El sol del desierto caía a plomo sobre los esqueletos metálicos de la ciudad. Torres inacabadas se alzaban como colosos dormidos, cubiertos de andamios, grúas automatizadas y placas solares aún sin conectar. En los cielos, drones zumbaban como insectos de guerra, mientras abajo, robots constructores recorrían calles de polvo y concreto fresco, ensamblando estructuras con precisión inhumana.
La ciudad aún no respiraba vida, pero ya estaba despertando.
En uno de los comedores principales -una sala aún vacía, con mesas envueltas en plástico y polvo de obra-, Iris comía su ensalada de frutas en silencio. El zumbido de soldaduras y motores eléctricos llenaba el aire como un lejano murmullo mecánico.
-¿Dónde está Alex? -preguntó una voz detrás de ella.
Iris giró la cabeza con tranquilidad. Era Viktor, con el uniforme técnico arrugado, el cuello desabrochado y la cara manchada de polvo.
-¿Alex? En Venus, creo -respondió ella, llevándose un trozo de mango a la boca.
Viktor frunció el ceño y dejó su bandeja sobre la mesa antes de sentarse frente a ella.
-¿Venus? ¿Estás hablando en serio?
-Sí -dijo con calma-. Está supervisando la construcción de un astillero orbital. Naves para la flota.
-Pero... ¿en Venus? -repitió Viktor, incrédulo-. Todas las sondas que se enviaron allá fueron destruidas. Estados Unidos, Rusia, China... nadie ha conseguido nada. La presión, el calor, el ácido sulfúrico...
Iris soltó una risa leve.
-Exacto. Entraron en el infierno sin estar preparados. Pero Alex... Alex no es cualquiera.
-Aun así -insistió Viktor-, ¿vale la pena arriesgarlo todo?
-No hay lugar más seguro para ocultar un astillero que un planeta donde nadie quiere mirar -dijo ella, con seriedad-. Y la Quimera puede entrar en la atmósfera y salir sin un rasguño. Alex no improvisa. Si está allí, es porque todo está calculado.
Viktor suspiró, mirando por el ventanal. Un enjambre de drones descendía sobre una torre a medio construir. El cielo estaba despejado, pero la ciudad seguía pareciendo un lugar fantasma.
Entonces, la tablet de Iris vibró sobre la mesa con un zumbido agudo. Ella la activó sin dudar. Una luz azulada emergió del dispositivo, proyectando un holograma que flotó frente a ellos.
La figura que apareció era la de Alex. Vestía un traje técnico oscuro con el emblema de la Quimera en el pecho. Su cabello estaba revuelto y su rostro, aunque joven, proyectaba una calma inquietante.
-Iris -saludó Alex desde el puente de mando de su nave.
-Justo hablábamos de ti -respondió ella, sonriendo-. ¿Cómo va la misión?
-En marcha. Estoy llegando al punto orbital. Todo según lo previsto.
Detrás de él, se escuchaba un rugido grave, como si la nave gimiera bajo presión. Un sonido profundo, metálico, constante, como una tormenta eléctrica contenida dentro de un tambor de acero.
-¿Y ese ruido? -preguntó Viktor, entrecerrando los ojos.
Alex se giró levemente hacia un panel sin mostrar la más mínima inquietud.
-¿Eso? Nada importante. Es la atmósfera de Venus: presión brutal, vientos de 300 km/h y ácido sulfúrico derritiendo las capas externas del casco. Pero estamos bien.
Viktor soltó una carcajada.
-Si no pasa nada... Contigo nunca pasa nada.
La cámara holográfica giró, revelando el interior de la Quimera: una sala de mando oscura, llena de pantallas y luces de advertencia. El rugido se mantenía, vibrando como un latido mecánico.
-Iris -dijo Alex con voz más técnica-. Ya he desplegado las semillas de Vantarion-HX9 y Luxithar-C7. La computadora estima que el proceso de generación de la base tardará tres días. Estaré incomunicado durante ese tiempo.
-Entendido -asintió Iris.
Alex giró la vista hacia Viktor.
-¿Cómo te encuentras?
-Mal -respondió, con voz apagada-. Perdí a mi hermana hace menos de cuatro días.
Hubo un silencio breve.
-Lo siento -dijo Alex, bajando la mirada-. Espero que el lugar donde la enterramos esté a la altura de tus recuerdos.
Viktor sonrió, con nostalgia.
-Sí... me encanta. Y sobre todo verla. Sé que está muerta, pero parece dormida. Gracias por eso.
-Era lo menos que podía hacer.
-Gracias de verdad -dijo Viktor, más sereno.
-Iris -retomó Alex, recuperando su tono de comandante-. Necesito que hagas una investigación en la base.
-¿Qué debo buscar?
-Cuando salía de la Tierra, los sensores de la Quimera detectaron algo. Una señal camuflada. Podría tratarse de una nave... sobre Corea del Sur.
-¿Una nave? -repitió Iris, en alerta.
-Sí. Según los datos, es una nave gris. Estaría en la zona de Busan. Necesito que lo confirmes.
Iris tragó saliva.
-¿Y si son los grises?
-Entonces tendrás que actuar. Viktor puede ayudarte.
Una alerta suave sonó detrás de Alex. Él giró ligeramente la cabeza, como escuchando una orden silenciosa.
-Tengo que irme. Os dejo la tarea. Mucha suerte.
-Buena suerte a ti también, comandante -dijo Iris.
-Nos vemos -añadió Viktor.
El holograma parpadeó y desapareció.
Quedaron en silencio por unos segundos.
-¿Los grises? -preguntó Viktor al fin.
Iris se recostó contra la silla, mirando al exterior.
-Verás... cuando Alex fue al planeta capital de la Alianza Galáctica, no solo salvó veinte mundos -incluida la Tierra- en un combate de honor contra los Draconarii. También ganó algo más: se convirtió en el representante legal de la humanidad.
-¿Quieres decir que Alex es el dueño de la Tierra?
-No exactamente. No es su dueño, es su representante ante la Alianza. Eso le da poder... pero también enemigos.
-¿Como los grises?
-Y los Draconarii. Hay una ley galáctica que prohíbe conquistar planetas primitivos por la fuerza. Si lo hacen, son eliminados.
-Entonces estamos protegidos...
-No del todo -replicó Iris-. Existe un vacío legal. Si los propios habitantes del planeta invitan a otra raza -como los grises o los Draconarii-, entonces esas razas obtienen legitimidad diplomática. Y la Alianza no puede intervenir.