La lanzadera flotaba en silencio, camuflada entre las sombras de la playa de Haeundae Haesuyokjang. El aire nocturno de finales de diciembre traía un frío cortante mezclado con el salobre aroma del mar, mientras las olas rompían suavemente contra la arena blanca, produciendo un rumor constante y hipnótico.
En la distancia, las luces festivas del Haeundae Light Festival parpadeaban como estrellas caídas, iluminando los rascacielos que bordeaban la costa con un brillo mágico y distante.
Grov se levantó de su asiento y se acercó a Alera.
—¿Tenemos todavía la señal de la madre y la pequeña? —preguntó.
—Sí, la señal proviene del barrio de U-dong, en la zona de apartamentos Haeundae New Town, a unos cinco minutos andando desde nuestra posición. ¿Cómo lo piensas hacer? Todavía eres demasiado grande.
—Tranquila, he traído ropa para vestirme. Puedo enrollar mi cola alrededor de la cintura y usar una capucha para camuflar la cabeza. En cuanto a mi tamaño, puedo reducirlo hasta los ciento noventa centímetros. Alegra esa cara, niña. Todo va a salir bien, ya lo verás —comentó el draconarii para animarla, con un tono cálido que contrastaba con el viento helado que se filtraba en la cabina.
Alera suspiró mientras el vapor de su aliento se hacía visible en el aire fresco.
—Si tú lo dices… Te creeré. Bueno, vamos a movernos.
La noche era serena y gélida; la playa, aunque bañada por el suave resplandor de las farolas y las decoraciones invernales, estaba desierta, envuelta en un silencio roto solo por el susurro de las olas y el ocasional graznido de alguna gaviota lejana.
De pronto, las luces del sector donde la lanzadera permanecía oculta se apagaron de golpe, sumiendo el área en una oscuridad más profunda.
Si algún transeúnte hubiera pasado por allí, podría haber percibido un leve zumbido en el aire, seguido de la aparición de un pequeño círculo distorsionado —apenas lo bastante amplio para una persona— que se abrió como una brecha en la realidad.
Por esa estrecha esclusa, Grov y Alera, vestidos con ropa cotidiana que olía a tela nueva y humana, descendieron de la nave.
Sus pies hundieron ligeramente la arena fría y húmeda, que crujió bajo su peso con un sonido arenoso y sutil.
—Tú mandas, niña. Guíame.
Alera activó el sistema de seguimiento; el leve pitido del dispositivo era apenas audible sobre el rumor del mar.
Antes de empezar a caminar, giró la cabeza hacia Grov.
—¿Qué pasa? —exclamó el draconarii, encogiéndose de hombros.
—¿Niña? ¿Ya no soy tostadora o enchufe con patas?
Grov mostró su sonrisa reptiliana. Sus dientes brillaban débilmente bajo la luz de la luna.
—¿Qué quieres que te diga? Hace rato que no me resultas cargante. Ahora, niña, comienza a andar. A este paso vamos a cumplir la misión para el año que viene.
Alera sonrió y enfocó la mirada en el detector. Inició la marcha mientras la brisa marina azotaba sus ropas y traía el olor salino y puro del océano. De pronto, sin previo aviso, el ronroneo de un motor irrumpió en la quietud: un coche policial de patrulla emergió de la oscuridad y sus faros cortaban la noche como cuchillas.
Grov se acercó rápidamente a Alera y le pasó un brazo por los hombros; esta sintió el calor de su cuerpo escamoso que contrastaba con el frío ambiental.
—Muévete como si estuvieras borracha y empieza a cantar.
Alera obedeció, tambaleándose de forma exagerada mientras tarareaba una melodía desafinada; sus pasos irregulares removían la arena con suaves roces.
—¿No puedes hacerlo mejor? —le susurró Grov, nervioso mientras el corazón le latía con fuerza.
—Soy una androide, lagartija. No sé lo que es emborracharse. Lo hago lo mejor que puedo.
—Calla, están cerca de nosotros —murmuró Grov, soltando el aliento cálido contra su oído.
El coche patrulla se aproximó; el haz de sus luces barría la playa desierta para después detenerse junto a ellos con un chirrido de frenos sobre el asfalto cercano.
—¿Se encuentran bien? ¿Necesitan ayuda? —preguntó uno de los agentes, con la voz amortiguada por la ventanilla bajada.
—No es necesario, agentes —respondió Grov, que segundos antes había activado su simulador de voz—. Solo estamos regresando a casa después de una noche loca de alcohol. Estamos bien, gracias.
La tensión flotaba en el aire helado, espesa como la niebla marina que a veces cubría la bahía. Durante un par de minutos, solo se oyó el rumor incesante de las olas y el tic-tac del motor del vehículo.
—Bien, sigan, pero tengan cuidado, ¿de acuerdo?
El policía subió la ventanilla. El vehículo se alejó lentamente y sus luces rojas y azules se desvanecieron en la distancia hasta perderse entre las sombras iluminadas por el festival.
—Continuemos —indicó Grov, exhalando aliviado.
Los dos se pusieron de nuevo en marcha. El frío de la noche los envolvía mientras la arena crujía bajo sus pies y el mar susurraba promesas de calma.
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Los dos exploradores llegaron a la torre de apartamentos New Town sin más contratiempos.
Alera alzó la mirada hacia la mole de hormigón y acero que se clavaba en el cielo nocturno, un coloso indiferente que ocultaba en su vientre una amenaza mortal.
—Según este trasto, la niña y la madre están en el piso 31, apartamento 2 —masculló entre dientes, con la voz ronca por la tensión—. Jefe… dime, ¿qué hacemos ahora?
Grov permaneció inmóvil unos segundos que se hicieron eternos mientras sus pupilas verticales se contraían, midiendo cada riesgo con la frialdad de un depredador.
—Tú subes sola —gruñó al fin—. Si me ve a mí… le dará un ataque de puro pánico.
Alera soltó un suspiro cortante y pulsó el botón de su pulsera. La cerradura cedió con un chasquido seco que resonó como un disparo en la noche.
Activó el camuflaje; su silueta se disolvió en el aire hasta convertirse en una ondulación apenas perceptible. Cruzó el umbral con el pulso acelerado, sintiendo el frío del miedo reptando por sus circuitos.