Ecos del abismo

Déjate llevar (1983)

Alera entró en la zona de despegue y vio a Grov plantado frente a la puerta de la lanzadera. La impaciencia se le notaba en cada músculo tenso.

—¿Has reducido tu cuerpo? —le preguntó.

—¿Creía que ibas a volar con tus alas?

Grov se volvió al escuchar una voz desconocida a su espalda. Sus ojos amarillos comenzaron a escanearla de arriba abajo.

—¿Alera? —murmuró el draconarii, con una mezcla de sorpresa y curiosidad.

—¿Y qué tal? ¿Te gusta? —La androide giró lentamente sobre sí misma para que él pudiera apreciarla por completo.

—Iris te va a despellejar cuando regrese —apuntó con ironía.

—Gracias, lagartija hiperdesarrollada. Tus ánimos me llegan al alma.

Grov exhaló un suspiro largo.

—¿Entramos de una vez o lo posponemos hasta el año que viene?

—Pasa, lagartija —ordenó Alera con un gesto.

El reptil obedeció y subió a la nave. Alera lo siguió con la mirada, maravillada por lo que sus nuevos ojos le permitían captar. Ya no eran meros sensores ópticos que traducían el mundo en datos fríos; ahora veía texturas, matices, vida.

Lo que más la impactó fueron aquellos ojos ofídicos. Carecían de párpados y los cubrían una escama transparente, tan lisa como el cristal y que nunca se cerraban. Esa mirada fija e inmóvil le erizó la piel sintética: sin parpadeo, sin el menor atisbo de emoción aparente, solo una atención gélida y perpetua, como si la observara desde un instinto anterior al propio miedo.

Alera tomó asiento. Durante unos segundos, una avalancha de pensamientos le cruzó la mente. ¿Qué era aquella sensación que acababa de recorrerla? ¿Miedo? ¿Así se sentía el miedo?

Imposible, se reprendió en silencio. Soy una androide. No estoy diseñada para emociones humanas.

El súbito rugido de los motores la sacó de su ensimismamiento.

—¿Lista? —preguntó el draconarii, lanzándole una mirada de reojo.

Alera asintió. La lanzadera incrementó la potencia y empezó a ascender. Grov la observó un instante y curvó apenas los labios en algo que ella interpretó como una sonrisa.

—Bienvenida al mundo de las emociones, tostadora —dijo con sorna, antes de volver la vista al frente y maniobrar para sacar la nave del hangar.
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La lanzadera surcaba el silencio rumbo a Busan. Hacía más de una hora que había llegado el aviso de auxilio. Alera supervisaba los sistemas de sensores con minuciosidad, pendiente de cualquier avión comercial que pudiera cruzarse en su trayectoria.

Grov, mientras tanto, manejaba los controles de pilotaje. Pulsó una secuencia de botones y la voz sintética de la IA resonó en la cabina:

—Piloto automático activado. Sistema de camuflaje activado.

Inmediatamente después, giró su asiento hasta quedar frente a la androide y clavó en ella su mirada inmóvil.
Alera no le prestó atención al principio, pero al cabo de tres minutos bajo aquellos ojos fijos empezó a notar una inquietud creciente. Nervios.

—Solo déjate llevar —susurró el draconarii.

Alera alzó la vista, desconcertada.

—¿Dejarme llevar?

—Sí. Es lo que Alex le dijo a Iris cuando ella atravesó lo mismo que tú ahora, niña. Te lo repetiré tal como él se lo dijo: déjate llevar. Las emociones no se analizan ni se comprenden; se viven. Hay cosas en este universo que solo cobran sentido al experimentarlas, y las emociones son la principal. Pretender descifrarlas solo te regala un dolor de cabeza inolvidable.

Alera guardó silencio, rumiando aquellas palabras. De pronto, sin previo aviso, algo golpeó suavemente su cabeza.

La androide soltó un leve grito de dolor.

—¿Qué te he dicho, tostadora? —reconvino Grov—. Deja de pensar tanto. Hay tiempo para razonar y tiempo para sentir. Lo que te está removiendo por dentro ahora mismo… déjate llevar por ello.

Alera exhaló un suspiro tembloroso.

—Te entiendo, pero es difícil. En este momento estoy…

—¿Sintiendo miles de cosas que tu antiguo chasis nunca registró? —completó el draconarii.

Ella asintió. Grov continuó con voz más grave:

—Tú y yo nos parecemos más de lo que imaginas.

—¿Parecidos? ¿En qué?

El reptil la miró directamente a los ojos y soltó un resoplido profundo que sonaba a suspiro antiguo.

Alera sintió de nuevo aquel escalofrío familiar, el mismo que la había recorrido la primera vez que se enfrentó a aquella mirada sin párpados.

—A los draconarii nos crían creyendo que somos la cima del universo. Nos repiten que las emociones de las demás especies son debilidad pura. Y la debilidad, para nosotros, es el peor pecado: te rebaja al nivel de la presa.

Alera escuchaba sin interrumpir. Grov prosiguió:

—La primera vez que conocí a Alex le fracturé varias costillas y casi le arranqué un brazo. Al terminar el combate de honor por doce mundos, estuve a punto de acabar con él.

—¿Y qué hizo cuando me venció y mi propio clan exigió mi ejecución? —Sostuvo la mirada de Alera—. Me perdonó. Me abrió las puertas de su casa. Durante mucho tiempo no comprendí por qué me salvó. Ahora lo sé: no vio a un enemigo derrotado, sino a alguien perdido que necesitaba una mano.

Hizo una pausa y añadió, casi con ternura:

—Por eso, tostadora con patas, te equivocarás, tropezarás, cometerás errores. Pero también vivirás instantes tan intensos que te convencerán de que esta vida merece ser vivida hasta el final.

De pronto, las lágrimas asomaron a los ojos de la androide y rodaron por sus mejillas. Grov se incorporó, posó con cuidado una garra sobre su hombro y acercó el hocico a su oído izquierdo.

—¿Sabes qué más le dijo Alex a Iris en aquel momento?

Alera negó con un hilo de voz, incapaz de contener el llanto.

—Enhorabuena —musitó el draconarii—. Acabas de encontrar tu alma.
Regresó a su asiento, giró hacia los controles y tomó el mando manual. Una señal intermitente anunció la proximidad de Busan.

—Bueno, tostadora… ¿estás lista para tu nueva vida?




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