La nieve caía en silencio, amortiguando los pasos de Elena al bajar de la nave. Vestida con ropa discreta, sintió el frío de la aldea colarse bajo su piel, como si el pasado la esperara. La aldea apenas había cambiado: casas de madera oscura, el aroma húmedo de los bosques, todo idéntico a su infancia.
Se acercó a la casa de su madre, con el corazón latiendo con fuerza. Cada paso sobre la nieve crujía, arrastrando ecos de un tiempo perdido. Al abrir la puerta, Elena encontró la sala vacía, intacta como en sus recuerdos, pero impregnada de un pasado que aún respiraba.
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🔹 Flashback: el velatorio y entierro
De repente, los recuerdos la arrastraron décadas atrás.
El olor a incienso y humo de leña llenaba la sala. Elena, con apenas cinco años, miraba a su madre, envuelta en telas blancas y con un pequeño peine de madera entre sus manos. Se aferró a la mano de su querida Yeon, su "nae eonni", hermana de corazón más que de sangre. El cabello oscuro de Yeon caía sobre sus hombros mientras la joven la sostenía con firmeza. Su padre, a su lado, murmuraba en ainu palabras que guiaban el alma de su madre hacia los kamuy.
No entendía todo, pero los sonidos se grabaron en su memoria: el llanto de su abuela, los cánticos suaves, el crujir de la madera bajo sus pies. El cuerpo inmóvil de su madre, como una estatua, parecía aún contener un espíritu vigilante.
Al día siguiente, en el terreno cercano a la casa de los abuelos en Hokkaidō, la ceremonia continuó. Elena, sostenida por Yeon y su padre, observó a los ancianos colocar ramitas de abedul y ofrendas junto a la tumba. El fuego crepitó y el humo ascendió en espirales hacia el cielo. Su corazón temblaba entre miedo y una extraña calma.
Su padre la alzó en brazos y susurró:
-No olvides quién eres... ni de dónde vienes.
Yeon, inclinándose, le acarició el cabello:
-Tu madre siempre estará en nosotros, Elena.
La niña no captó entonces la profundidad de esas palabras, pero ahora, cargada de años y responsabilidad, las sentía en cada fibra de su ser.
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🔹 Presente
El recuerdo se desvaneció lentamente, y Elena abrió los ojos, de nuevo en la sala apacible. Caminó con pasos lentos, rozando con los dedos los marcos de las fotos y los muebles gastados. Cerró los ojos por un instante, y el fuego del entierro regresó: la niña aferrada a Yeon, las palabras en ainu de su padre, el cántico de los abuelos, el amuleto de madera colgando sobre el pecho de su madre.
En un estante polvoriento, un amuleto tallado con líneas que evocaban los ríos de Hokkaidō brilló débilmente bajo la luz de la tarde. Lo tomó con cuidado. Era el mismo que su madre le había dejado y que ella había llevado consigo durante décadas. De pronto, el dolor regresó: el eco de aquella noche violenta en Tokio, cuando todo cambió; la ausencia repentina de su madre; el vacío que la acompañaba desde los cinco años.
Apretó el amuleto contra su pecho y susurró a Kamuy Fuchi, protectora del hogar y del fuego, para calmarse. La niña que había sido aún lloraba en su interior, y la presencia protectora de Yeon seguía vívida como siempre. Pero la mujer que era ahora sabía honrar ese legado con fuerza y respeto.
-No te olvido, madre -murmuró-. Y no dejaré que nadie olvide quién eres.
El amuleto, pequeño y gastado, reposaba en su mano como un puente entre dos mundos: el pasado doloroso y el presente de poder absoluto. Elena, la Almirante Suprema, sabía que su conexión con su madre, con Yeon y con sus raíces ainu era su fuerza más profunda.
Al girarse para salir, un escalofrío la recorrió. En el umbral, su abuelo la observaba, sus ojos hundidos brillando con una intensidad silenciosa. No hubo gestos ni palabras, solo una mirada que sostenía siglos de tradición, dolor y un amor que no necesitaba voz. Por un instante, el tiempo se detuvo, y ambos supieron que el legado de su madre vivía entre ellos.
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La noche cayó lentamente sobre la aldea, y Elena se acomodó en la modesta habitación de sus abuelos maternos. La abuela le ofreció una manta tejida a mano y una taza de té caliente. Elena se inclinó levemente, como le habían enseñado de niña, mostrando un profundo respeto, una mezcla de la cortesía japonesa y la reverencia espiritual ainu.
-¿Y Yeon? -preguntó el abuelo, sentado frente a ella con calma.
-Está en Seúl con sus hijas -respondió Elena-. Les manda recuerdos y dice que les quiere mucho.
El abuelo asintió y, tras una breve pausa, preguntó:
-¿Y tu padre? ¿Está bien?
Elena asintió con nostalgia.
-Está bien... pero no se ha vuelto a casar -dijo con voz tranquila-. Para él, mi madre era su alma predestinada, la única mujer de su vida.
El abuelo sonrió con comprensión, reconociendo la profundidad de su amor. Luego inclinó ligeramente la cabeza y preguntó:
-¿A qué has venido?
-A hablar con mi madre -contestó Elena, con voz firme pero cargada de emoción-. Necesito aclarar mis pensamientos y mi mente.
-Hoy te quedas a dormir aquí con nosotros -indicó la abuela, tocando suavemente su hombro-. Mañana, tu abuelo te llevará a la tumba de tu madre.
Elena asintió y se recostó bajo la manta, dejando que el sueño la envolviera mientras la casa conservaba la tranquila acogida de los abuelos.
🔹 Día siguiente:
El sol de la mañana iluminaba la nieve recién caída mientras el abuelo caminaba junto a Elena, guiándola hacia el pequeño terreno donde yacía su madre. Cada paso sobre la nieve crujía suavemente bajo sus pies, como si el bosque guardara silencio.
Al llegar, Elena se arrodilló frente a la tumba, cerró los ojos y juntó sus manos.
Respiró hondo y, por un instante, algo extraño sucedió: un halo de calor y un resplandor suave rodeó la tumba. El abuelo lo notó también, pero permaneció en silencio, respetando la intimidad de su nieta.
-Madre... -susurró Elena, con la voz apenas audible-. Estoy perdida. No sé qué hacer. ¿Debo seguir mi trabajo, proteger a la Tierra, o dejarlo todo y desaparecer?