Elena sonreía con una calma que resultaba casi inquietante, mientras el equipo de la DAA permanecía congelado en un silencio absoluto, con los rostros pálidos por la conmoción. Yeon, por su parte, la observaba con una resignación que ocultaba un nudo de inquietud en el estómago.
De pronto, sin previo aviso, la expresión de Elena se endureció como si una sombra hubiera cruzado su rostro. Yeon lo captó al instante —un cambio sutil pero alarmante—, aunque los miembros de la DAA, aún aturdidos, no parecieron notarlo.
—¿Ocurre algo? —susurró Yeon, acercándose un paso, con la voz teñida de una urgencia contenida.
—Ya hablaremos —respondió Elena con frialdad cortante, y con los ojos endurecidos por algo que solo ella sabía. Acto seguido, se desvaneció en el aire, dejando un vacío que pareció succionar el aliento de todos. El equipo de la DAA se quedó boquiabierto, mientras los corazones les latían con fuerza, desconcertados hasta el punto de la parálisis. En sus mentes bullían preguntas frenéticas, pero una se imponía con terror creciente: ¿quién —o qué demonios— era realmente Elena?
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Elena se materializó en la Argus con un escalofrío que le recorrió la espina dorsal. Cerró los ojos y se concentró... sintió el pulso agonizante de la nave: un temblor profundo, como los últimos estertores de una bestia herida. La Argus se estaba muriendo, y rápido.
—Argus, diagnóstico inmediato —ordenó, con voz tensa, casi quebrada.
La IA respondió con su tono impersonal, pero las palabras le cayeron como martillazos:
—Daños estructurales críticos. Motor de salto irreparable. Colapso total inminente: cuatro minutos y cincuenta segundos.
El corazón de Elena le dio un vuelco.
—¿Y la tripulación? —preguntó, temiendo ya la respuesta.
—Tenientes Casian y Jorvan en el puente de mando. Sin signos vitales.
—¿Y la comandante Noemí?
—Zona de cápsulas de salvamento. Estado crítico. Hemorragia interna masiva. Atención médica inmediata o... fallecimiento en minutos.
Elena dejó escapar un suspiro entrecortado, mientras el miedo y la rabia se mezclaban en su pecho. Se teletransportó al puente en un instante. Allí estaban Casian y Jorvan, inertes, los cuerpos destrozados por lo que fuera que hubiera sucedido. Tocó sus frentes frías; desaparecieron al momento, enviados a un lugar seguro. Luego, con el pulso acelerado, se concentró de nuevo y se desvaneció.
En Ponmari, dentro de la lanzadera camuflada de Yeon, el teniente Seamus O’Connell vigilaba la escena con ojos entrecerrados. La desaparición de Elena no lo alteró; tres años sirviendo a la almirante Yeon lo habían curtido contra lo imposible. Pero entonces vio los cuerpos materializarse en el suelo, y un escalofrío le recorrió la nuca.
—Almirante —llamó por el comunicador, con voz grave.
—Adelante —respondió Yeon, alerta.
—Dos cuerpos frente a la lanzadera. Escaneo confirma: Casian Thorne y Jorvan Voss. Almirante... —Seamus tragó saliva—. Sin signos vitales. Muertos.
Yeon sintió que el mundo se tambaleaba. Ante la mirada estupefacta del equipo de la DAA, echó a correr como si la persiguiera el mismísimo infierno.
—¡Desactiva el camuflaje, ahora! —gritó por el comunicador.
Seamus obedeció sin dudar. La lanzadera se materializó con un destello que iluminó la zona, revelando su imponente silueta. Nathan, Tris, Olivia y los soldados se quedaron petrificados, con el aliento contenido. Nathan reaccionó primero, lanzándose en persecución de Yeon con el corazón en la garganta. Los demás lo siguieron segundos después, tropezando en su prisa.
Yeon llegó jadeante justo cuando la compuerta se abría y Seamus descendía, con el rostro pálido.
Dos minutos más tarde, Nathan irrumpió en la escena, seguido por el resto de su equipo y con los ojos desorbitados ante los cuerpos inertes.
—¿Estás completamente seguro? —preguntó Yeon, con la voz temblorosa por primera vez y acercándose a los cadáveres como si pudiera negar la realidad.
—Sí, señora. Muertos —confirmó Seamus, con un nudo en la garganta—. ¿Órdenes?
—Encapsúlalos en vainas de mantenimiento. Y prepárate... porque esto no ha terminado —murmuró Yeon, con los ojos fijos en el horizonte, anticipando el regreso de Elena con un terror que le atenazaba el pecho.
Seamus suspiró pesadamente y comenzó el procedimiento mientras Nathan y los demás los rodeaban, lanzando preguntas ahogadas por el shock. Yeon apenas los oía; su mente estaba atrapada en un torbellino de temor: ¿qué habría visto Elena para reaccionar así? ¿Y qué vendría después?
En la Argus, Elena se materializó junto a las cápsulas de salvamento. Noemí yacía inmóvil en un charco de sangre, con el rostro ceniciento; su pecho apenas subía y bajaba. Elena la tocó con manos temblorosas, pero antes de teletransportarla, alzó la voz con furia contenida:
—Argus, transfiere tu esencia completa a una unidad de escape. ¡Eyéctala ya! Necesito respuestas: qué ha pasado aquí... y cómo ese maldito animal de Kaelen ha escapado.
Después desapareció con Noemí en un parpadeo. La IA ejecutó el comando de evacuación con la precisión de lo inevitable: su núcleo de datos se comprimió en la esfera de escape, una pequeña burbuja de metal y luz que contenía cada registro, cada secreto y cada segundo del desastre. La cápsula fue lanzada al vacío, alejándose a toda velocidad, justo antes de que el corazón de la nave se rindiera.
La Argus implosionó en un silencio absoluto. En el vacío del espacio no hubo estruendo, solo un cegador destello blanco-azulado que duró una fracción de segundo, como el último suspiro de una estrella agonizante. Una onda esférica de plasma y vapor metálico se expandió con furia antes de ser devorada por la oscuridad.
Cuando el brillo se extinguió, solo quedó una nube de escombros mudos y helados. Pero, lejos de los restos errantes, la pequeña esfera de la IA continuó su deriva, parpadeando débilmente en la inmensidad: una chispa solitaria de esperanza que guardaba, en su interior, la verdad que Elena tanto necesitaba.