Ecos del abismo

Operación: rescate sin llamar la atención (1983)

El sol descendía tras las dunas de Bir Tawil, desangrando su luz naranja sobre las torres que crecían lentamente en Noctara, la ciudad que Alex levantaba sobre tierra que nadie reclamaba y, quizá por eso mismo, sobre sueños que nadie podía disputar. La arena susurraba, como si la propia tierra contuviera secretos de siglos.

En la sala de control, dos androides idénticos observaban los monitores. El aire era tan quieto que hasta los ventiladores parecían meditar.

De pronto, una señal de llamada irrumpió, abrupta, incongruente, como un acorde desafinado en un concierto.
-...como un grito en medio de una biblioteca.
-...como un teléfono sonando en un funeral.

El Omnis designado Unidad 12 giró la cabeza ciento ochenta grados -una torsión elegante, mecánica y precisa- y pulsó el botón.

-¿Alex? ¿Alex? -preguntaba una voz femenina, temblando, al borde de quebrarse como hojas secas al viento.

-Alex, Iris y Víktor se encuentran fuera del planeta -respondió la voz monótona, medida, como un registro automático de los años noventa, incapaz de añadir consuelo.

Un suspiro tembloroso atravesó la línea.

-Soy Lee Ha-eun. Alex me dijo que, si alguna vez necesitaba ayuda... que no dudara en llamar. Necesito proteger a mi hija, por favor.

-Lo lamento, señora Lee. Alex e Iris Están ilocalizables.

Mantenga la comunicación abierta; así podremos triangular su posición. En menos de dos horas, alguien estará con usted.

La señal se cortó. Unidad 12 se levantó de su silla con la elegancia rígida de un armario de precisión y se dirigió a la puerta.

-¡Alto ahí, genio del mal! -interrumpió otra voz idéntica desde el fondo de la sala.

Alera, su contraparte, avanzó con la paciencia contenida de quien ha esperado demasiado tiempo que su hermano aprenda la discreción.

-¿No estarás pensando en enviar a Grov a Busan? -preguntó, cruzándose de brazos con la gravedad de quien anuncia un desastre inminente.

-Es el único operativo disponible en la ciudad -respondió Unidad 12, inmutable.

Alera soltó un suspiro que llenó la sala, un eco teatral que parecía recordarle a todos los sistemas de control la imposibilidad de la logística humana.

-Revisa tus bancos de datos, Doce -dijo con la paciencia de una madre instructora-. ¿De qué especie es Grov exactamente?

-Draconarii -replicó él sin vacilar.

-Correcto. Ahora imagina la escena: un dragón negro de cuatro metros y medio, alas que oscurecen la luna, colmillos tan largos como sables láser y capaz de derribar farolas con un estornudo... paseando, tranquilo, por el centro de Busan, a medianoche.

Los LED de Unidad 12 parpadearon, casi como si un pensamiento emocional se hubiera filtrado entre sus circuitos.

-Cálculo rápido -murmuró-. Probabilidad de pánico masivo: 99,8 %. Probabilidad de intervención militar: 91 %. Probabilidad de que alguien intente hacerle una foto antes de ser incinerado: 200 %.

-Premio -dijo Alera, ya en la puerta-. Deja que yo le explique a la lagartija antes de que sugieras que se ponga una gabardina y se confunda con los humanos.

Mientras salía, Alera mascullaba entre dientes:

-Nada dice "misión de rescate discreta" como un dragón pidiendo un billete de metro en coreano, ¿verdad? Imbéciles...

La puerta se cerró con un siseo que parecía contener una risa, un recordatorio de que incluso la tecnología más seria puede encontrar humor en la absurda fragilidad del mundo humano.

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Alera bajó por el ascensor de servicio hasta el nivel -4, el único lugar de toda la base donde el aire olía a carbón vegetal, azufre y plátano demasiado maduro. La puerta se abrió con un suspiro cansado y allí estaba Grov, sentado en el centro del comedor como si la mesa de acero reforzado fuera un trono improvisado.

Cuatro metros y medio de escamas negras y brillantes; las alas, plegadas con descuido sobre el respaldo de tres sillas soldadas entre sí; y la cola, enroscada alrededor de una cuarta para no barrer el suelo. Delante de él, una montaña de fruta confiscada de la cocina: mangostanes, durianes, unas extrañas peras coreanas en forma de campana y algo que parecía un melón.

Grov masticaba con la boca abierta, con esa satisfacción primitiva que solo tienen los reptiles cuando creen que nadie los está mirando.

Tenía un durián entero metido hasta la mitad en la boca. El aliento del reptil hizo que los sensores olfativos de Alera se declararan en huelga de inmediato.

-Buenas noches, príncipe del aliento fétido -dijo Alera sin preámbulos.

Grov levantó la vista. Un ojo dorado, pupila vertical, la enfocó con curiosidad. Sacó el durián con un sonoro plop y habló con una voz grave que parecía salir de una caverna llena de brasas.

-Alera. Pensé que los hermanos Omnis estabais ocupados vigilando el cielo. ¿Vienes a pedirme que destroce algo? Hoy estoy de buen humor.

-No destruir. Rescatar. Hay diferencia.

Grov se lamió los colmillos, dejando una gota de jugo de durián colgando como una joya ámbar.

-¿Rescatar qué? ¿Un gatito en un árbol? Los gatos me miran raro y luego se mean encima.

-Una niña. Un año de edad. Humana. Nombre en clave: Yeon Seo. Su madre, Lee Ha-eun, dice que ambas están en peligro y necesitan ayuda.

El dragón se quedó completamente quieto. El durián olvidado rodó por la mesa y cayó al suelo con un golpe húmedo.

-¿Yeon Seo? -preguntó. Por primera vez su voz bajó de volumen, casi un susurro de volcán dormido-. ¿Qué pasa con la niña?

-¿La conoces? -preguntó Alera, intrigado.

-No en persona -gruñó Grov-. Alex me contó la historia de su nacimiento. Intentó convencer a los padres de quedarse para poder educar a la niña, pero se negaron y volvieron a Corea.

-Pues la madre está escondida con la niña en un apartamento de Haeundae. Probablemente perseguidas por kkangpae o algo peor. La pequeña está en peligro inminente. Alex, Iris y Víktor están fuera del planeta. Unidad 12 quería mandarte directamente con una gabardina como camuflaje, pero lo detuve antes de que provocaras el Apocalipsis en versión "portada de periódico".




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