Ecos del abismo

La ley galáctica (2020)

El humo aún no se había disipado cuando las alarmas internas de la Heracles cesaron, dejando únicamente el zumbido monótono de los motores. En la sala de mando, nadie se movía. Era como si la nave misma estuviera conteniendo la respiración.

-Sensores -ordenó Izzy.

El teniente Arvas inició un escaneo de la zona con los sistemas de sensores, Realizando un barrido completo de la zona.

-Confirmado, comandante -indico con voz firme-. Los objetivos han sido completamente destruidos y tampoco se detectan nuevas naves tratando de entrar en la atmósfera.

-Viktor, Jin, vía libre. Podéis comenzar la cacería de esos malditos bastardos. Indico izzy.

Una sonrisa diabólica se comenzo a dibujarse en los rostros de los dos comandantes. Aquellas asquerosas lagartijas se habían atrevido a atacar la Tierra, su hogar, y ahora lo pagarían... con creces.

Ambos activaron sus trajes de combate en modalidad letal. Calep los observaba con una mezcla de admiración, curiosidad y temor. Viktor le dirigió una sonrisa al joven periodista, que no dudó en enfocar su cámara hacia él.

-Queridos televidentes -exclamó Viktor-, hoy serán testigos de algo sorprendente: una coreana y un ruso salvando a los Estados Unidos.

Alzó su mano derecha hacia la cámara de Calep y, de pronto, unos cables comenzaron a surgir de su traje y se conectaron a ella. Tras unos diez segundos, los cables se retiraron y se transformaron en una esfera metálica.

Calep lo miró intrigado.

-¿Qué has hecho?

-Nada -respondió Viktor con indiferencia-. Solo he vinculado la señal de tu cámara a esta sonda. Nos seguirá a mí y a Jin mientras limpiamos el colegio donde esas lagartijas se esconden. Creo que quedan unas treinta. -Sonrió y se reunió de nuevo con Jin.

-Izzy, estamos listos -indicaron ambos.

-Adelante -respondió Izzy.

Jin y Viktor comenzaron a avanzar hacia el colegio mientras, en todo el planeta, millones de ojos los seguían a través de sus pantallas. La sonda que Viktor había sincronizado con la cámara de Calep comenzó de pronto a dividirse, creando una copia idéntica: una seguía a Viktor y la otra a Jin.
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El colegio se alzaba como una sombra ennegrecida al final de la avenida, sus ventanas rotas se semejaban a fauces abiertas. Un viento seco arrastraba el polvo y el eco distante de gritos amortiguados. Las sondas flotaban sobre los hombros de Jin y Viktor, transmitiendo cada paso qute daban a millones de hogares en la Tierra.

-Contacto en tres... dos... -murmuró Jin.

De la entrada destrozada surgieron las primeras figuras: Draconarii. Escamas oscuras, ojos incandescentes, garras manchadas de sangre. Eran más grandes que un hombre, pero se movían con una velocidad inquietante.

Viktor no esperó. Su traje desplegó cuchillas energéticas desde los antebrazos y cargó con una ferocidad que recordaba a una bestia desatada. La primera criatura apenas tuvo tiempo de rugir antes de que su cabeza cayera al suelo. La sonda emitió un pitido.

-Uno -susurró alguien en la sala de control de la VXN News.

Jin se deslizó hacia la izquierda y las placas de su traje comenzaron a brillar al activarse en modo ofensivo. Una línea azulada recorrió su brazo derecho y, con un solo movimiento, lanzó una ráfaga cortante que atravesó a dos Draconarii a la vez. Sus cuerpos se desplomaron humeantes.

-Tres.

Las criaturas rugieron al unísono y se abalanzaron en masa. Viktor esquivó un zarpazo, rodó por el suelo y clavó sus cuchillas en el abdomen de otra, abriéndola de lado a lado. La sangre negra chisporroteó contra su armadura. Se levantó y rompió el cuello de la siguiente de un solo giro.

-Cinco.

Jin, más ágil y precisa, se movía como una sombra entre ellos. Cada disparo de su cañón integrado encontraba un blanco. Cada salto era un giro calculado que dejaba cuerpos retorcidos a su paso.

La cámara tembló al captar el estruendo. El mundo entero contenía el aliento. En bares, refugios y cafes, la gente empezaba a murmurar los números.

-Siete... ocho... nueve...

Viktor recibió un golpe que lo lanzó contra una pared y el concreto se resquebrajó. Un Draconarii se abalanzó sobre él con las fauces abiertas, pero el ruso lo agarró por la garganta y, con un rugido, le arrancó la mandíbula.

-¡Diez! -gritó alguien al otro lado de la transmisión.

Jin, mientras tanto, había quedado rodeada por cuatro de ellos. Su visor mostraba la trayectoria de cada enemigo; sus ojos apenas parpadearon. Un barrido circular de su espada de plasma cortó el aire y, en un destello, los cuatro se partieron en dos.

-Catorce.

La batalla se volvió una danza sangrienta. El colegio se transformó en un matadero donde el rugido de los Draconarii se mezclaba con el chisporroteo de las armas y la respiración contenida de la humanidad entera.

Cuando el humo empezó a disiparse, quedaban pocos. Las sondas giraron en círculos, buscando los últimos latidos hostiles.

-Treinta -susurró Izzy desdé la Heracles.

Jin bajó su arma. Viktor apoyó una mano ensangrentada en su rodilla, respirando hondo.

-Limpio -dijo él.

En la Tierra, la gente empezó a aplaudir. Otros lloraban. Algunos simplemente guardaron silencio, todo había terminado.

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La señal de las sondas inundó cada pantalla de la Tierra. En oficinas, cafeterías, estaciones de metro y aulas, las imágenes del colegio arrasado se repetían una y otra vez.

En Nueva York, una multitud se había reunido frente a una pantalla gigante en Times Square. Cuando el conteo finalizó -treinta-, la gente estalló en vítores. Oficinistas con corbata, repartidores con mochilas todavía a la espalda y estudiantes que salían de clase se abrazaban entre sí.

En Seúl, una oficina de contabilidad detuvo su jornada. Los empleados, antes sumidos en la monotonía de teclados y gráficos, observaban en silencio. Algunos sonreían con alivio; otros, con lágrimas en los ojos, murmuraban el nombre de "Jin". Nadie sabía su apellido, pero aquel nombre ya era sinónimo de esperanza.




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