Alex e Iris avanzaron entre gritos y lamentos. El clamor de los crucificados y el crujido de la madera de los postes resonaban en sus oídos. El aire estaba cargado de dolor y desesperación, y el olor a sudor y sangre se mezclaba con la tierra reseca. Se dirigieron directamente al que parecía ser el centurión. Él los miró, desconcertado; nunca había visto ropas ni maneras como las de ellos.
Alex se inclinó apenas desde la cintura, un gesto que era al mismo tiempo de respeto y cautela. Sus manos se cruzaron sobre el pecho: la izquierda cerrada sobre el pecho y la derecha apoyada sobre la izquierda, un lenguaje antiguo de deferencia.
-Mis más humildes respetos -dijo Alex, con voz suave, intentando imponerse en medio del caos-. Soy Li Wei, un humilde comerciante de Sinae, y esta es mi esclava, Mei Lin.
Iris le lanzó una mirada fugaz, cargada de reproche.
-¿Esclava? -susurró a través del enlace mental del Huìlù, el pequeño dispositivo que les permitía comunicarse sin palabras.
-Ahora no, Iris -respondió Alex, con paciencia contenida-. Primero la misión. Después podrás reprocharme cuanto quieras.
El centurión continuó observándolos, con los ojos entre la desconfianza y la curiosidad, mientras el caos de la plaza lo envolvía: el clamor de los condenados, los gritos de los soldados y el crujido de la madera mezclaban pasado y presente, haciendo que la distancia entre culturas y mundos se sintiera aún más profunda, casi insoportable.
El centurión, con el ceño fruncido y la mirada llena de desconfianza, sacó su gladius de inmediato y lo apuntó hacia Alex. La hoja corta brilló un instante bajo el sol, reflejando no solo el acero, sino también la tensión que se cernía sobre todos. Iris estuvo a punto de reaccionar, pero Alex la contuvo con un gesto apenas perceptible de la mano derecha; el centurión no lo notó.
Alex se detuvo. Sintió la proximidad del acero, el frío metálico que parecía atravesar el aire y tocarlo. Por un instante, su mente se apagó. Solo pudo pronunciar, con voz vacilante:
-Siento... molestarle...
El silencio que siguió fue más pesado que los gritos a su alrededor, más pesado que el crujido de la madera y los lamentos de los esclavos. A través del Huìlù, Iris le lanzó una mirada cargada de reproche y preocupación. Alex permaneció firme, concentrándose en proyectar respeto, aunque por dentro su corazón latía con fuerza.
-Como le dije, soy Li Wei, un humilde comerciante de Sinae -dijo finalmente, con voz que buscaba recuperar el equilibrio-, y esta es mi esclava, Mei Lin.
El centurión evaluó cada gesto, cada palabra, mientras el bullicio de la multitud golpeaba el ambiente como olas persistentes. La espada permanecía en alto, un recordatorio constante de que cualquier error podría ser fatal.
-¿Qué quieren? -preguntó con voz dura, ordenando sin levantarla por completo.
Alex giró la mirada hacia la joven esclava atada de cadenas. La vio, pequeña entre la multitud y la madera, y un estremecimiento recorrió su cuerpo.
-Esa joven... ¿va a ser crucificada? -susurró, más para sí mismo que para el centurión.
El centurión frunció el ceño y escupió las palabras con desprecio:
-¿Esa impúdica?
Alex asintió, con calma medida.
-Sería un desperdicio matarla -dijo, más pensando en posibilidades que en palabras exactas-. Tal vez... podríamos hacer un trato. Yo obtengo una esclava y usted, mi respetado centurión, algo de oro.
Sacó una bolsa grande y pesada llena de aurei. Trescientos en total: casi nueve años de salario de un centurión. El oro parecía casi absurdo en comparación con el clamor, la sangre y el polvo que lo rodeaban.
El centurión la observó con codicia. Iris permanecía alerta, midiendo cada gesto de Alex, preguntándose si era temerario o simplemente calculador.
-En esta bolsa hay casi nueve años de salario de un centurión -dijo Alex-. Será suya a cambio de esa impúdica esclava. ¿Qué me dice, mi respetado centurión?
El soldado vaciló, midiendo la oferta con la paciencia que el instinto militar le dictaba. Finalmente, acercó la mano a la bolsa.
-Trato hecho -dijo, como si el sonido de sus palabras pudiera calmar el caos a su alrededor.
De repente, una voz nueva, fría y autoritaria, cortó el aire:
-¿Qué ocurre aquí?
El centurión alzó la vista y palideció. Sobre un caballo, un hombre observaba la escena con mezcla de enfado e incertidumbre.
-¡Imperator Crassus...! -balbuceó el centurión, enderezándose de golpe.
Alex e Iris tragaron saliva. Si las palabras del centurión eran ciertas, el hombre frente a ellos no era otro que Marco Licinio Craso, general de los ejércitos romanos, cuyo poder podía decidir la vida o la muerte de todos los presentes.
El aire se cargó de expectativa; el clamor de los condenados parecía más lejano, como si la historia misma contuviera la respiración.
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Marco Licinio Craso desmontó con la lentitud de quien no tiene prisa por nada ni por nadie. El caballo resopló; el polvo se levantó y volvió a caer como si hasta la tierra temiera molestarlo. Llevaba una simple túnica de campaña bajo la coraza musculada, pero su presencia pesaba más que cualquier armadura ceremonial.
El centurión se cuadró, con la bolsa de oro todavía en la mano, temblando ligeramente.
-Imperator -repitió, con la voz rota-. Solo... un comerciante oriental que ofrecía comprar a esa esclava. Ya estaba hecho el trato, señor.
Craso ni siquiera miró al centurión. Sus ojos, fríos y grises como el hierro, se clavaron primero en Alex y después en Iris. Los recorrió de arriba abajo: las telas extrañas, el corte imposible de sus ropas, la limpieza absurda de sus manos. Luego volvió a Alex.
-¿Nombre? -preguntó con una sola palabra, seca como un latigazo.
Alex inclinó la cabeza lo justo. El corazón le golpeaba las costillas, pero mantuvo la voz firme.
-Li Wei, dominus. Comerciante de Sinae. Viajo con permiso del rey de los partos... y con oro.