La ventisca azotaba los campos al este de Moscú. El cielo, estaba cubierto por un manto gris plomizo que parecía aplastar el mundo desde arriba. En medio de esa vastedad nevada, una estructura oxidada se alzaba como una herida mal cerrada: la antigua fábrica "Prometey".
Seis figuras descendieron de un camión militar sin placas. El motor quedó en silencio, tragado por el viento.
Viktor Krassov, apenas 20 años, bajó el arma con cautela. No era su primera misión, pero algo en el aire lo hacía sentir como si lo fuera. Tal vez el silencio. Tal vez el presentimiento.
-Comprobación de perímetro -ordenó el teniente Andrei Volkov, con voz seca y firme.
A su lado, Natalia Sokolova barría la entrada con la mirada de quien ya ha visto demasiado. El francotirador Piotr Mikhailov cubría desde la altura de una torreta oxidada. Leonid Chernov, técnico de comunicaciones, sacó un pequeño escáner mientras Dimitri Antonov, el más robusto del grupo, empujaba la puerta principal.
Un chirrido de metal oxidado rasgó la calma.
Dentro, oscuridad.
Luces tenues de linterna recorrieron los muros cubiertos de moho y hollín. El polvo se levantaba con cada paso. El aire olía a humedad, sangre seca... y algo más. Algo eléctrico.
-Movimiento negativo -dijo Piotr por radio.
Entonces, lo vieron.
Primero, una jaula. Luego otra. Y otra más.
Dentro, cuerpos. Humanos. Desnutridos, con heridas abiertas, ojos apagados, algunos murmurando sin sentido.
Detrás, una mesa quirúrgica oxidada. En ella, miembros humanos desmembrados, dispuestos con precisión. Como en un experimento. Como si alguien hubiera estado estudiando o más bien, comiendo.
-Esto no es trabajo de espías -susurró Natalia.
En el extremo del corredor principal, una puerta blindada y medio caída conducía a una sala más amplia. Las paredes allí estaban limpias. Demasiado limpias.
En el centro, suspendida en el aire, flotaba una esfera. Del tamaño de una cabeza. Translúcida. Palpitante. Emitía un zumbido grave, como si respirara.
-¿Qué es eso...? -murmuró Viktor, dando un paso inconsciente hacia ella.
-¡Atrás! -gritó Volkov.
Demasiado tarde.
Chernov ya la había tocado.
Una luz blanca cegadora llenó la sala. El suelo tembló. Entonces, una imagen se proyectó en el aire: un mapa tridimensional del planeta. Varios puntos comenzaron a parpadear en rojo:
- Área 51, Nevada.
- Base de Dulce, Nuevo México.
- Monte Bucegi, Rumanía.
- Sector Omega, Antártida.
- Isla Sentinel del Norte, Océano Índico.
Un patrón. Un mensaje. O una advertencia.
-Corten comunicaciones. Esto va directo al Politburó -ordenó Volkov, ya con el comunicador de corto alcance activado.
Horas después, un convoy blindado del ejército soviético sellaba la zona. Hombres con trajes presurizados extrajeron la esfera, los sobrevivientes y todo resto humano. Nadie hablaba. Nadie preguntaba.
Cuando todo estuvo cubierto, un coronel de inteligencia se acercó al escuadrón y habló con voz neutra:
-Lo ocurrido esta noche... no ocurrió. Esto queda sellado por orden directa del Presidium. Mención alguna será considerada traición. ¿Entendido?
Asintieron.
Viktor subió al camión junto al resto. El motor rugió. Se alejaron por la carretera cubierta de nieve. En el retrovisor, la silueta de la fábrica se perdía entre la niebla.
Ninguno de ellos notó los dos ojos amarillos que brillaban en la oscuridad, entre las sombras de la sala donde había estado la esfera.
Fijos.
Vivos.
Observando.
La esfera se había ido.
Pero aquello que la trajo... seguía allí.
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Moscú. Medianoche.
Viktor cerró la puerta de su apartamento en el bloque 17B, exhalando el frío de la noche. La oscuridad de la calle quedaba atrás, pero la inquietud del día persistía en su pecho como una sombra.
-¡Tardaste! -gritó una voz juvenil desde la cocina.
Era Irina, su hermana menor de 17 años. Tenía el cabello oscuro atado en una trenza, mezclado con ese sarcasmo e inocencia que solo los adolescentes llevan bien.
-Te dije que cenaras sin mí -respondió Viktor, dejando su chaqueta en el perchero.
-¿Y perderme otra de tus anécdotas aburridas de "no puedo hablar de eso"? No, gracias.
Ambos rieron mientras preparaban algo sencillo: sopa, pan, té caliente. Había algo reconfortante en lo cotidiano. Por un instante, Viktor se permitió olvidar lo que había visto aquella noche.
Entonces, el teléfono sonó.
Viktor caminó hacia el viejo aparato de línea fija, aún con la taza de té en mano.
-¿Krassov? -dijo una voz grave al otro lado.
-Sí, soy yo. ¿Quién habla?
-Aquí coronel Malkov. Escucha con atención: tus cinco compañeros han sido asesinados esta noche. Los cuerpos fueron encontrados hace menos de una hora. Creemos que tú podrías ser el siguiente.
Un silencio mortal se apoderó de la sala.
-¿Qué...? ¿Cómo? ¿Quién...? -Viktor apenas podía hablar.
-No lo sabemos, pero si estás en tu casa, sal de ahí ya. No respondas a la puerta. No contestes a nadie. Van por ti.
La llamada se cortó.
Viktor se giró con el rostro lívido. Corrió hasta una estantería del salón y abrió un cajón escondido. Sacó su pistola Tokarev, un cargador extra y una caja de municiones. Irina lo miraba, perpleja.
-¿Qué pasa? ¿Quién llamó?
-Vístete. Rápido. Nos vamos.
Pero fue demasiado tarde.
Un estruendo sacudió el edificio. La puerta de entrada explotó en mil pedazos, lanzando astillas, hierro y fuego dentro del apartamento. El aire se llenó de metralla.
Viktor gritó:
-¡Al suelo!
Se lanzó sobre Irina justo cuando una ola de escombros y chispas los cubría. Ambos rodaron por el suelo mientras fragmentos ardientes saltaban por toda la sala. Una mesa voló en pedazos. El televisor estalló. Las luces se apagaron.
El oído de Viktor zumbaba. Aturdido, con sangre resbalándole por la sien, levantó la cabeza... y lo vio.