La Argus emergió del pliegue hiperespacial con un estremecimiento metálico que resonó como un latido en la cabina. Frente a ellos, el sistema Nyxara era un abismo: un vacío sin estrellas, salpicado por puntos fríos que titilaban en la negrura.
Las pantallas ópticas, abiertas al máximo, devolvían oscuridad, como si el universo hubiera cerrado los ojos.
-Sensores infrarrojos, ya -ordenó Naomi con voz cortante, rompiendo el zumbido grave de los sistemas. Sus manos, firmes sobre el panel, parecían anticipar un peligro que los demás apenas intuían.
Una mancha carmesí palpitó en la interfaz, un núcleo pulsante que latía en la negrura.
-Contacto térmico a cero punto cuatro unidades astronómicas -informó Jorvan mientras ajustaba los sensores con dedos temblorosos. El brillo de la pantalla iluminaba el sudor de su frente-. Es la estrella... pero no emite luz. Solo calor. ¿Qué demonios es esto?
Naomi inclinó la cabeza y observó la imagen.
-Es el Corazón Ciego. Los Nyxar lo veneran como a un dios. Da vida, pero no se deja ver.
Cassian se volvió hacia ella y apretó los puños.
-¿Una estrella que no brilla? Este sistema está muerto, Naomi. ¡Y estamos aquí por él!
-No está muerto -replicó con tono helado, aunque la tensión era evidente-. Solo es ciego para nosotros. Activa los conversores espectrales.
Los mapas térmicos se desplegaron en la pantalla principal y trazaron siluetas de calor como venas vivas en la oscuridad. El Corazón Ciego palpitaba en el centro mientras la radiación infrarroja dibujaba cuatro órbitas.
Nyxara, su objetivo, era un punto rojizo envuelto en una atmósfera tenue, con calor uniforme, sin ciclos de luz ni sombra. Un planeta tan implacable como el hombre que buscaban.
La Argus avanzó. El casco crujía bajo la presión térmica del sistema. El aire reciclado olía a metal y ozono, un recordatorio de lo lejos que estaban de la Unión. Un pitido agudo rompió el silencio y Jorvan dio un respingo.
-Objeto en aproximación rápida.indico Jorvan. Nueve minutos hasta contacto -informó mientras movía las manos con frenesí sobre los controles.
-¿Nave de seguridad Nyxara? -preguntó Cassian.
-Lo más probable -respondió Naomi sin apartar la vista de la pantalla-. No activen el camuflaje.
-¿Qué? -Cassian dio un paso hacia ella-. ¿Sabes que estamos en el corazón del Imperio Draconarii, navegando a ciegas bajo una estrella muerta para rescatar a un genocida? ¿Verdad?
-Es normal aquí -dijo Naomi, con una sonrisa que les heló la sangre-. El Corazón Ciego no revela sus secretos a los extraños. Hay que hablar su idioma.
La nave Nyxara apareció como un enjambre de destellos rítmicos, pulsos de luz que los sensores tradujeron: "Identifíquense. Propósito de su presencia."
Naomi activó el canal térmico seguro y trazó un patrón rápido en el panel.
-Nave Argus, Unión Terrestre -respondió con voz firme-. Autorización de la Alianza Galáctica para visitar al prisionero 6624, Kaelen Dravik. Misión de control rutinario. Sin armamento ofensivo.
-Nos están escaneando -susurró Jorvan, con los ojos fijos en los sensores-. Los pulsos... están sincronizados con el calor de la estrella.
-No respondas al escaneo -ordenó Naomi-. Un movimiento en falso y el Corazón Ciego nos tragará.
Los destellos cambiaron: "Aterrizaje concedido. Plataforma doce, prisión de Arax. Verificación en órbita baja. Procedan según indicaciones."
-Mantén la órbita estable -dijo Naomi en voz baja-. Nada de movimientos bruscos.
-Entendido -respondió Jorvan mientras alineaba la Argus con los corredores de calor que la nave Nyxara proyectaba como arterias bioluminiscentes.
Cada pulso era una guía, pero también una advertencia.
-Señal de aterrizaje recibida -informó Jorvan-. Quieren que nos alineemos con la prisión para el registro oficial.
Naomi asintió y tecleó con precisión.
-Activa las balizas térmicas. Que vean que respetamos sus protocolos.
La Argus respondió con pulsos de calor modulados, un eco del lenguaje del Corazón Ciego.
En la oscuridad de Nyxara, la comunicación era un baile de luz invisible y calor pulsante. Un error podía ser fatal.
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La Argus aterrizó en la plataforma doce, un monolito de obsidiana tallado en el núcleo de Nyxara, donde el calor del Corazón Ciego impregnaba cada superficie.
La tripulación, equipada con trajes térmicos, descendió hacia la prisión escoltada por drones Nyxar que emitían pulsos de calor en patrones rítmicos. Naomi lideraba con rostro impasible, aunque sus ojos reflejaban un destello de inquietud.
Cassian y Jorvan la seguían con las linternas apagadas por orden estricta: en Arax, la luz era una ofensa.
El aire era denso, cargado de calor opresivo que atravesaba incluso los trajes. Los corredores, tallados en roca negra, absorbían cualquier reflejo y los sensores térmicos de la Argus eran la única guía. Al final, llegaron a la celda de Kaelen Dravik.
Lo encontraron encadenado. Su figura, demacrada, estaba envuelta en harapos; su piel, pálida como ceniza, marcada por años de exposición constante al calor. Sus ojos, lechosos y ciegos, parecían mirar más allá de ellos.
Cuando habló, su voz era un susurro cargado de calma perturbadora.
-Naomi... -dijo con una sonrisa torcida que mostraba dientes desgastados-. La Unión finalmente se atrevió. ¿O fue tu culpa la que te trajo?
-No hay tiempo para charlas -respondió ella, arrodillándose con un dispositivo en la mano: un escáner neuronal portátil disfrazado como sensor térmico Nyxar.
Sus ojos se encontraron. Durante un instante, un destello de su pasado compartido cruzó por su mente-. Vamos a sacarte. Pero no como esperas.
Cassian, vigilando el corredor, susurró:
-Este hombre aniquiló cien millones de almas por venganza. ¿Y lo vamos a liberar así?
-No lo liberamos -corrigió Naomi mientras conectaba el escáner a la nuca de Kaelen-. Solo tomamos lo que necesitamos.