El pitido llegó como un hilo de metal, atravesando la oscuridad.
Yeon abrió los ojos. Durante un instante no supo dónde estaba. El reflejo azul del comlink proyectaba su sombra sobre la pared, deformada, cansada. Afuera, el horizonte orbital era una línea inmóvil de polvo estelar.
-Mierda... ¿quién será a estas horas? -susurró, más para sí que para nadie.
Se levantó del sofá, con el cuerpo entumecido, y pulsó el botón. La habitación se llenó de luz flotante. Una mujer morena apareció suspendida en el aire, tan real y tan frágil como una imagen recordada.
-¿La he despertado, almirante? -preguntó Noemí, con su voz viajando a través de un océano de estática.
-No -respondió Yeon-. Aún estaba trabajando.
Dime, Noemí... ¿cómo te fue la misión?
-Perfecta, almirante. Sacamos a Dravik de Nyxara, pero... -su voz titubeó-. No entiendo por qué tuvimos que hacerlo.
Yeon bajó la mirada. Sobre el escritorio quedaban los restos de una taza de café y una carpeta sin cerrar.
-Por precaución.
Noemí frunció el ceño.
-¿Precaución? No comprendo.
-Dravik no es solo un asesino -dijo Yeon con calma-. Es una grieta. Si se abre, caeremos todos.
El holograma tembló. Por un segundo, el rostro de Noemí se volvió una máscara de puntos luminosos.
-Cuando lo sacamos de Nyxara estaba medio muerto, almirante. ¿De verdad representa tanto peligro?
Yeon inspiró despacio. El aire tenía sabor a metal y silencio.
-Verá, capitana. Lo que voy a contarle es información clasificada. ¿Me entiende?
-Sí, señora.
-Cuando lo apresaron, los Draconarii exploraron su mente.
Buscaban fragmentos de conocimiento que sirvieran a su imperio. No hallaron nada y archivaron los datos.
Hace poco, una de nuestras sombras descubrió que alguien estaba revisando esos archivos.
Si ustedes no hubieran sacado a Dravik a tiempo, los Draconarii habrían encontrado algo que pondría en riesgo no solo a la galaxia, sino a la Tierra.
Noemí calló. Su respiración era lenta, casi audible. Si alguien hubiera estado con ella en su camarote, habría notado el sudor que le corría por la frente.
-Antes de que lo capturaran -continuó Yeon-, Dravik encontró restos de tecnología zahariana.
-¿Zahariana? -repitió Noemí, desconcertada.
-Los zaharianos fueron los primeros en mirar el cosmos y entenderlo -dijo Yeon-. Vivieron hace millones de años. Luego desaparecieron. Algunos creen que se marcharon más allá de los límites del espacio conocido; otros, que se disolvieron en su propio conocimiento.
Pero... dejaron cosas. Semillas de poder.
Una de ellas es la estrella fría.
El nombre quedó suspendido entre ambas, vibrando.
-¿La estrella fría? -murmuró Noemí.
-Una estrella de antimateria -explicó Yeon-.
Puede alimentar mundos enteros o convertirlos en ceniza. Todas las razas conocen su existencia, pero ninguna ha podido entrar en el sector que la guarda. Nadie... salvo Dravik.
El silencio fue largo. El holograma parpadeó con un leve zumbido.
-Noemí -dijo Yeon, al fin-, no confíes en él. No le creas ni una palabra. Te hará dudar, te hará sentir compasión, y cuando lo haga... te destruirá. Es su naturaleza.
-¿Qué hago con él? -preguntó Noemí.
-Mantenlo encerrado. O... -Yeon vaciló- mételo en hielo.
Tráelo a la Tierra. Debemos averiguar cómo atravesó los sistemas de defensa de la estrella fría.
Noemí asintió, con los labios tensos.
-A sus órdenes, almirante.
Yeon estaba a punto de cortar la conexión cuando escuchó la voz de la capitana una vez más:
-Una última pregunta, almirante. Por el secretismo de esta misión... ¿Elena no sabe nada, verdad?
El aire pareció detenerse.
Yeon se reclinó en su sillón, mientras su mirada se perdía en el techo, como si pudiera ver a través de él la extensión del espacio.
-Elena no debe saberlo -dijo con voz baja-. Bajo ningún concepto.
-¿Puedo saber por qué?
Yeon entrecerró los ojos. Por un instante, su rostro parecía el de alguien que lleva años pidiendo perdón sin decirlo.
-Porque Dravik mató a su madre.
Si Elena supiera que lo hemos liberado, arderían sistemas enteros. No lo haría por justicia, Noemí. Lo haría por amor.
Y el amor, cuando se congela, destruye más que cualquier arma.
Noemí no respondió. Solo asintió, lentamente.
-Entendido, almirante.
-Por el bien de todos -añadió Yeon-, esperemos que nunca lo descubra.
Cortó la comunicación. La imagen se deshizo en polvo de luz, y la habitación volvió a su oscuridad azul.
Durante un rato, Yeon se quedó inmóvil, mirando el reflejo borroso de su rostro en la superficie del escritorio. Pensó en las palabras que había dicho, en las que no.
Pensó en la estrella fría y en cómo algunos secretos no brillan: solo congelan.
Afuera, la noche orbital seguía suspendida sobre la Tierra, y el universo -indiferente, eterno- respiraba a través de los muros metálicos de su oficina.
Yeon cerró los ojos. El pitido ya no sonaba, pero su eco persistía dentro de ella, como una señal que jamás terminaría de apagarse.