Ha-eun estaba sentada en el suelo, con la espalda apoyada contra el sofá. Sus ojos, fijos en la pantalla del televisor, brillaban con inquietud. El resplandor azul de las noticias iluminaba su rostro pálido. No pestañeaba. No respiraba profundo. Solo miraba.
Llevaba días siguiendo con obsesión las noticias. Algo oscuro había comenzado a suceder en Busan. En apenas 48 horas, se habían reportado siete asesinatos. Pero lo más perturbador no era la cifra... sino quiénes eran los asesinos.
Gente común. Vecinos, estudiantes, trabajadores. Personas normales que, de pronto, estallaban en una violencia sin sentido. Atacaban a quienes tuvieran cerca. Como si algo se hubiera roto dentro de ellos. La policía, impotente, no tenía otra opción más que disparar para detenerlos.
-Esto no tiene sentido... -susurró Ha-eun para sí misma, con voz temblorosa.
En pantalla, un presentador de rostro pálido explicaba lo que se sabía:
-La situación en Busan se ha deteriorado rápidamente. Las autoridades sospechan de una posible toxina ambiental o un virus desconocido que afecta el comportamiento humano. A esta hora, el número de víctimas supera los cincuenta. Se recomienda permanecer en casa y evitar el contacto con personas alteradas o violentas...
Ha-eun abrazó sus piernas, protegiendo su vientre con los brazos. El miedo le comprimía el pecho como una mano invisible. Min-ho debía haber regresado hace horas. Cada minuto sin noticias de él era como una aguja punzando la carne, una espiral de pensamientos oscuros.
El estómago revuelto, la garganta cerrada, las manos frías. Esa mezcla terrible de ansiedad y terror que se siente cuando alguien que amas puede estar en peligro y no puedes hacer nada. Una impotencia que raspa el alma.
De pronto, el sonido metálico del teclado digital de la puerta rompió el silencio.
Ha-eun se puso tensa. El corazón le dio un vuelco. Se giró lentamente hacia la entrada.
-¿Min-ho...? -susurró con la voz entrecortada.
La puerta se abrió con un pitido suave y, para su alivio, Min-ho entró apresuradamente, empapado por la lluvia.
-¡Ha-eun! -exclamó al verla en el suelo-. En tu estado no deberías estar ahí sentada.
Intentó levantarse, pero el peso de su vientre le impidió incorporarse sola.
Min-ho corrió hacia ella, se arrodilló y la ayudó con cuidado, sosteniéndola por los brazos hasta que estuvo de pie.
Ella se abrazó a él con fuerza, sollozando.
-Estaba tan preocupada por ti... -dijo entre lágrimas.
Min-ho le acarició el cabello y la condujo con ternura hasta el sofá.
-No deberías ver las noticias, solo están llenas de horror. Ven, siéntate aquí.
Ella obedeció. Respiró hondo, tratando de calmarse.
Entonces, un pequeño movimiento en su vientre la hizo sonreír.
-Vaya... parece que nuestra hija también está nerviosa -dijo, posando una mano sobre su panza.
Min-ho se inclinó y apoyó el oído. Sintió una leve patada.
-¡Tienes razón! -rió-. Está inquieta. Tal vez presiente algo... o simplemente quiere nacer ya.
-Aún me falta una semana para salir de cuentas -respondió Ha-eun, besándolo suavemente en la frente-. Si sale igual de inquieta que tú, se comerá el mundo.
-¿Cómo estuvo el trabajo? -preguntó ella, con tono más relajado.
-Difícil. La ciudad está extraña. Es peligroso andar por ahí. La gente... está cambiando.
Ambos volvieron la vista al televisor.
El presentador interrumpió su informe y se llevó una mano al auricular. Algo pasaba.
-Estamos recibiendo imágenes en vivo... atención...
La señal cambió abruptamente a una toma en exteriores. Una reportera, temblorosa, enfocaba el cielo.
-¡Dios mío...! -susurró Ha-eun, llevándose la mano a la boca.
Una gigantesca nave espacial flotaba sobre Busan. Silenciosa. Inmensa. Imposible.
La cámara temblaba mientras la multitud gritaba fuera de plano.
Min-ho se levantó instintivamente, acercándose al televisor como si pudiera entender mejor desde allí.
-¿Eso es real...? -dijo con incredulidad.
Ha-eun, aún sentada, sintió cómo un escalofrío recorría su espalda.
El presentador volvió a hablar con la voz alterada:
-Confirmamos que una estructura no identificada ha aparecido sobre la ciudad. La situación es completamente inédita. Por lo tanto, ante los disturbios en la ciudad y la gran nave que ha aparecido, las autoridades recomiendan que permanezcan en sus casas.
Ha-eun tomó la mano de Min-ho.
-¿Qué está pasando, Min-ho...? ¿Qué está pasando con el mundo?
Min-ho no respondió. Solo la abrazó con fuerza. Afuera, las sirenas comenzaban a sonar. Y el cielo... ya no era el mismo.
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La lluvia golpeaba con insistencia los ventanales. Dentro, el resplandor del televisor llenaba la habitación con tonos azulados. Min-ho y Ha-eun observaban en silencio las noticias: la imagen congelada de la nave nodriza sobre Busan no dejaba de repetirse.
De pronto, Min-ho frunció el ceño.
-¿Lo sentiste...? -preguntó, llevándose una mano al pecho.
El aire vibraba ligeramente, como si la atmósfera se hubiera cargado de electricidad. Un zumbido apenas perceptible flotaba en el ambiente, como si la realidad misma se estuviera tensando.
Y entonces, sucedió.
Un rayo diminuto, como una descarga azul, cruzó el comedor con un chasquido seco.
-¡¿Qué fue eso?! -exclamó Ha-eun, retrocediendo.
Otro rayo. Luego otro. Y otro. Uno tras otro, convergieron en el mismo punto, formando una esfera de energía giratoria en medio del aire, justo entre la mesa y la estantería.
Min-ho y Ha-eun se alejaron rápidamente, cubriéndose el rostro. La esfera giraba cada vez más rápido, emitiendo un zumbido agudo y un destello cegador.
Y luego... silencio.
La esfera desapareció, dejando en su lugar un vacío oscuro: una especie de agujero flotante en el aire. No parecía natural. Se retorcía, como si la tela del universo hubiera sido desgarrada.