El aire en el claro de Ponmari se quebró con un chasquido seco, como un hueso partiéndose. Elena apareció tambaleándose, con Noemí inerte entre sus brazos. La comandante estaba pálida como ceniza, el uniforme hecho jirones y empapado en su propia sangre, que aún goteaba sobre la hierba.
—¡Médicos! —bramó Yeon, poniéndose de pie de un salto.
Seamus reaccionó al instante. Desde el borde del claro pulsó un comando en su muñeca, y dos androides médicos de la Unión se desplegaron con rapidez silenciosa. Sus luces azules parpadeaban mientras corrían hacia ellas, extendiendo sus brazos articulados y desplegando la camilla portátil. Escanearon, inyectaron, estabilizaron. Noemí fue tendida con precisión mecánica.
Elena se quedó allí, con los brazos vacíos, respirando con dificultad. Las piernas le temblaban, pero se mantuvo erguida, con la barbilla alta, como si desafiara al mundo entero a derribarla.
Los agentes de la DAA —observando la escena— se mantuvieron a distancia, intercambiando miradas tensas. Estaban desconcertados, incapaces de entender lo que pasaba.
Cuando los androides confirmaron con voz neutra que Noemí estaba estable, Elena avanzó un paso hacia Yeon, mientras el barro crujía bajo sus botas.
—¿Por qué no me lo dijiste?
Su voz era baja, pero cortante, con un filo que Yeon conocía demasiado bien: rabia contenida, hirviendo bajo la superficie, lista para estallar como tormenta de verano en el Mediterráneo.
Yeon levantó la vista despacio.
—¿De qué hablas?
—No me mientas —la interrumpió Elena, y la contención se rompió de golpe—. ¿Por qué sacaste a Kaelen de prisión?
Un murmullo recorrió a los agentes de la DAA. Uno frunció el ceño; otro inclinó la cabeza, perdido. Una soldada se llevó una mano a la boca.
Yeon apretó los dientes hasta sentir dolor.
—No tuve otra opción.
—Siempre hay opciones —replicó Elena, helada, pero con un fuego enorme latiendo debajo.
Yeon dio un paso hacia ella, bajando la voz.
—Los Draconarii preparaban otra exploración mental profunda. Era cuestión de tiempo que descubrieran que Kaelen conoce los códigos de acceso a las defensas de Oscuria. Si eso ocurría, no hablaríamos de incidentes aislados. Hablamos de guerra total. No podía permitirlo.
Elena soltó una risa breve, seca, que murió antes de llegar a sus ojos. Era una risa que Yeon había oído en los peores días: la risa de quien ya no espera nada bueno del mundo.
—Debiste matarlo, Yeon.
El silencio cayó pesado.
—¿Qué has dicho? —Yeon estaba realmente desconcertada.
Los agentes de la DAA intercambiaron miradas incómodas. Uno retrocedió. Seamus, junto a la lanzadera, apretó los puños, pero no se movió. Sabía reconocer una pelea entre hermanas cuando la veía —aunque no compartieran sangre, aunque una fuera coreana y la otra llevara en las venas el legado ainu y español—. Esto era cosa de ellas. Solo de ellas.
—Ya me has oído —repitió Elena, sin parpadear—. Debiste ordenar que Noemí lo ejecutara.
Yeon la miró como si viera a una desconocida.
—¿De verdad habrías querido que lo matáramos a sangre fría?
—Sí —respondió Elena, firme, con la mirada directa y orgullosa incluso en la crueldad—. Es un asesino. Desde que mi padre lo trajo de aquel universo paralelo, no ha hecho otra cosa que matar. Kaelen no es una persona, Yeon. Es una enfermedad. Y las enfermedades no se negocian… se cortan de raíz.
Un jadeo escapó de una de las agentes de la DAA. La mujer palideció y apartó la mirada.
Yeon levantó la mano lentamente. Su rostro estaba pálido y los ojos brillantes.
El golpe fue seco, brutal. La cabeza de Elena giró por el impacto. Un hilo de sangre apareció en la comisura de su labio. Pero no gritó ni retrocedió. Solo se llevó la mano a la mejilla, con esa dignidad terca que Yeon siempre había asociado a la parte española de su sangre.
Yeon temblaba entera, con los puños cerrados y la voz rota.
—Maldita cría… ¿Dónde quedó la niña que sostuve entre mis brazos el día que nació?
Elena se tocó la mejilla enrojecida. Sus labios temblaron un instante. Cuando volvió a mirar a Yeon, la rabia se había evaporado. Solo quedaba un cansancio antiguo, infinito.
—Maduró —susurró—. Demasiado pronto. Y a un precio demasiado alto.
Dio un paso más… y las piernas le fallaron.
—¡Elena! —gritó Yeon, atrapándola justo antes de que cayera al suelo.
Elena abrió los ojos apenas un segundo. Su voz era un hilo.
—Perdóname…
Yeon la apretó contra su pecho con fuerza, como si pudiera protegerla de todo lo que ya la había roto.
—Idiota —murmuró con voz quebrada—. Eres mi mejor amiga. No voy a dejar que te pudras en una venganza que no te devolverá nada.
Le acarició el cabello, cerrando los ojos con fuerza.
—Tu padre no me lo perdonaría… y yo tampoco si te pierdo a ti.
Los agentes de la DAA observaban en silencio, a distancia. Los androides médicos permanecían inmóviles. Seamus bajó la mirada.
Nadie entendía del todo lo que acababa de pasar.
Pero todos sentían que algo irreparable se había roto.
Y que lo peor aún estaba por venir.
Nathan dio un paso al frente, ceño fruncido, mezclando curiosidad y preocupación.
—Elena, ¿qué demonios acaba de pasar ahí arriba? ¿Quién es ese Kaelen del que hablaban? ¿Y por qué…?
Tris y Olivia se acercaron, flanqueadas por los cuatro soldados que completaban el contingente estadounidense. Todos miraban a Elena y a Yeon con una mezcla de desconcierto y urgencia profesional. Observaban, sí, pero también tenían informes que redactar y preguntas que no podían ignorar.
Elena, aún sostenida por Yeon, levantó la cabeza despacio. El golpe en la mejilla seguía rojo y el hilo de sangre en la comisura del labio se había secado.
Respiró hondo, se incorporó con esfuerzo y, por primera vez desde que había llegado, sonrió.
No era una sonrisa amable.