La lanzadera vibraba con un pulso grave mientras se acercaba lentamente a la silueta colosal de la Victoria, nave insignia de la Unión Terrestre.
A través del ventanal, la almirante Yeon contemplaba la inmensidad del crucero: kilómetros de blindaje negro atravesados por líneas de energía azulada, cañones orbitales desplegados como lanzas apuntando hacia la Tierra.
A su lado, la Heracles y la Poseidón mantenían formación cerrada, flanqueando a la Victoria como guardianes titánicos. Entre ellas, más pequeña pero no menos vital, la fragata médica Artemisa aguardaba lista para intervenir en cualquier contingencia.
-Heracles, Poseidón, aquí Yeon -ordenó con voz firme-. La Victoria contendrá a la flota draconarii. Ustedes reforzarán a nuestras tropas de tierra y protegerán a la Artemisa. Eliminad cualquier nave de apoyo Draconarii. Autorización para entrar en la atmósfera terrestre concedida.
-Bien, damas y caballeros... empecemos.
-¡Esto no es justo! -dijo una voz femenina a través de los altavoces de la lanzadera.
-¿Izzy? ¿Qué ocurre, maldita mocosa? -respondió Yeon.
-¡Que siempre te quedas con la diversión y a nosotras nos dejas lo aburrido!
-Izzy, no hay tiempo para tonterías.
-No son tonterías, almirante. La Victoria es poderosa... pero una sola contra treinta... -la voz de Izzy sonaba preocupada-. Llévate también a la Poseidón; la Heracles podrá manejar sola lo de abajo.
-Además, Jin Ae se está riendo. Lleva años recibiendo tus regaños por arriesgarse demasiado. Creo que espera que esta vez seas tú quien reciba la bronca -añadió Izzy con una risa contenida.
Yeon suspiró, mezclando tensión con un toque de afecto.
-Dile a Jin que se calme. Estaré bien. Y si me echa la bronca... la pondré a limpiar las letrinas de la Victoria durante una semana.
-¡Solo cuídate! -exclamó Jin Ae.
-Yo también te quiero, Jin -respondió Yeon.
-Mi lanzadera está acoplando a la Victoria. Cumplan sus órdenes, soldados.
-¡Sí, señora! -contestaron Jin Ae e Izzy antes de cortar la comunicación.
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El puente de la Victoria era un hervidero de actividad. Hologramas tácticos proyectaban la aproximación de las naves draconarii: cientos de cápsulas de descenso en formaciones cuadradas y escalonadas, cada una cargada con doscientas unidades de combate.
-Almirante, los draconarii han lanzado cien cápsulas, cada una con doscientas unidades -informó el comandante Roth, primer oficial de la Victoria.
Yeon fijó la mirada en las pantallas, calculando mentalmente los tiempos de reacción.
-Alerta roja. Todas las baterías principales y secundarias, fuego a discreción. Ninguna lanzadera ni nave enemiga debe alcanzar la superficie.
Las torretas giraron al unísono. Los cañones de energía orbital escupieron ráfagas que atravesaban el vacío, destruyendo las primeras cápsulas en explosiones cegadoras. Misiles antinaves surgieron de la Victoria como flechas de luz, interceptando lanzaderas que intentaban romper la formación.
-Impactos confirmados: veintitrés de treinta unidades destruidas en el primer ataque -informó el oficial de armas-. Formación enemiga fracturada.
-Reacomoden la barrera defensiva. Torretas dorsales, al máximo de carga. Nueva oleada aproximándose desde el flanco izquierdo -ordenó Yeon.
Los sensores de la Victoria seguían a la Heracles y la Poseidón entrando en la atmósfera terrestre. Interceptaban las lanzaderas enemigas que lograban pasar. La Artemisa descendía tras ellas; aunque equipada con escudos y armas, estaba protegida por las dos naves de guerra.
Cada segundo contaba; cada disparo era una decisión de vida o muerte. La batalla por la atmósfera terrestre no era solo un enfrentamiento: era una coreografía letal de cálculo, reflejos y estrategia.
Las tres naves iniciaron su entrada en la atmósfera, envueltas en columnas de fuego de fricción que iluminaban sus contornos. Sus escudos y blindajes resistían el calor extremo. Bajo ellas, la ciudad de Rapid City ardía: incendios y explosiones reflejaban la batalla que ya se libraba en las calles.
-Comandante Roth -ordenó Yeon con voz firme-. Mantenga los cañones laterales a máxima potencia y prepare un patrón de barrido en espiral. No podemos permitir que ningún draconarii toque tierra.
El puente entero se movía como un organismo coordinado. Hologramas se iluminaban con explosiones, advertencias y objetivos prioritarios. La Victoria se convirtió en un coloso de fuego y energía: un muro infranqueable que sostenía la última línea de defensa de la Tierra.
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En tierra, el grupo del teniente Parker alcanzó la terminal del aeropuerto guiado por Mara. Todo estaba cargado de tensión. Apenas una hora antes, ella había entregado a tres guardaespaldas de la presidenta un traje de combate idéntico al suyo, además de preparar uno especial para la mandataria.
Las puertas automáticas de la terminal se abrieron con un silbido. Los soldados entraron en formación; sus pasos firmes resonaban contra el piso. El eco metálico de sus botas atrajo de inmediato todas las miradas.
Los agentes del Servicio Secreto reaccionaron al instante.
-¡Alrededor de la presidenta, ya! -ordenó uno de ellos, formando un cordón protector mientras alzaban las armas.
La multitud, atrapada entre el miedo y la fascinación, comenzó a retroceder. Algunos gritaron; otros se quedaron inmóviles, como si presenciaran una escena sacada de una película.
El teniente Parker levantó una mano, tratando de calmar la situación.
-¡Estamos aquí para proteger a la presidenta! -su voz sonó firme, aunque sabía que la tensión podía estallar en cualquier segundo.
Mara, a su lado, dio un paso adelante.
-Me alegra ver que está bien, Elizabeth.
La presidenta, con el traje de combate activado, se acercó a Mara y la abrazó. Todos en la terminal la reconocieron: era la misma mujer a quien Mara había salvado de doce de aquellas bestias reptilianas.