre los agentes de la Unión? ¿Tenemos algo nuevo?

-Tenemos el nombre de dos de ellos -intervino Darius.




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