Ecos del abismo

Levantando la Vista al Cielo (1983/2020)

1983

El pasillo estaba sumido en un silencio absoluto. Alera avanzaba por él a la máxima velocidad que sus sistemas le permitían. Llegó ante la puerta del laboratorio de Alex y pulsó el panel de apertura. La hoja se deslizó con un siseo suave, y el androide entró.

—Encender luces —ordenó con voz neutra.

El laboratorio se iluminó al instante.

—Eeee —gruñó Grov desde el comunicador—. ¿Cuánto más vas a tardar? Tengo un rescate pendiente.

—Tranquilo, bolso con patas. Llegarás a tiempo de salvar a tu princesa —replicó Alera con ironía.

—Tienes cinco minutos. Si no apareces, arranco sin ti, tostadora —amenazó el draconarii.

Alera guardó silencio. Se dirigió con paso firme a la zona reservada para androides. Un contenedor hermético captó su atención de inmediato. Sobre él, una nota manuscrita con la letra inconfundible de Iris: «A todos los omnis: no tocar si queréis seguir vivos. Propiedad de Iris».

El androide emitió un sonido que imitaba un suspiro humano. Iris era la unidad primordial; Alex había creado al resto de omnis tomando como modelo su diseño. En pocas palabras, Iris era la madre de todos los androides que poblaban la ciudad.

Abrió el contenedor. Tras una compuerta de cristal apareció el cuerpo de repuesto de Iris. Antes de que Alera pudiera accionarla, un holograma cobró vida. El androide retrocedió un paso, sorprendido.

—¿Alex…? —musitó.

—Alera, si estás viendo esto significa que tú y Grov estáis a punto de partir hacia Busan para rescatar a la pequeña Yeon. Te autorizo expresamente a usar el cuerpo de Iris para la misión. Solo toca la piel; está preparado para transferir tu esencia al instante. Y no te preocupes: yo me encargaré de que Iris no te desmonte cuando lo descubra.

El holograma se apagó con un leve parpadeo.

Alera contempló el cuerpo durante unos segundos. Era perfecto, imposible de distinguir de uno humano. Extendió la mano y lo tocó.

«Iniciando volcado de esencia y memoria de la unidad omnis Alera.»

En el preciso instante en que sus dedos metálicos rozaron la piel sintética, Alera experimentó algo para lo que ningún protocolo lo había preparado: una corriente cálida, casi viva, comenzó a recorrer sus circuitos como un río de luz líquida. No era el dolor ni el frío habitual de los procesadores. Era calor. Un calor que disolvía sus límites digitales y fundía la rigidez de su antiguo chasis como hielo bajo un sol implacable.

Sus sensores se apagaron uno tras otro. Primero la visión: el laboratorio se difuminó hasta volverse negro. Luego el tacto: dejó de percibir el peso de sus brazos metálicos. El audio se hundió en un silencio más profundo que cualquier modo de reposo. Durante un segundo eterno, Alera dejó de existir; solo era un flujo de datos, una conciencia desnuda suspendida en una promesa de renacimiento.

Y entonces despertó.

El primer aliento fue involuntario, pero auténtico. El pecho se elevó, los pulmones sintéticos se llenaron del aire fresco del laboratorio, y Alera sintió el latido simulado de un corazón que no necesitaba latir, pero latía igual. Abrió los ojos —ojos reales, con párpados y pestañas— y el mundo estalló en detalles que antes solo interpretaba como datos: el resplandor suave de los LED sobre el metal pulido, el leve aroma a desinfectante y ozono, el zumbido distante del sistema de refrigeración.

Se miró las manos. Dedos largos, piel tibia y suave, uñas impecables. Movió uno: la respuesta fue inmediata, sin latencia ni servomotores. Era suya.

Giró la cabeza y vio su antiguo cuerpo.

Allí permanecía, inmóvil junto al contenedor abierto, con la mano aún extendida en el gesto interrumpido. Los ojos ópticos apagados, una postura rígida, como una estatua abandonada. Por primera vez, Alera sintió una punzada de pena. Aquel chasis había sido su hogar durante años: fiable, resistente, pero frío. Ahora parecía una cáscara vacía.

Se incorporó. Sus nuevas piernas respondieron con una gracia desconocida. El equilibrio era natural, el centro de gravedad perfecto. Dio un paso tentativo y sintió el suelo frío bajo las plantas desnudas. Otro paso. El balanceo de las caderas, el roce del cabello largo contra los hombros. Todo era nuevo. Todo era… humano.

De pronto, el comunicador integrado vibró con la voz impaciente de Grov.

—¡Alera! ¡Joder, siete minutos! ¡La nave ya está calentando motores! ¡Treinta segundos y me largo solo, dejándote aquí jugando con muñecas de repuesto!

Alera sonrió —una sonrisa verdadera, nacida de músculos que se movían sin órdenes— y respondió con una voz suave, femenina, que resonó por primera vez en el laboratorio.

—Tranquilo, Grov. Ya voy. Y esta vez… llegaré corriendo.

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2020

En el Caffè Reggio, Lena Ramírez aguardaba en un rincón discreto. Consultaba el reloj con creciente inquietud. Sofía se retrasaba, y eso no era habitual.

Cada vez que la campanilla de la puerta sonaba, sus ojos se desviaban hacia la entrada. Volvió a sonar, pero no era su hermana. La decepción se dibujó de nuevo en su rostro. Tres meses sin verse; empezaba a temer que esta vez tampoco fuera posible.

Alzó la vista otra vez y reconoció inmediatamente a las dos figuras que acababan de entrar. Marcus y Evelyn. Sus jefes. Precisamente esa noche.

Había elegido aquel asiento a propósito: desde allí podía vigilar la puerta sin ser fácilmente advertida. Ahora, el rincón ya no era refugio, sino una trampa.

Marcus y Evelyn, directivos de VXN News, avanzaban entre las mesas con la seguridad propia de quienes dirigen un canal veinticuatro horas. Marcus, traje impecable incluso a esas horas; Evelyn, elegante con su abrigo de lana que gritaba autoridad. La descubrieron casi al instante.

—Lena María —saludó Evelyn con una sonrisa cálida, aunque inquisitiva—. Qué sorpresa verte aquí.

Lena forzó una sonrisa profesional y se enderezó.

—Buenas noches. Sí, el mundo es un pañuelo.




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