Ecos del abismo

Un dios sin marketing (71 A.C)

Craso no se rio. Ni se inmutó.

Solo dio un paso más cerca, hasta que Alex pudo ver las pequeñas cicatrices de viruela en su mejilla izquierda y oler el vino agrio en su aliento.

-¿Sinae? -repitió, con un desprecio que cortaba más que cualquier gladius-. Los partos no dejan pasar ni a sus propios mercaderes sin tributos que harían llorar a un publicano. Y tú vienes aquí, con oro que no lleva la efigie de ningún rey vivo, y pretendes comprar a una rebelde que vale menos que el clavo de su cruz.

Bajó la voz hasta convertirla en un siseo que solo Alex e Iris pudieron oír.

-Dime la verdad o te abro en canal aquí mismo y dejo que los cuervos se coman tu mentira junto con tus tripas.

El centurión dio un paso atrás, aterrado. Sabía reconocer cuándo su general estaba a un latido de matar.

Alex no retrocedió. Sabía que cualquier muestra de miedo lo condenaría.

-Dominus -dijo con voz baja y firme-, no miento sobre el origen del oro. Viene de tan lejos que ni siquiera los mapas de Eratóstenes lo alcanzan. Y no pretendo insultar tu inteligencia con cuentos de dragones.

Hizo una pausa calculada y luego jugó la única carta que un romano como Craso podía respetar de verdad: el interés puro y duro.

-Sé que mañana vas a desfilar por Roma con la cabeza de Espartaco en una pica. Sé que el Senado te debe favores, pero también sé que Pompeyo está en Hispania acumulando más gloria de la que tú tendrás nunca si solo traes cadáveres crucificados.

Craso entrecerró los ojos. Nadie, nadie, se atrevía a mencionar a Pompeyo en su presencia sin temblar.

-Continúa -ordenó, con una voz que era puro hielo.

-Esa muchacha -Alex señaló con la barbilla a Eunoe- no es una esclava cualquiera. Es la mujer de Espartaco. La que estaba con él en el Vesubio cuando empezó todo. La que los gladiadores llaman "la leona de Capua". Si la crucificas aquí, mañana será una nota al pie. Pero si la llevas viva a Roma... encadenada, humillada, arrojada a los pies de los rostrales mientras tú pronuncias tu discurso de triunfo... Pompeyo se morirá de envidia. Y el populacho hablará de Marco Craso durante años.

Silencio.

Incluso los soldados cercanos bajaron la voz.

Craso miró a la muchacha. Luego volvió a mirar a Alex, evaluando, calculando.

-¿Cómo sabes tú que es la mujer de Espartaco? -preguntó al fin.

-Porque los tracios que capturasteis vivos en Lucania hablaban de ella antes de que les arrancarais la lengua -respondió Alex sin pestañear-. Y porque un hombre que trae oro como este siempre tiene oídos en los sitios correctos.

Era una mentira perfecta: imposible de verificar en ese momento y absolutamente plausible.

Craso se quedó callado un tiempo que pareció eterno.

Luego soltó una risa breve, casi un gruñido.

-Eres un hijo de puta listo, Li Wei... o como diablos te llames realmente.

Se giró hacia el centurión.

-Que la saquen de la cruz. Que la laven, la vistan con una túnica decente y la pongan en mi carroza. Con cadenas de plata, no de hierro. Que todo Roma vea que Marco Craso no solo crucifica rebeldes... también los exhibe vivos cuando le conviene.

Después volvió a mirar a Alex, y esta vez había algo parecido al respeto en sus ojos.

-Tú y tu "intérprete" vendréis conmigo también. Si mañana en Roma alguien pregunta de dónde salió esa mujer, tú estarás ahí para repetirlo. Y si has mentido...

No terminó la frase. No hacía falta.

Alex inclinó la cabeza, ocultando el alivio.

-Como ordenes, dominus.

Iris, por el Huìlù, soltó un único pensamiento:

«Joder. Eso ha estado demasiado cerca.»

Mientras los soldados arrastraban a Eunoe (ahora con grilletes de plata en vez de hierro), la muchacha levantó la vista hacia Alex.

Y esta vez no sonrió.

Solo asintió, una sola vez, con una mezcla de gratitud y advertencia.

Porque sabía, igual que ellos, que acababan de subir al carro del hombre más peligrosos de toda Roma.

Y que, de alguna forma, ahora su destino y el de ellos estaban atados al mismo nudo corredizo.

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Craso montó en su caballo mientras Eunoe era depositada en el carro. Alex e Iris caminaban a su lado, mirándose entre sí.

-¿Y ahora qué? -dijo Iris por el Huìlù-. ¿Contento? Ya nos has metido en otro de tus líos.

-Tranquila -respondió Alex con calma fingida-. Todo está saliendo según mis planes.

Iris lo miró como si le hubieran crecido dos cabezas.

-¿Según tus planes? ¿Que nos abran en canal o nos crucifiquen también entra en tus planes?

Alex sonrió y se acercó despacio al carro donde descansaba Eunoe.

Craso, desde lo alto del caballo, captó el movimiento. Tiró de las riendas y guió al animal hasta detenerse junto a Alex. El auriga frenó en seco.

-¿Li Wei...? ¿Puedo saber qué haces? -preguntó el general, desconfiado.

Alex sostuvo la mirada sin bajar los ojos esta vez.

-Dominus -dijo con la deferencia justa-, si en el futuro esta esclava va a ser mía, conviene que llegue en condiciones aceptables. Solo quiero comprobar que no está demasiado dañada. Con vuestro permiso.

Craso lo estudió un instante más, luego asintió seco.

-Revísala.

Alex acercó las manos al rostro de Eunoe con una suavidad que contrastaba con todo lo demás. La examinó despacio, casi con ternura. Y entonces, aprovechando que Craso ya había desviado la vista, deslizó el diminuto Huìlù en su oído derecho.

Eunoe se tensó un segundo; abrió mucho los ojos, contuvo el aliento. Un cosquilleo breve, extraño, y luego nada.

-Está bien -dijo Alex retirándose-. No está muy dañada.

Craso espoleó al caballo de nuevo hacia la cabeza de la columna.

-Continuad -ordenó sin mirar atrás.

En la mente de Eunoe, de repente, una voz masculina y cercana:

-Hola, pequeña. ¿Estás bien? ¿Te han hecho mucho daño?

La muchacha se quedó rígida, buscando con la mirada a los dos mercaderes extraños.




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