Ecos del abismo

El despertar de Yeon seo (1982)

Iris observaba la pantalla principal con el ceño fruncido. Busan había vuelto a la normalidad en menos de una semana: sesenta muertos archivados como “epidemia misteriosa”, la nave nodriza que colgaba un día entero sobre la ciudad convertida en un rumor que nadie repetía. Como si alguien hubiera pulsado un botón y borrado la memoria colectiva del planeta.

Y luego estaba la orden de Alex: proteger a los dos jóvenes coreanos y llevarlos a Bir Tawil.

¿ Qué demonios trama este niño?

Ha-eun y Min-ho descansaban en la habitación asignada, hablando en susurros. Aún olían a humo y miedo.

Un pitido estridente rompió el silencio.

—Es la Quimera —anunció la IA—. Solicita permiso para aterrizar.

—Concedido —respondió Iris entre dientes.

La nave descendió sin ruido, mientras sus luces cortaban el crepúsculo. La escotilla se abrió con un siseo suave. Alex salió solo, con la mirada fija.

—¿Dónde están? —preguntó sin saludar.

—En su cuarto —dijo Iris—. Viktor está en el cementerio, con su hermana.

Alex asintió apenas y se dirigió al pasillo sin esperar. Iris lo siguió,con el estómago encogido.

Abrió la puerta sin llamar.

Ha-eun y Min-ho se quedaron helados. Alex levantó un pequeño dispositivo; ambos cuerpos se tensaron, inmovilizados. Después apuntó a Ha-eun y la elevó unos centímetros del suelo, ingrávida.

Iris sintió un escalofrío.

Alex acercó un cilindro metálico al vientre de la mujer. Un haz azul frío recorrió la piel. Ha-eun apretó los ojos; una lágrima rodó por su mejilla.

El aire vibró. Un campo translúcido envolvió su abdomen. Lentamente, sin sangre ni corte, el bebé emergió flotando dentro de una esfera luminosa que lo mantenía vivo.

Iris contuvo el aliento.

Alex observó al recién nacido. La luz de la esfera viró a un verde enfermizo. Bajo la piel casi transparente del bebé, algo negro se movía, extendiéndose como venas vivas.

—Iris… —la voz de Alex sonó ronca—. Es peor de lo que pensé.

Depositó la esfera en un soporte médico que ascendió del suelo. La sombra interior creció, retorciéndose.

—¿Qué es eso? —susurró Iris.

—Una reina Drenka —dijo Alex—. Fusionada con ella. Si no la sacamos ya, la niña morirá… o la usará como puerta para infectar todo el planeta.

Liberó a Min-ho con un gesto. El joven cayó de rodillas junto a la cápsula, temblando.

—Ayúdame si quieres que tu hija viva —le dijo Alex.

Min-ho alzó la vista, sus ojos estaban rojos.

—Haré lo que sea.

—Iris, quédate con la madre. Tú, ven conmigo.

---

En la enfermería, los monitores pitaban con ritmo estable. Min-ho no podía apartar la vista de la cápsula: su hija respiraba tranquila, pero esa sombra negra seguía moviéndose bajo su piel.

Alex preparaba instrumental en silencio.

—¿Cómo… cómo la sacaste sin hacerle daño a Ha-eun? —preguntó Min-ho con voz rota.

—Tecnología que no entenderías —respondió Alex sin mirarlo—. Y que no importa ahora.

Se remangó y se pinchó el antebrazo con una aguja fina. De la herida brotó un líquido azul brillante que chispeó antes de cerrar la piel en segundos.

Min-ho abrió los ojos como platos.

—Esa sangre… va a entrar en mi hija.

Alex asintió mientras diluía el líquido en un frasco mayor.

—Es lo único que puede matar a la reina sin matar al huésped —dijo—. Pero no será agradable. La niña va a sufrir. Mucho.

Min-ho apretó los puños hasta que los nudillos se pusieron blancos.

—¿Y si no lo haces?

—La reina madurará en horas. Usará su cuerpo para poner huevos. Miles. Y luego… adiós humanidad.

Min-ho tragó saliva.

—¿Estás seguro de que funcionará?

—No —admitió Alex—. Pero es la única posibilidad.

Silencio pesado.

Min-ho miró a su hija. Tan pequeña, tan frágil.

—Hazlo —dijo al fin, con la voz temblorosa pero firme—. Aunque grite. Aunque duela. Hazlo.

Alex conectó la sonda a la cápsula y comenzó a inyectar el líquido azul.

La luz se intensificó. De pronto, los monitores pitaron en rojo. La niña se agitó violentamente dentro de la esfera; un llanto agudo, inhumano, llenó la habitación. La sombra negra se debatió como una serpiente acorralada, intentando aferrarse.

Min-ho dio un paso adelante, instinto paternal, pero Alex lo detuvo con un brazo.

—No la toques. Aún no.

El llanto subió de volumen. La niña arqueó la espalda; venas negras recorrieron su piel un instante antes de retroceder.

Alex sudaba, pálido.

—Vamos… suéltala…

Un sonido gutural, casi un rugido, escapó de la esfera. La sombra se desprendió de golpe, flotando un segundo como humo denso antes de disolverse en nada.

El llanto cesó tan bruscamente como empezó. Los monitores volvieron al verde. La niña respiró hondo y se calmó, con la piel limpia.

Min-ho se dejó caer junto a la cápsula, las lágrimas salieron de sus ojos sin vergüenza.

—Gracias… —susurró.

Alex se apoyó en la pared, agotado.

—No me des las gracias todavía —dijo con una media sonrisa cansada—. Mi sangre cura… y cambia. No sé qué poderes tendrá, pero los tendrá. Y eso atraerá atención.

Min-ho lo miró, entre asustado y maravillado.

Alex se enderezó.

—Necesito comer algo antes de desmayarme. Quédate con ella.

Salió sin más.

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En el comedor, Viktor removía un café frío.

—A ti te quería ver, capitán en potencia —dijo Alex al entrar, con tono más ligero.

Viktor alzó una ceja.

—¿Capitán en potencia? ¿Desde cuándo eres tú el que reparte títulos, mocoso?

Alex desactivó el holograma con un gesto; su cuerpo real, pequeño y delgado, apareció.

—Desde que la segunda nave estará lista en dos días y quiero que la mandes tú.

Viktor se quedó quieto.

—¿Yo? ¿Por qué yo?

—Porque confío en ti —respondió Alex simplemente—. Y porque alguien tiene que vigilarme la espalda cuando me meta en líos más grandes.




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