La lluvia caía en hilos delgados sobre la ciudad, de Nueva York dibujando surcos en los cristales de los coches estacionados. Tristan subió la solapa de su abrigo y siguió el mapa que le habían enviado por correo. El lugar no aparecía en ninguna guía ni directorio público, pero ahí estaba: un edificio de piedra oscura, encajado entre dos torres de oficinas modernas como si fuera un vestigio de otra época. Ningún cartel. Ninguna marca. Solo una puerta doble de madera envejecida y un timbre sin nombre.
Al presionarlo, un sonido seco resonó al otro lado. Un mecanismo interno liberó la cerradura.
El vestíbulo estaba iluminado por lámparas amarillentas, y el aire tenía ese olor difícil de definir: mezcla de café recalentado, papel viejo y... algo más, algo metálico. A la derecha, un reloj antiguo marcaba las 08:47, aunque Tristan estaba seguro de que no se movía. El silencio era tan denso que podía oír el golpeteo de las gotas resbalando de su abrigo.
-¿Tú también eres nuevo? -preguntó una voz detrás de él.
Se giró y vio a una joven de cabello oscuro recogido en una coleta alta, con un par de mechones rebeldes enmarcando su rostro. Llevaba una carpeta bajo el brazo y un bolígrafo que giraba distraídamente entre los dedos.
-Supongo que sí -respondió Tristan, forzando una sonrisa que traicionaba su nerviosismo-. Tristan... pero puedes decirme Tris.
-Lena -dijo ella, con una leve inclinación de cabeza-. Me dijeron que esperara aquí... aunque no me dijeron para qué.
No hubo tiempo para continuar la conversación. Un hombre alto, de traje perfectamente planchado y corbata oscura, apareció por un pasillo lateral. Sus pasos eran tan medidos que parecían parte de un ritual. El cabello entrecano y la expresión imperturbable le daban un aire de autoridad incuestionable.
-Tristan. Lena -pronunció sus nombres como si ya supiera más de ellos de lo que deberían-. Soy Darius, director del Departamento de Asuntos Anómalos. Bienvenidos.
No ofreció la mano ni sonrió. Solo giró sobre sí mismo y comenzó a caminar, esperando que lo siguieran.
El pasillo estaba flanqueado por archivadores metálicos sin etiquetas y puertas con cerraduras reforzadas. En las paredes, fotografías que mostraban escenas que Tristan no supo interpretar: lugares vacíos con sombras extrañas, objetos irreconocibles bajo vitrinas, rostros desenfocados mirando a la cámara.
Al final del corredor, un hombre esperaba apoyado contra la pared. Llevaba la camisa arremangada, una cartuchera al cinto y un gesto que oscilaba entre el desinterés y la impaciencia.
-Nathan -dijo Darius, sin mirarlo-. Es el jefe de una de nuestras unidades de campo. Él se encargará de evaluar si ustedes... encajan.
Nathan les dio una rápida mirada de arriba abajo, como quien calibra una herramienta antes de usarla.
-Síganme -les ordenó con voz grave-. Esto no es un tour.
Tristan intercambió una última mirada con Lena. No era miedo lo que vio en sus ojos, pero sí algo parecido: una intuición de que, a partir de este momento, nada volvería a ser normal.
Nathan no dijo nada mientras los guiaba hasta un ascensor de puertas metálicas pulidas. El zumbido leve de la maquinaria se hizo presente en cuanto entraron. Cuando el ascensor comenzó a descender, Tristan frunció el ceño y se inclinó ligeramente hacia Lena.
-¿Bajamos? -susurró-. Yo pensaba que íbamos a subir.
-Yo también -murmuró Lena, mirando el panel donde los números descendían más allá del cero-. Esto es raro.
Nathan, que había escuchado, se volvió con una media sonrisa.
-Su lugar de trabajo no están en los pisos de arriba, sino en el sotano-les indico Nathan, intentando que su voz sonara siniestra.
Nathan se cruzó de brazos.
-Ahora debo decirles algo. Lo que van a ver es alto secreto, nivel negro. El más alto que existe. Solo el presidente y unos pocos altos mandos tienen autorización para entrar aquí.
Tristan levantó las cejas, incrédulo.
-Eso significa que... si contáramos algo...
-Exacto -lo interrumpió Nathan, con un brillo gélido en la mirada-. Si revelan una sola palabra de lo que están a punto de ver, pueden darse por muertos.
El estómago de Tristan se encogió; sintió un sudor frío recorrerle la espalda. Lena, en cambio, mantuvo una expresión neutra, aunque sus dedos jugueteaban con el borde de su carpeta.
El ascensor se detuvo con un suave tirón. Las puertas se abrieron y un pasillo estrecho, iluminado con luces blancas, se extendía ante ellos. Avanzaron unos metros hasta llegar a una puerta blindada. Nathan pasó una tarjeta por un lector; un clic metálico confirmó la apertura.
Al otro lado se desplegaba un enorme corredor central, tan largo que la vista se perdía al final. A ambos lados, docenas de puertas numeradas llevaban a otras salas y oficinas. El aire estaba climatizado y olía a metal, aceite y ozono.
En un punto intermedio, un guardia uniformado vigilaba. Nathan se acercó.
-¿Dónde está Olivia?
-En la sala de armamento, señor -respondió el guardia-. Está probando los nuevos trajes de combate.
Nathan frunció el ceño.
-¿Nuevos trajes de combate?
-Sí, señor. Mientras usted y el director Darius estaban en Washington, algo apareció en nuestra puerta. La capitana Olivia cree que es material de la Unión. Venía con un mensaje: "Espero que esto les sirva de ayuda. Firmado: Izzy."
Tristan arqueó las cejas, sorprendido. Nathan se quedó inmóvil un segundo, procesando la información. Lena, en cambio, contuvo un leve movimiento de satisfacción; sus labios se curvaron apenas, y por un instante sus ojos brillaron con un destello que parecía saber más de lo que decía.
-Vamos -ordenó Nathan, con un gesto para que lo siguieran.
El grupo caminó hasta llegar a una amplia sala donde el olor a aceite y metal era más intenso. En el centro, tres grandes cajas abiertas revelaban su contenido: pequeños dispositivos en forma de moneda, brillando bajo la luz blanca. Entre ellas, una mujer de cabello recogido y uniforme negro ajustado revisaba cada pieza con meticulosa atención.