Ecos del abismo

Sangre purificada (1983)

Alera se deslizó con sigilo felino hasta situarse junto a Grov, mientras sus sensores ópticos captaban el pulso acelerado del secuestrador.

El hombre oprimía a la niña contra su pecho como un escudo humano, mientras hundía el cañón de la pistola en la sien de la pequeña, cuyo llanto ahogado cortaba el aire.

Los dos guardias de seguridad encontraron el valor necesario y sacaron sus armas apuntando a todos, pero ya era tarde.

Alera extrajo un disco plateado del bolsillo con un destello fulgurante. Lo activó —un zumbido agudo vibró en el ambiente— y lo lanzó con precisión letal.

El dispositivo surcó el aire, emitiendo un flash cegador y descargó dos rayos eléctricos azulados que impactaron directamente en las frentes de los guardias. Sus cuerpos se convulsionaron con violencia; las armas cayeron con estrépito y se desplomaron inertes, los ojos en blanco.

Grov enseñó los colmillos, mientras que las escamas de su cuello se erizaban como cuchillas.

—¿Qué coño has usado esta vez?

—Regalo de Alex —respondió Alera, con voz fría, sin apartar la vista del secuestrador—. Duermen. Sin recuerdos. Fin del problema.

El draconarii dio un paso amenazante hacia el hombre, que retrocedió instintivamente, oprimiendo más a la niña.

—Este es mío —gruñó Grov—. Saca a la madre. Ya.

—¡No! —gritó la mujer mientras se revolvía con furia desesperada, arañando el aire—. ¡Sin Yeon no me voy!

El secuestrador jadeaba y el dedo temblaba en el gatillo. Alera dio un paso lateral, colocándose en su línea de visión.

—Suelte a la niña —ordenó con voz suave pero afilada como un bisturí—. O Grov decidirá si prefiere su carne cruda o asada.

El hombre tragó saliva con un sonido gutural. El sudor le empapaba la camisa. Con sus ojos recorrió la sala en busca de una salida imposible. Finalmente, con un gemido de derrota, bajó lentamente a la niña al suelo; las manos le temblaban tanto que casi la dejó caer. Retrocedió tambaleante y soltó la pistola, que rebotó con un clang metálico.

En un instante, la cola de Grov azotó el suelo como un látigo vivo. Se enroscó con delicadeza alrededor del cuerpo de la niña y la alzó con cuidado extremo, depositándola en los brazos de su madre. La mujer la abrazó con un sollozo roto.

—Alera. Fuera. Ahora —ordenó Grov, sin apartar los ojos del secuestrador acorralado.

—¿Qué vas a hacerle? —preguntó la androide, mientras sus sensores escaneaban al hombre en busca de armas ocultas.

—Arrancarle la verdad —siseó el reptil, avanzando—. Pieza a pieza, si hace falta.

El secuestrador tropezó, cayó de espaldas y gateó hasta chocar contra la pared. El terror le impedía incluso gritar.

—No... no hace falta —interrumpió la mujer con voz temblorosa pero decidida.

Grov y Alera giraron la cabeza al unísono—. Yo sé quién está detrás de todo.

El silencio se volvió asfixiante.

—¿Quién? —exigió Alera mientras su mano derecha se transformaba sutilmente en un cañón láser.

—Mi padre.

La mujer alzó la barbilla hacia las sombras del fondo.
—Hace cuatro años conocí a Min-ho. Nos amamos. Mi padre lo odió desde el primer día. Quería preservar su «linaje puro». Nos cazó como animales. Tuvimos que huir. Hace un año nació Yeon... y pensamos que habíamos ganado. Pero nos encontró. Encarceló a Min-ho. Yo escapé con ella. Y ahora estás aquí, ¿verdad, padre? Sé que escuchas. Sal y muéstrate.

Unos pasos lentos y deliberados resonaron desde la oscuridad. Un hombre alto, de unos sesenta y cinco años, vestido con un traje impecable, emergió con calma glacial. Se detuvo a tres metros, como si el espacio entero le perteneciera.

—Siempre fuiste una decepción, Ha-eun —dijo con voz serena y venenosa—. Exactamente como tu madre.

Grov rugió y saltó hacia delante mientras sus garras se extendían.

—¡Hijo de puta! ¿Cómo puedes hacerle esto a tu propia sangre?

El hombre sonrió sin calor.

—Porque no es mi sangre. Solo son peones.

De repente, su piel crujió. Un sonido húmedo y nauseabundo llenó la sala mientras escamas negras como obsidiana brotaban de su rostro, cuello y manos. Sus ojos se transformaron en rendijas doradas verticales. El aire se cargó de un olor antiguo y metálico. La temperatura pareció bajar varios grados.

Alera retrocedió medio paso; todos sus sistemas pasaron a alerta roja.

—Tú... ¿eres un draconarii?

El ser soltó una risa grave y burlona.

—Dile a la máquina quién soy de verdad, esclavo.

Grov tensó cada músculo mientras las garras arañaban el suelo.

—Es un Orión.

Alera procesó la información en milisegundos.

—¿Un Orión? ¡Habla, ahora!

Grov habló sin apartar la vista del enemigo, con una voz cargada de un odio milenario: "Nos forjaron como herramientas, nos encadenaron como bestias. Hace un millón de años nos rebelamos. Los cazamos hasta el último. O eso creímos."

El Orión extendió los brazos, haciendo que sus escamas relucieran como una armadura viva.

—Casi lo conseguisteis. Pero unos pocos escapamos. Llegamos aquí cuando los Kadistu aún jugaban a ser dioses. Nos ocultamos. Esperamos. Cuando se fueron... tomamos el planeta. Llevamos milenios gobernando desde las sombras. Somos los verdaderos dueños.

Avanzó un paso. Grov respondió con un gruñido que hizo vibrar las paredes.

—Tú, Ha-eun, y esa cría no sois más que experimentos desechables. Tú, medio humana, y ella un cuarto Orión... basura genética.

De pronto, Alera estalló en una carcajada estridente que detuvo a todos en seco. El Orión frunció el ceño, desconcertado.

—¿Te has vuelto completamente loca, tostadora con patas? —bramó Grov—. ¡Ese monstruo es letal y ellas llevan su veneno en las venas!

Alera siguió riendo, pero dio un paso al frente, desafiante.

—¿De verdad las matarías solo por unos genes de este genocida? —dijo entre risas—. Grov... recuerda hace un año. La niña se estaba muriendo por el parásito drenka. ¿Qué hizo Alex?




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.