El sol aún no tocaba del todo la ciudad, aunque ya se insinuaba en los bordes de las ventanas del Despacho Oval.
Elizabeth se encontraba sola, sumida en un pensamiento que no terminaba de tomar forma.
Todavía no había movimiento alguno: ni asesores, ni secretarios, ni el murmullo eléctrico de los pasillos. Solo el zumbido constante del aire acondicionado y el parpadeo obstinado del reloj sobre el escritorio.
Frente a ella, la luz del amanecer entraba oblicua, deslizándose entre las cortinas con el color incierto del oro viejo.
El Jardín de las Rosas, más allá del cristal, era una mancha inmóvil de neblina y ramas desnudas. Por un instante, Elizabeth pensó que el mundo aún dormía... y que aquella quietud podía ser su último regalo.
Sobre el escritorio reposaba un documento abierto: una orden de acceso al Horus, el nuevo telescopio de defensa orbital.
Darius Hale, director del Departamento de Asuntos Anómalos (DAA), había solicitado permiso para girar el telescopio hacia la Tierra.
"Necesito ese permiso con urgencia, señora presidenta", habían sido sus últimas palabras antes de colgar la noche anterior, dejándola con una mezcla incómoda de incredulidad e inquietud.
De pronto, el pitido del intercomunicador rompió el silencio.
Elizabeth se inclinó hacia la mesa y presionó el botón.
-¿Sí, Andi?
-Señora presidenta, el director Darius está en la línea uno.
-Gracias, Andi.
Pulsó el botón correspondiente.
-Director Hale -dijo, con voz contenida-, espero que tenga una buena explicación de por qué debería autorizar el uso del Oculus. Y, de paso, podríamos hablar de su falta de cortesía anoche al cortarme la llamada.
-Le pido disculpas, señora -respondió una voz grave, con un leve temblor-. Tuve que confirmar algo que, estoy seguro, la convencerá de concederme ese permiso.
Elizabeth rodó los ojos, luego exhaló con resignación.
-Espero que valga la pena, director.
-La vale, señora. En estos momentos le estoy enviando a su ordenador los datos de lo que hemos descubierto.
Ella se recostó en el sillón y abrió su portátil. La pantalla se iluminó, mostrando un archivo encriptado que se desplegó lentamente.
-¿Qué estoy viendo? -preguntó, con una mezcla de escepticismo y curiosidad.
-Los datos del satélite espía Orión -respondió Hale-. Lo que observa es un pulso de energía equivalente a trescientos sesenta kilotones.
-¿Una explosión nuclear? -Elizabeth frunció el ceño.
-Sí, señora. Pero lo extraño es lo que ocurrió después.
-Explíquese, director. Déjese de enigmas.
-Dos horas más tarde redirigimos otro satélite hacia la zona. Nada ha sido destruido. La isla de Hokkaido está intacta, como si jamás hubiese ocurrido una explosión.
Elizabeth se quedó en silencio. Luego habló despacio, como si midiera el peso de cada palabra:
-Veamos si entiendo bien... ¿me está diciendo que hace tres dias,en Hokkaido, se liberó energía equivalente a veinticuatro veces la bomba de Hiroshima y que, sin embargo, no hay daño alguno?
Hubo una pausa larga.
-Así es, señora presidenta. Por eso necesito el Oculus: para confirmar que la isla realmente no ha sufrido ningún efecto.
-¿Está seguro de que no ha pasado nada, director? -preguntó con un dejo de ironía.
-Lo estoy, pero debemos comprobarlo. Además, si algo hubiera sucedido, usted no estaría tan tranquila en su despacho.
Elizabeth dejó escapar una sonrisa fugaz.
-Tiene razón. Esto sería un caos. -Suspiró, mirando de reojo el documento sobre la mesa-. De acuerdo, director. Tiene autorización para usar el Oculus.
Siguió un silencio espeso, como si ambos comprendieran que habían cruzado un umbral invisible.
-Darius... -dijo finalmente-, ¿cree que se trata de la Unión?
-No está confirmado, señora. Pero la energía liberada... todo apunta a que son los únicos con la capacidad de hacer algo así.
El nombre resonó en la habitación con un eco frío. Elizabeth sintió un estremecimiento recorrerle la espalda.
Recordó el ataque Draconarii de tres semanas atrás: el cielo abierto como una herida, las luces cayendo Rápido City, los gritos apagados en la distancia.
Si no hubiera sido por la Unión, pensó, Rapid City,Washington -y tal vez la Tierra entera- habría sido arrasada.
"¿De qué nos están protegiendo en realidad?", se preguntó, sin decirlo en voz alta.
-¿Algo más, director? -preguntó finalmente, rompiendo el silencio.
-No, señora -respondió él. Y, una vez más, la línea se cortó.
El clic seco del auricular pareció resonar más de lo normal. Elizabeth permaneció inmóvil unos segundos, observando el teléfono como si esperara que este se disculpara.
Luego cerró los ojos y murmuró apenas audible:
-Dos veces, Darius... y a una presidenta.
Sonrió con cansancio, sin humor, y apoyó la frente en la palma de su mano.
Afuera, el sol comenzaba a alzarse del todo sobre la ciudad. La luz entraba ahora con firmeza, pero no traía consuelo, sino una claridad demasiado cruda, como la verdad que aún se negaba a mostrarse.
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VXN News Nueva York 19: 00 PM
En otro lugar, muy lejos del mármol del Despacho Oval, las luces de neón parpadeaban sobre la Quinta Avenida como un enjambre insomne.
En el piso treinta y siete del edificio de VXN News, Marcus Flynn, jefe de control de emisiones, observaba las pantallas del estudio principal. Cada una mostraba un fragmento distinto del mundo: una bahía en sombras, una rueda de prensa vacía, una mancha de luz que cruzaba el océano Pacífico.
Frente a él, Evelyn Torres, coordinadora general de transmisiones, sostenía una carpeta con los informes de la jornada.
El cansancio se le notaba en la forma en que se apartaba un mechón de cabello detrás de la oreja, en la pausa larga antes de hablar.
-Repítelo de nuevo -pidió Marcus, sin apartar la vista del panel de monitores.