La Argus surcaba el hiperespacio rumbo a la Tierra. Cassian y Jorvan permanecían en el puente, atentos a los instrumentos de control. Noemí, en cambio, había pasado casi todo el viaje en la zona de celdas. Desde que abandonaron Nyxara, no había apartado la vista del prisionero.
Este ocupaba una celda con el máximo nivel de seguridad del sistema.
—¿No me digas que todavía estás resentida conmigo? —preguntó Kaelen con sorna.
Noemí lo fulminó con una mirada cargada de odio, capaz de hacer temblar a cualquiera.
—¿Resentida? Oh, no. Estoy mucho más que resentida —replicó ella entre dientes—. Alex debería haberte matado y reducido a cenizas el día que te trajo a este universo.
Kaelen soltó una carcajada.
—Alex, Alex, Alex... El bendito Alex —se burló—. Siempre creyendo que incluso seres de pura maldad como yo pueden reformarse. Tiene un poder enorme, pero sigue siendo un maldito blandengue.
Noemí golpeó con furia el reposabrazos de la silla en la que estaba sentada.
—¡Te prohíbo que hables así de él! Alex es...
—Tu salvador —la interrumpió Kaelen.
Suspiró, cerró los ojos un instante y luego los abrió para clavarlos en los de la mujer.
—¿Qué vas a hacer, Eunoe? ¿Matarme? Me necesitáis.
Noemí se acercó a la celda y aproximó el rostro todo lo posible a la barrera de energía que los separaba. Sentía el calor que emanaba de ella.
—No vuelvas a llamarme por ese nombre —siseó—. Me llamo Noemí. Ese nombre pertenece a alguien que ya está muerto. Eunoe murió en el polvo de la Vía Apia, Kaelen. La mujer que tienes delante es la que te verá arder.
Kaelen sonrió de nuevo y empezó a repetirlo, como un mantra burlón:
—Eunoe, Eunoe, Eunoe...
Noemí se dirigió a la consola de mando de las celdas y pulsó un botón. En cuestión de segundos, una potente descarga eléctrica recorrió el suelo de la celda, electrocutando a Kaelen.
El hombre sintió el dolor abrasador extenderse por todo su cuerpo. La descarga no cesaba. En lo poco que podía moverse, vio a Noemí con el dedo firme sobre el botón. De pronto, empezó a convulsionar; de su boca brotaron restos de la cena que le habían servido.
—¡Ya basta! —gritó una voz.
Noemí alzó la vista. Era Cassian, plantado en la puerta de la zona de celdas. Corrió hacia ella y apartó su mano del botón.
—¿Te has vuelto loca? —exclamó, enfadado—. ¿Quieres matarlo? ¡Lo necesitamos!
Noemí, alterada, intentó pulsar el botón de nuevo.
—¡Esa maldita bestia debería estar muerta! —gritó con furia y odio.
Cassian la sujetó con fuerza.
—No sé por qué lo odias tanto ni qué te hizo —le dijo—, pero no merece la pena perderlo todo por alguien como él.
Noemí empezó a calmarse poco a poco. Lanzó una última mirada furiosa a Kaelen y se dejó caer en una de las sillas.
—¿Por qué estás aquí? —preguntó, ya más serena.
—Estamos a punto de llegar a la Tierra. Quedan unos diez minutos.
—Bien. Vamos al puente —ordenó Noemí.
Antes de que salieran, Kaelen rompió a reír.
—Adiós, Eunoe. Nos veremos pronto.
Noemí se volvió una vez más y le dedicó una última mirada cargada de odio profundo. Después abandonó el lugar; la puerta se cerró tras ellos, dejando al prisionero solo, limpiándose los restos del vómito.