Ecos del abismo

Dos imperios y una mocosa (2020)

En el centro de mando de la DAA la sala estaba en penumbra, iluminada únicamente por el brillo de pantallas que se multiplicaban como ojos vigilantes. Los monitores proyectaban mapas y gráficos que se movían con suavidad mecánica, y el zumbido constante de los sistemas se mezclaba con el susurro de teclas que, a ratos, parecía casi humano. Darius permanecía de pie junto a la mesa de mando, observando la proyección del telescopio Oculus girar lentamente.

Cada pulso de luz, cada destello digital parecía llevar consigo una promesa y un temor, como si el mundo entero pudiera ser contenido en ese pequeño círculo de energía.

-Señor, tenemos el control del Oculus -dijo Erik, con voz medida, casi reverente, como si hablara de un instrumento sagrado.

Darius asintió, aunque sus ojos no se apartaron de la pantalla. Había algo en esa claridad de datos que lo fascinaba y, al mismo tiempo, lo inquietaba. No era solo el control de la tecnología; era la sensación de estar observando algo que, en otro tiempo, había pertenecido a un orden distinto, más antiguo, más callado.

-¿Alguna oposición por parte de la CIA? -preguntó, con un tono distante, como quien intenta mantener la calma mientras su mente se aferra a un hilo de preocupación.

-Lo habitual, señor -respondió Erik-. Pero cuando vieron su autorización nivel negro, todas las preguntas se cortaron de raíz.

El silencio que siguió fue más que un simple vacío: era un tiempo suspendido, donde cada respiración parecía resonar en las paredes metálicas.

-Bien, Erik. Comienza el giro del Oculus y dirígelo hacia Hokkaidō.

Erik obedeció, sus dedos comenzaron a deslizarse con precisión sobre el teclado. La máquina respondió como si entendiera la urgencia de su usuario. Cada coordenada enviada, cada ajuste del lente virtual, era un hilo que conectaba la sala de mando con un mundo lejano, intacto y vibrante.

-Coordenadas introducidas, director. La zona a inspeccionar está cerca de Sapporo: latitud 43.00° N, longitud 141.40° E, cerca del río Toyohira, a unos quince kilómetros de la ciudad.

Las imágenes llegaron primero como manchas, tonos verdes y grises que se debatían entre lo visible y lo imaginario. Luego, poco a poco, las formas se definieron: techos de madera ennegrecida, campos cuidadosamente cultivados, caminos que serpenteaban entre árboles que parecían susurrar historias viejas como la tierra misma.

-Lena, ¿qué sabemos de esa zona? -preguntó Darius, con voz medida, casi temerosa de romper la frágil quietud que flotaba sobre la sala.

Lena inclinó la cabeza, observando la pantalla con la atención de quien mira a través del tiempo. -Espere un momento, señor -dijo, y por un instante pareció atrapada en otro lugar-. Ya lo tengo. En esa zona se encuentra la aldea Ainu de Ponmari.

Darius cerró los ojos un segundo, recordando los informes antiguos: una aldea que había permanecido al margen de la historia moderna, donde las costumbres se conservaban con una delicadeza casi sagrada.

La energía detectada días atrás, los destellos que habían encendido todas las alarmas, parecía ahora un eco lejano frente a la vida silenciosa de Ponmari.

-Amplíe más las imágenes -ordenó, y al pronunciarlo, supo que estaba intentando acercarse no solo a un lugar, sino a un tiempo que se le escapaba de las manos.

El zoom reveló los detalles con suavidad dolorosa: la madera de los techos, el polvo del camino, la corriente lenta del río. Cada sombra era una memoria y cada luz un testigo inadvertido.

-Aumente al máximo -insistió Darius.

La aldea se desplegó en la pantalla como un mapa de emociones contenidas. Cada cabaña, cada jardín, parecía respirar un ritmo pausado, un corazón antiguo que latía con paciencia.

-Nathan, ¿me escuchas? -preguntó, y su voz rompió, de nuevo, la delicada coreografía de la luz y el silencio.

-Sí, señor -respondió Nathan, mientras que por detrás de su voz se oía el rugido metálico de un helicóptero que cortaba el aire con indiferencia.

-¿Cuánto tiempo tardaréis en llegar?

-Unos treinta minutos -contestó, y aunque la frase parecía simple, el tono llevaba toda la expectativa de lo que estaba por encontrarse.

-Bien. Te informaré: tenemos en pantalla las imágenes del Oculus. El punto exacto es una pequeña aldea Ainu cerca del río Toyohira.

-¿Algún daño?

-Negativo -dijo Darius, y en la palabra flotó un alivio casi tembloroso-. Todo está perfectamente: ni daños, ni fuego, nada. Como si la energía detectada hace tres días hubiera sido un simple reflejo, un susurro de luz que no tocó la tierra.

-¿Órdenes? -preguntó Nathan.

-Continúa hacia la aldea y revísala. Entrevista, si puedes, a los habitantes. Tenemos que averiguar qué pasó aquí.

-Sí, señor -respondió Nathan, y el sonido de la comunicación se cortó, dejando solo la respiración del helicóptero y el ritmo insistente del viento.

En otra parte, la lanzadera de la Unión activaba su camuflaje. El metal de su cuerpo parecía desvanecerse en el aire, y dentro, Yeon ajustaba controles con precisión. Sus ojos eran fríos, calculadores, pero un hilo de inquietud se colaba entre ellos.

-Almirante -dijo el piloto-. Acabamos de pasar un helicóptero militar estadounidense. Según nuestros cálculos, se dirigen a la aldea. ¿Órdenes?

-¿Nos han detectado? -preguntó Yeon.

-No, señora. A la velocidad actual, llegarán en diez minutos.

-Tiempo suficiente -dijo Yeon, y por un instante pareció que la palabra llevaba consigo la gravedad de todo un pasado de decisiones difíciles.

-¿Suficiente? -preguntó el piloto, confuso.

-Para avisar y preparar a esa condenada chiquilla de Elena -replicó Yeon, dejando escapar un dejo de enfado que parecía recorrer siglos de frustración-. Es la jefa de la Unión, pero algunas veces parece disfrutar creando problemas.

La lanzadera se lanzó hacia la aldea con una gracia silenciosa, cortando el aire, invisible, mientras el helicóptero de la DAA seguía su curso, ajeno a la sombra que avanzaba detrás de ellos.




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