Ecos del abismo

Los ecos del amanecer (2020)

Elena se levantó al alba, cuando la aldea aún dormía bajo un cielo donde las últimas estrellas se desvanecían.

El aire fresco de las colinas le acariciaba el rostro mientras caminaba por los senderos de grava, entre casas de madera y piedra que parecían susurrar historias de siglos pasados que no conocían el ruido de los motores de guerra.

La tranquilidad de aquel lugar era un refugio raro para alguien como ella: una Gran Almirante acostumbrada al caos de las guerras interestelares. Esa mañana, en la aldea de sus abuelos, se permitía un instante de paz, aunque sabía que no duraría.

Un pitido agudo rompió el silencio. Su intercomunicador de pulsera vibró, primero con suavidad, luego con una insistencia que la hizo fruncir el ceño. Con un rápido vistazo a su alrededor, se aseguró de que ningún aldeano madrugador pudiera verla y se deslizó tras un grupo de cerezos en flor.

Pulsó el botón y un holograma de cuerpo entero apareció ante ella: Yeon, su amiga y segunda al mando de la Unión, la miraba con el rostro tenso y los brazos cruzados. Sus ojos oscuros destellaban con una mezcla de frustración y urgencia, reflejo de las responsabilidades que cargaba en medio de la situación actual.

-Dime, Yeon, ¿qué quieres tan temprano? -preguntó Elena, con un dejo de sarcasmo que no pudo reprimir.

Yeon suspiró, conteniendo una réplica afilada.

-Lo que nuestros sensores detectaron hace unas horas en Japón fue obra tuya, ¿verdad? Los grises, las naves... ¿otra de tus cruzadas personales?

Elena arqueó una ceja, apoyándose contra un tronco.

Los grises... siempre los mismos rostros pálidos, aliados ocasionales de los Draconarii cuando el saqueo prometía ganancias. Dos imperios, una misma amenaza. Ambos representaban un riesgo enorme para la Tierra y el resto de la galaxia. Y Elena tenía sus propios motivos para enfrentarlos, motivos que no siempre compartía.

-¿Me estás vigilando? -replicó, aunque sabía que Yeon estaba demasiado ocupada para eso.

-No, Elena, estoy trabajando -respondió Yeon, enfatizando cada palabra-. El ataque de los Draconarii a EE. UU. ha puesto a todos en alerta máxima, y tú decides eliminar diez soldados pesados grises y tres de sus naves de combate como si fuera un pasatiempo.

Elena esbozó una sonrisa torcida, incapaz de resistirse a provocarla.

-No fue gran cosa. Solo un poco de limpieza.

-¿Limpieza? -Yeon soltó un resoplido que atravesó la estática del holograma-. Elena, escúchame con atención, Gran Almirante. Mientras tú jugabas a la heroína, un satélite espía estadounidense captó tu pequeño espectáculo.

La DAA recibió un informe: una emisión de energía en esa zona equivalente a una explosión nuclear de 360 kilotones. ¿Sabes lo que han hecho? Están redirigiendo el Oculus hacia la Tierra y lo están apuntando directamente a ti.

La sonrisa de Elena se desvaneció. El Oculus era un telescopio orbital de nueva generación, gemelo del viejo Hubble, capaz de desnudar la superficie terrestre con una precisión aterradora. Si la DAA - Departamento de Asuntos Anómalos - lo estaba usando para rastrearla, las cosas podían complicarse rápido.

Los humanos aún no entendían del todo la situación. Tras el ataque a Rapid City, confirmaron por fin que existía vida fuera de la Tierra. Pero si supieran que no era uno, sino dos los imperios que codiciaban el planeta, se volverían aún más nerviosos.

-¿El Oculus? -preguntó, intentando mantener un tono ligero, aunque su mente ya calculaba riesgos-. ¿En serio van a usar un telescopio para espiarme?

-¡Maldita sea, Elena, esto no es una broma! -Yeon entrecerró los ojos; su holograma proyectaba una intensidad casi palpable-. El Oculus está a plena potencia. Si dejaste algún rastro, lo encontrarán. Dime que no fuiste descuidada.

Elena respiró hondo y dejó que su mirada se perdiera en el horizonte, donde el sol teñía las colinas de dorado.

-Tranquila. Los restos de los grises y sus naves están en un viaje exprés al Sol. A la velocidad que los envié, llegarán en veinticuatro horas. Nadie encontrará nada.

Yeon guardó silencio unos segundos, procesando la respuesta. Finalmente, relajó los hombros, aunque su expresión seguía siendo de preocupación.

-Bien. Pero no sigas tentando a la suerte. Ya tengo suficiente con el papeleo del incidente de Rapid City. -Hizo una pausa, suavizando el tono-. Por cierto, ¿cuándo piensas volver a España?

Elena alzó la mirada hacia el holograma. Yeon no era solo una colega; habían compartido años de misiones, risas y confidencias. La pregunta le arrancó una chispa de nostalgia.

-No lo sé, la verdad. Hacía tiempo que no visitaba a mis abuelos en Hokkaido. Creo que me quedaré una semana en la aldea, respirando aire que no huela a metal ni a pólvora.

-Tómate tu tiempo -dijo Yeon, con una sonrisa cansada-. Yo terminaré el papeleo y, quién sabe, tal vez me escape también a Hokkaido. Extraño a los abuelos. Hace demasiado que no los veo.

El holograma se desvaneció con un leve parpadeo, dejando a Elena sola bajo los cerezos. El sol ya calentaba la aldea y el canto de los pájaros llenaba el aire. Pero en su mente, la calma del momento chocaba con la realidad: los grises, los Draconarii, la DAA, el Oculus.

Había neutralizado una patrulla, pero el peligro apenas despertaba. Y los humanos, ingenuos aún, jugaban con ojos que no sabían cerrar.

Con un suspiro, se apartó del árbol y comenzó a caminar, sumida en pensamientos sobre lo que vendría después.




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