El zumbido suave de una maquinaria distante. El cuerpo de Viktor temblaba apenas sobre una camilla metálica. Poco a poco, sus párpados se abrieron con dificultad. El aire le sabía a metal, y cada respiración le dolía en los pulmones. Estaba vivo... pero no entendía por qué.
Frente a él, desenfocada al principio, apareció la silueta de una niña morena, de unos doce años, con ojos azules muy claros. Su cabello largo descansaba sobre su hombro izquierdo. No hablaba. Solo lo miraba con una mezcla de curiosidad y calma. Vestía una túnica sin adornos de un tono gris azulado que reflejaba la tenue iluminación del lugar.
Viktor se incorporó con esfuerzo, tambaleándose.
-¿Dónde estoy? -preguntó con la voz ronca.
La niña no respondió. En silencio, se volvió hacia una consola al costado de la sala y pulsó un botón.
-Alex... ha despertado.
Viktor frunció el ceño. Se puso de pie con torpeza, pero decidido.
-¿Dónde estoy? ¿Dónde está mi hermana?
Una voz respondió desde la penumbra:
-Está muerta, Viktor.
Viktor giró de inmediato hacia la voz.
-¡Eso es mentira!
-Iris, llévalo -dijo la misma voz-. Tiene que verlo con sus propios ojos.
Iris, con un rostro inexpresivo pero con una mirada profundamente humana, se acercó a él. Sin decir una palabra, comenzó a caminar. Viktor la siguió.
Avanzaron por pasillos limpios, de paredes curvadas y luces suaves. El ambiente parecía clínico, pero también ajeno, como surgido de un sueño extraño. Finalmente, una puerta se abrió con un leve sonido hidráulico.
La sala estaba fría. En el centro había una mesa metálica, como las de hospital, y sobre ella yacía un cuerpo tapado con una sábana. El corazón de Viktor latió con violencia mientras se acercaba.
Retiró lentamente la tela, revelando el rostro sin vida de su hermana.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
-No... No puede ser... -susurró.
-Lo es. Es tu hermana -dijo Iris con una voz suave-. Lo siento.
Viktor se volvió hacia ella con los ojos empañados.
-¿Por qué? Tú no la mataste. Fueron esas malditas bestias...
-Draconarii -intervino Alex, entrando a la sala.
Viktor lo miró, desconcertado.
-¿Qué dijiste?
-Draconarii. Así se llaman. Son reales, Viktor. Y sí, son alienígenas.
Iris bajó la cabeza.
-Lo que intento decir -añadió- es que lamento no haber sido más rápida. Si te hubiera localizado a tiempo, quizás ella estaría viva.
Viktor la observó. No con odio, sino con un dolor que parecía haberse incrustado en sus huesos.
-No fue tu culpa -murmuró-. La culpa es de esos... Draconarii. Pero no entiendo... ¿por qué nos atacaron? Solo soy un agente. No sé dónde llevaron esa cosa... la esfera.
-Ven -dijo Alex-. Hay cosas que necesitas saber.
Reanudaron la marcha por los pasillos. El silencio de Viktor pesaba tanto como sus pasos.
-¿Dónde estoy? -preguntó al fin.
-En la Quimera -respondió Alex-. Mi nave espacial.
-¿¡Nave espacial!? ¿Entonces ustedes... son alienígenas?
Alex esbozó una media sonrisa.
-No. Somos humanos. Como tú.
-¿Y entonces cómo explicas esta nave?
Alex se detuvo y lo miró de frente.
-Digamos que nací humano... pero no soy un humano común. Los humanos normales me llamarían... mutante.
Viktor lo miró, perplejo. Alex se giró y siguió caminando.
-Mutante... -murmuró Viktor.
Sintió entonces un leve toque en la espalda. Los dedos de Iris, fríos y suaves, le indicaron que continuara.
Cruzaron otra puerta. En la sala, Alex lo esperaba sentado en un sillón.
-Siéntate -le dijo-. Hay muchas cosas que debo contarte. Pero lo que sí puedo asegurarte, Viktor Krassov... es que tu vida está a punto de cambiar para siempre.
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La tensión en la sala era palpable. Iris permanecía de pie, inmóvil, vigilante como una sombra. Alex se acomodó frente a Viktor con calma, sus dedos deslizándose por la consola como si fuese parte de él.
-Te haré un resumen de mi vida hasta ahora, niño -dijo con un tono curioso, casi paternal-. Me llamo Alex Ortega. Nací en 1974, en Ronda, España.
Viktor lo observó, intrigado, sin interrumpir.
-Mi madre estaba embarazada de apenas un mes cuando tuvo un encuentro... inusual. Una esfera apareció en mitad de la carretera, justo delante de su coche. Si ella no hubiera bajado y la hubiera tocado, yo no estaría aquí hoy. O al menos, no sería lo que soy ahora.
Hizo una pausa y lo miró directamente a los ojos.
-Desde ese momento, comencé a mutar dentro de ella. Nací con la mente de un adulto de veinte años y una inteligencia descomunal. A los cinco años ocurrió un incidente que muchas personas vieron. Por eso, tuvimos que mudarnos de la ciudad al campo. Allí podía vivir sin que la gente me señalara.
-¿Incidente? -preguntó Viktor con interés.
Alex sonrió como quien recuerda una travesura.
-A los cinco años descubrí mis primeros poderes: telepatía y telequinesis. Un día, en la guardería, simplemente comencé a flotar. Subí... y seguí subiendo hasta quedar suspendido a cincuenta metros sobre el suelo. Imagínatelo.
Los ojos de Viktor se abrieron con asombro.
-Eso sería... una locura.
-Lo fue. Y créeme, todos los que estaban allí también pensaron que lo era.
La sonrisa de Alex se volvió nostálgica, cálida.
-A los seis años comencé a construir esta nave: la Quimera. A los ocho, realicé el primer viaje galáctico de la historia humana.
Pulsó un botón en la consola y un holograma se desplegó en el aire. Un planeta majestuoso apareció, cubierto de océanos brillantes, montañas flotantes y estructuras alienígenas que parecían desafiar la física.
-Este es Lótherys. Sede de la Alianza Galáctica. A mil quinientos setenta y ocho años luz de la Tierra. Allí conocí a los Draconarii. De hecho, luché contra uno en un combate a muerte por el control de la Tierra y de otros veinte mundos.